El perverso mensajero: “Teléfono”, ultracuerpos de la Guerra Fría. Los espías durmientes de Don Siegel para Charles Bronson

With a mind that multiplied the smallest matter
When questioned who had sent for him
He answered with his thumb
For his tongue it could not speak, but only flatter

Teléfono (Telefon)

Dirección: Don Siegel

1977

USA

102 min.

Guión: Peter Hyams y Stirling Silliphant según la novela Telefon, Walter Wager, 1975

Fotografía: Michael Butler

Música. Lalo Schifrin

Montaje: Douglas Stewart

Reparto: Charles Bronson, Lee Remick, Donald Pleasence, Tyne Daly, Alan Badel, Patrick Magee, John Mitchum, Sheree North

Es un curioso ejemplar Don Siegel. Al contrario que algunos de sus contemporáneos más o menos asimilables en cuanto a origen y fidelidad a la industria, y dejando los talentos particulares aparte, ni siquiera en sus momentos de mayor éxito económico, léase Harry el sucio, se le permitió dar el salto hacia los grandes presupuestos o a los proyectos estelares. Es probable que tampoco él lo deseara. Siegel era un director de alma económica, de narración directa, síntesis, nervio y ahorro: de tiempo, de metraje, de presupuesto, de pretensiones… de todo menos de talento. También era eso que Scorsese llama tan bellamente un contrabandista.

En la reseña sobre la espléndida monografía que Asier Aranzubía le dedica al gran Alexander Mackendrick en Cátedra (y sobre la que volveré en breve con la ayuda del propio autor) me empeñaba ya en una idea, la de “las personalidades”, que no pienso soltar: “(…) propuesta del crítico francés Serge Daney, uno de los cahieristas originales, según el cual “(…) la finalidad última de la célebre política de autores no es otra que hablar con propiedad del sistema en el que nacen, para luego desmarcarse de él los llamados autores. Como la célebre excepción que confirma la regla los autores son aquellos cineastas que aun compartiendo buena parte de los postulados que están detrás de una manera de hacer de un determinado sistema son capaces, también, de elaborar una propuesta diferenciada” En palabras ahora del propio Daney “En un arte tan impuro, hecho por mucha gente y hecho también a base de muchas cosa heterogéneas, sometido a la manifestación del público, ¿no es razonable pensar que no hay autor-es decir singularidad- más que en relación con un sistema – es decir, con una norma? El autor entonces no sería solamente el que consigue la fuerza de expresarse a despecho y en contra de todos, sino aquel que, al expresarse, encuentra la buena distancia para decir al verdad del sistema del que se distancia”. Y de nuevo Aranzubía: “(…)Si Mackendrick es un autor lo es porque es un caso paradigmático de cineasta plenamente integrado dentro de un sistema pero que, sin embargo, es capaz de poner en píe una obra lo suficientemente diferenciada del resto(…)” Aranzubía realiza en este libro un relectura, un avance válido, de la endemoniada política de autores y desde un rincón ahora hago un propia, más agresiva, que no es más que una prolongación de esta con un cambio de palabras, pues estas tiene peso, significan cosa diferente, aunque sea de forma sutil: las personalidades contra los autores. Partiendo de esta proposición anti-sistema bien puede ampliarse la noción misma de “sistema”, abracando el de estudios, industrial, la coyuntura, socioeconómico, y el de representación , semiótico-formalista,. La personalidad emerge de y contra estos contextos, independientemente de lugar, tiempo o espacio. Se debate, los
 pelea y los personaliza, violenta los códigos, los redefine, emplea las armas del enemigo, incluso pudiendo parecer lo mismo es diferente si lo miras de cerca. Y más si lo comparas con sus alrededores. Se distingue por oposición: se es personalidad contra los impersonales.
(…)

Cambiando a Mackendrick por Siegel este discurso refleja idéntica validez, cuando no mayor al mostrar más claramente la pertenencia a un sistema, simultáneamente estratificado y en derrumbe (o al menos transformaciones) como el del Hollywood entre los 40 y los primerísimos 80. Siegel es un ejemplo de hombre del sistema/contra el sistema. Su carrera se desarrolla dentro de los parámetros, cambiantes con el tiempo, de una perpetua noción de la serie b, primero genuinamente industrial, luego mutante, espiritual o presupuestariamente obligatoria. En todos sus momentos, de la serie b estricta, industria, a las minors independientes que subrogaron el sistema, por la televisión que a su vez lo asimiló (una subcontrata diferente) o al servicio de la política de actores desarrollada desde los 70, Siegel siempre es Siegel, siempre una personalidad: distintivo, autónomo, singular, un director individual, una personalidad, frente a los adocenados

Teléfono vale a la perfección para ejemplificar esto pues es una película “personalizada” frente a su propio sistemas y coyunturas, en este caso una película de/para Charles Bronson involucrado esta vez en una intriga de espionaje algo anacrónica (y envejecida, especialmente por ese empeño “moderno” en subrayar la eficiencia de los computadores que maneja incansable la excelente Tyne “Lacey” Daly, un año antes compañera de Clint Eastwood en Harry el fuerte) en su mirada sobre al política de los bloques y la guerra fría, aunque todo se resolverá con un feroz individualismo final, muy sigeliano, por otra parte.

