El sonido de la joven América: The fast and the furious + Hot Rod Girl. El nacimiento de la AIP en la edad de los motores y el rock’n’roll.

Parece que en los últimos tiempos comienza a reproducirse en el mercado de la edición dvdgráfica el mismo fenómeno que en la literaria. Son las pequeñas editoriales las que entregan los mejores productos, las que se dedican al rescate de perlas, a los relanzamientos de calidad y a tratar el producto con una combinación de pasión, conocimiento y respeto tanto por el material como por el consumidor, aún a costa de perder los dineros. Si los libros más amorosamente editados de los últimos tiempos pueden encontrarse en sitios como Sajalín, Libros del Asteroide, Alba, Calamar, Ediciones del Viento, Impedimenta, 451… entre otros pequeños sitios que olvido de manera imperdonable, las películas recorren igual camino (e iguales olvidos sin excusa) y son empeños independientes del tipo L’Atelier 13 y su gemelo noir Bang Bang Movies,a su vez desdoblado en War & West, distribuidos a través de Absolute, la redimida Regia Films, Avalon y su satélite en la filmoteca FNAC o, claro está, Versus; presente aquí en forma de la pura arqueología fílmica que supone lanzar, dentro de su colección Cinema Bis, una pieza de tanta importancia para la historia con minúscula como The Fast and the furious; un título este que acumula valores tan singulares como el de suponer la prefiguración del mítico sello AIP, ser una de las contadas (co)realizaciones del gran característico John Ireland y además contarse como uno de los primeros empeños del gran Roger Corman en todo tipo de parcelas, desde la segunda unidad al guión pasando por albores hasta de especialista.

Si esto no fuese suficiente, la magnífica edición complementa esta rareza con otra cult movie todavía más oscura, Hot Rod Girl, cine inmediato sobre la juventud motorizada de mediados de los 50 dirigida por el artesano c Leslie H. Martinson. Eso por el lado cinematográfico, por el historiográfico se redondea el invento con un libreto, repartido, entre Israel paredes y Tonio L. Alarcón, dedicándose el primero a pormenorizar el nacimiento de la AIP y al análisis, agudo, del film principal. Mientras, Alarcón, centra su texto en el cine motorizado según Corman, lo que supone una, acelerada que formato manda, panorámica de más de dos décadas de cine de la urgencia con los bólidos y la rebeldía como excusa para una idea de la industria y de las películas mismas.

(Originalmente aparecido en Cine Archivo: fichaDvd.asp?idRubText=6441)

*The Fast and the Furious, conocida también como Piloto a la fuga, es un film demostrativo de unas cuantas cosas. Primero de cómo, con el ingenio (y a veces la inconsciencia) suficiente las penurias de producción se convierten, de forma natural, en elementos del estilo. Por lo común proporcionando una sensación de abstracción que se traduce en fantasmagoría, el ejemplo claro es el Detour (1946) de Edgar G. Ulmer, pero también serviría un para de  filmes independientes de este periodo de cambios industriales entre mediados de los cincuenta y primeros 60  tan fascinantes como The Hitchiker(1953) Screaming Mimi (1958),Murder by contract (1960) oBlast of silence (1961), pero también en nervio puro, sin aditamentos; todo focalizado en la narración y en los personajes, como si el resto no existiese, dejando una enorme cantidad de elementos fuera de campo ya que no son imprescindibles más que como idea, no como presencia física -aquí apenas vemos a los perseguidores lo cual no atempera el carácter frenético-paranoico, bien al contrario lo multiplica mediante eses efecto de ausencia del plano pero latencia en el drama. Es decir: los personajes se sienten acosados, nosotros también. Esta capacidad tan genuina del cine para saltarse alegremente lo que marca el presupuesto recurriendo a un pequeño golpe de maravilla, a un elipsis retórica que, sencillamente, hace existir lo invisible en la mente del espectador, embaucándole con la trama, la atmósfera y los personajes pocas veces encuentra mejor traducción visual que en las pequeñas producciones/productoras que menudearon en el Poverty Row hollywoodiense del ocaso del sistema de producción b, lo cual equivale decir el cambio más importante en la industria desde el sonoro. Lasmajors abandonaban progresivamente el cine barato en beneficio de la televisión y las microproductoras lo recogían para hacerlo más barato todavía. Western, thriller, ciencia-ficción… los géneros que alimentaban los cines  eran fabricados por independientes. Imposible cualquier inventario, es un caladero a medio sondear.

Entre estos estudios destaca uno por su importancia y duración: la American International Pictures, la AIP. La casa de Roger Corman, por más que la dirigieran James H. Nicholson y Samuel Z. Arkoff. Y la AIP tienen su punto cero en The Fast and the Furious. Aquí está todo menos el nombre oficial. Por un lado Corman aporta la historia, con su proverbial pasión por los coches, el riesgo y la velocidad, y la producción nominal a través de su micro empresa Palo Alto Productions, acreditada ese mismo año en el vulgar westernCinco pistolas y un año antes en la mendicante Monster from the Ocean Floor. Por su parte Nicholson y Arkoff se encargan de la distribución a través de la entonces denominada American Releasing Corporation.