Bronson es aquí un experimentado agente del KGB, que en virtud de su veteranía y habilidades, sus preocupados superiores (un par de presencias tan gratas como Patrick Magee y Alan Badel, memorable protagonista de aquella delicia por capítulos titulada Tres casos de asesinato) es enviado a los Estados Unidos con la misión de detener, por cualquier medio, a un funcionario renegado, genial Donald Pleasence, que está dedicándose  a despertar y utilizar a unos “durmientes”, esto es agentes largo tiempo inactivos y programados mediante abracadabrantes sistemas de hipnosis que hacen pensar en los fascinantes procesos de El mensajero del miedo (John Frankenheimer, 1962), para cometer todo tipo de atentados en suelo Norteamericano. En su misión contará con la única ayuda de otra agente (doble como es perceptible, y descreída como manda la época) que le servirá de guía a al cual interpreta la siempre maravillosa y casi siempre desaprovechada Lee Remick. Por cierto el poema de Robert Frost con el cual el retorcido villano despierta a los durmientes –El bosque es hermoso / Oscuro y frondoso / pero tengo promesas que cumplir / y mucho que andar antes de dormir / Recuerda, mucho que andar antes de dormir– era lo que debías decir si deseabas el bailecillo sugerente de la curvilínea Vanessa Ferlito en la malograda (mutilada) pero simpática Death Proof. Y es que a Tarantino no se le escapa una.

Vigorosa y trepidante de punta a punta, Siegel se sirve bien del ingenioso aunque esquemático guión, firmado por el multifuncional Peter Hyams y el gran Stirling Silliphant, viejo conocido de Siegel, según una novela, la cual ignoro, escrita por Walter Wager, novelizador de series sixties como I, Spy o Misión: Imposible,  y la cual no debe de ofrecer mucho más que el pasarratos inmediato de la literatura de aeropuerto, Aunque quizás tenga mayor enjundia en realidad ya que Wager es también autor de Viper Three (1972), libro que Robert Aldrich adaptó en esa obra maestra, sulfúrica y mutilada, que es Alerta: Misiles. Auténtico canto anti-todo de otra personalidad, la de Aldrich, sin nada que perder ya a esas alturas de su carrera y decidido a contemplar a su país desde una lucidez que solo puede definirse como pavorosa.

Siegel ya había tenido su momento crepuscular con la mortuoria El pistolero, rodada un año antes con/para el agonizante John Wayne, quien revisitaba y esculpía su mito dentro de un film de atmósfera tan triste que resulta dificultosa de respirar. En Teléfono estas veleidades no tocan y por lo tanto se regatean, ni se apuntan siquiera, lo que no significa que la película sea vulgar ni esté hueca, no está rellena de sana ironía y de mucho oficio.

Por un parte el director entrega lo que se le pide: un vehículo disfrutable a la medida de la imagen pétrea y resolutiva, implacable directamente de Bronson –Nota bene: el divo de sus características, como sucedía también con Eastwood, provoca una curiosidad: desde el principio el espectador sabe que no va a fallar, nunca falla, su propia imagen sanciona la posibilidad del fracaso. El ejemplo contrario es el genial cast de Walter Matthau en Charley Varrick ; pese a que su personaje, ese último de los independientes, fuera un papel a la medida de un Lee Marvin, un Eastwood o incluso un Bronson, la sola presencia, distinta, desubicada, de Matthau introduce la posibilidad real del fracaso: Matthau si puede perder. Pero cuando sucede como en este caso, y Bronson no puede perder, la habilidad como narrador, la capacidad para sostener la inquietud necesaria, el suspense que enganche, se ve más exigida: hay que emocionar a los que saben como va a terminar todo. Y Siegel lo consigue con la facilidad del que sabe.-

Por otra supera su condición de pura paranoia de la guerra fría, ya un tanto desfasada como ha quedado dicho, gracias tanto a una asombrosa fluidez narrativa marca de la casa, y eso que, a decir verdad, aquí se muestra un tanto televisivo y quizás demasiado funcional en el apartado visual (aunque no falten picados desde edificios o secos ejemplo de sentido del montaje, principalmente el clímax en el bar donde encuentran y cercan a Pleasence: un crescendo de tensión donde dos actos violentos diferentes se simbolizan uno al otro) como a la sorprendente buena química entre la pareja de investigadores en virtud de sus bien diferenciados físicos y estilos interpretativos.

Pero sin duda la característica que hace  más recuperable este trabajo es esa bienvenida dosis de mala uva humorística que no solo convierte a los agentes soviéticos infiltrados en una galería de arquetipos americanos, todos transformados de golpe en terroristas en trance, poseídos, cambiados, inhumanos. Una ironía, una ambivalencia jugosa que permite observar como Siegel, con astucia convierte el cañamazo del film en una perífrasis de su discurso sobre el interior de América en la magistral La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) cerrando de alguna manera su vitriólica mirada sobre las amenazas y miedos inducidos/inoculados sobre/en la clase media durante la Guerra Fría.

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