Por si esta circunstancia no fuera suficiente para recordar la película como, al menos, un pequeño hito en la intrahistoria del cine el film continúa acumulando rarezas y encantos, el principal la presencia tras (y ante) las cámaras del genial actor John Irelend, un secundario carismático, electrizante e imprescindible que solo en el “b” podía acceder a los papeles protagonista. Aquí dirigía por segunda vez. Había debutado en la tarea un año antes con un minúsculo e ignoto western,Hannah Lee: An American Primitive protagonizado por Joanne Dru y Macdonald Carey, otro característico habitual de la época, reservándose Ireland un papel secundario. Aunque lo cierto es que en ambas ocasiones firmó conjuntamente, en la antedicha con el veterano director de fotografía Lee Garmes y en al presente junto al montador Edward Sampson. Por si fuera poco el propio Corman dirigió la segunda unidad, encargándose de las escenas de coches y carreras (incluso pilotando él mismo), es decir un buen porcentaje del metraje, lo cual lo acredita casi como director tripartito. En cualquier caso pareció entenderse con Ireland ya que muy poco después lo tendría coprotagonizando Gunslinger (o El sheriff de Oracle) junto a Beverly Garland, un extraño western, dentro de su nimiedad, western a la estela erótico-estilizada de Johnny Guitar (1953) con pistolera pacificando un pueblo, nada menos. Esta vez el director-actor cuenta con una pareja más que interesante, la magnífica, y atractivísima, Dorothy Malone. Otra actriz de verdadero carácter que no tuvo la suerte (ni tienen todavía el reconocimiento) que se merecía pese a sus grandes papeles para Douglas Sirk a los que en muy breve accedería. Curiosidad más en el mismo 1955 cargaría con la parte femenina en Cinco Pistolas ya a las órdenes directas de Corman.

 En relación a la película, más directa resulta imposible imaginas. Empieza frenética y termina todavía más deprisa. Planteamiento, nudo y desenlace parecen suceder al tiempo. Ireland es un falso culpable a la fuga (con un crimen no cometido que nunca vemos) que secuestra a una joven piloto de carreras, todo carácter resuelto, que se dirige a una competición que atravesará la frontera entre los USA y México. Una oportunidad de fuga. Lo que se plantea entre medias, siempre en movimiento, es el proceso de simpatía y enamoramiento entre el huido, un camionero desclasado, y la rica ociosa en audaz romance transversal (aunque como bien apunta Israel Paredes en el mencionado libreto Connie, el personaje de Dorothy Malone también termina por ser apartada de su pequeña sociedad cuando al llegar a la competición no le permitan pilotar por ser mujer) de dos personajes de notorio sentido individualista y fervor por su propia libertad. Rodada con cierta elegancia, dentro de sus obvias limitaciones, donde la dirección no siente la necesidad de realizar alardes formales y se contenta con narrar su historia lo más sencillo y rápido que puede, municionada con los habituales diálogos llenos de gracejo descarado del policíaco norteamericano b y donde, en virtud de su pobreza las escenas tomadas de documentales de carreras para ser insertadas no desentona del material rodado, tal es la textura rugosa del conjunto.*

 

Hot Rod Girl es un film ejemplar desde su mismo título. Ejemplar de una estrategia comercial, de ingenio instantáneo y olfato sin escrúpulos, que vende desde las marquesinas lo que desdice desde la pantalla. Si sus carteles lucen agresivos títulos, “Teenage terrorists on a speed-crazy rampage! Youth on the loose and burning up the streets in their wild hot rods.” rezaba una publicidad, que mezclan velocidad, desafío y erotismo, chicas lanzadas, coches enloquecidos, jóvenes indomables…, sus imágenes ofrecen buenas novias preocupadas, muchachos responsables, policías comprensivos y paternalismo como freno del angst juvenil. Rock and roll domesticado, pesadillas sobre ruedas metidas en los circuitos y sacadas de las calles. Pero también, quizás más inconscientemente de los pretendido y superando el conservadurismo de base, se propone una mirada urgente, inmediata, a la joven América de mediados de los 50 de mucha mayor validez de la que pudiera dar, por ejemplo, ese absurdo clásico kitsch que es ¡Salvaje!, romántica fantasía filogay dirigida por Lazlo Benedek en el 54 a mayor gloria del magnético divismo de Marlon Brando. Y no solo por su honestidad, ajena a cualquier tentación mistificadora, sino también por una plasmación visual pobretona, que mezcla tomas documentales y reconstrucciones con cuatro perras que, pobreza como igualador, casan a la perfección unas con las otras, sin que exista ruptura y logrando un tono uniforme de espontaneidad de andar por casa.

El film de Martinson -director menos que b, televisivo al principio, televisivo al final y también en el medio de una carrera que cuenta con un puñado de largos ignotos y con eses diamante de la inconsciencia camp que es su Batman en celuloide de 1966- pertenece más bien, aunque como se ve resulta bastante domesticada y aleccionadora, a otra corriente, la bastarda, la exploit, la insalubre incluso, la del cine juvenil rockanolero de los 50: culto al coche, culto al peligro, culto a la (metafórica) libertad.

Y es que aunque esta sea una variante más tirando a light, dedicada a la expoliación comercial de la subcultura automovilística tan floreciente en la época, no deja de mostrar unas cuantas esquinas, con toda probabilidad de modo involuntario y más producto de la penuria presupuestaria y demás que de ninguna formulación en ese (o cualquier otro que excediese el cálculo comercial) sentido. En Hot Rod Girl encontramos la constante del mundo sin padres, con los adultos reducidos a la mínima expresión. Una fractura generacional, la de los hijos de la post-2ª GM, expresada en fuera de campo. Las figuras adultas, paternales, se materializan entonces en un honesto policía, el “hombre del rifle” Chuck Connors, y el mayor de los muchachos que se responsabiliza del resto, el galán de saldo John Smith como hábil mecánico que quiere ir por el camino recto aunque las circunstancias (y los macarras con ganas de demostrar) quieren impedírselo.