“I put a spell on you”: “King Kong” o la naturaleza mágica de las películas para Ultramundo

Rescato una reseña aparecida en Ultramundo el día de Nochebuena sobre la inagotable King Kong. Un embrujo que perdura ya camino de ochenta años, como certificando las grandes habilidades de los magos que lo tramaron. Aquí se publica la reseña en si de este puro traumfilm, pero en su sitio original esta se complementa con una  variada selección de curiosidades e intrahistorias: critica-de-king-kong-merian-c-coper-y.html

You know I can’t stand it
You’re runnin’ around

*Hay películas que son un desafío. No uno al espectador, que también, sino uno al espacio-tiempo, uno a la posteridad y a la noción de modernidad. A la cual derriban con soplido de lobo feroz y seductor. Estas pueden enfocarse de diversas maneras, pues las admiten todas y un puñado más. Desde lo historicista-acumulativo, pues cuentan con golosas anécdotas, míticas gestaciones, pormenores mil y años por docenas (Nota bene: para tal menester recomiendo cualquiera de las obras de Carlos Díaz Maroto sobre/alrededor del mito, King Kong, el rey del cine para Ediciones Jaguar y Ray Harryhausen el mago de la stop motion para Calamar Ediciones, o el estupendo  Diccionario del cine de aventuras de Javier Coma en Plaza & Janés) o por ejemplo desde lo maravillado, colocándose uno no en la posición de un presente transitivo, sino de uno eterno. Como si la viésemos nueva, o mejor como si fuésemos un espectador de su presente histórico, in todo el bagaje, muchas veces cínico, que acumulamos. Si King Kong, un film nacido en principio como asombro de la técnica, como relato pulp fantabuloso, sexy y salvaje, asombra visto hoy, 79 años lo contemplan, qué no supondría para el espectador virgen del año 1933.

Desde luego caben algunas razones puramente cinematográficas que reflejan el talento de sus responsables; a saber:  sus directores-aventureros Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsak, los prodigiosos diseños de Willis O’Brien, las esculturas y modelados de Marcel Delgado, la fanfarria de Max Steiner o las escenografías de Carroll Clark y Al Herman.  Pero no es eso, aunque participe, lo que ha mantenido al rey Kong inmarchitable. No; lo que cuenta es la magia. Este es un film esotérico (la misma animación en stop-motion tiene un algo de nigromancia y de vudú), un prodigio onírico que no por capricho fascinaba a los surrealistas. Su lógica es la del sueño, la del inconsciente, la de la fantasía líquida que adapta su indestructible naturaleza a la forma de cualquier recipiente. Kong varía su tamaño de un momento a otro del metraje, de un plano a otro incluso, como si este dependiese únicamente de la mirada del otro, como si fuese un sueño particular, de diferente textura para cada cual. Incluyendo así, en asombrosa armonía conceptual, la aventura, el horror, el erotismo y hasta la fantasía heroica y la metatextualidad, porque, si todo lo demás fuera poco, esta es la más insólita película de cine dentro de cine jamás filmada.

De igual manera los mimbres de lo que, en apariencia, no es otra cosa que la encarnación en fastuosa imagen real de una cubierta llamativa de los pulp magazines que causaban furor en la cultura popular norteamericana del periodo no pueden ser más ricos y disparatados.  Tomando el molde de El mundo perdido de Arthur Conan Doyle se presenta la mencionada, y genial, genial de película dentro de otra película que incorpora un tono de autoficción a la peripecia puesto que Merian C. Cooper era un notorio aventurero en al vida real. Capaz de lo planes más descabellados tal cual hace Carl Denham en al ficción. Cooper fue un personaje asombroso, casi uno de esos hijos del siglo del Planetary  de Warren Ellis y John Cassaday. Este Doc Savage con cámara alista a su compinche habitual Schoedsak, digamos que la parte administrativo-profesional del dúo para realizar el rodaje descabellado de un film descabellado. Aunque pese a su fama de perturbadora no resulta, quizás por la limpieza de la mirada, tan depravada como fue la anterior obra maestra de Schoedsack, El malvado Zaroff (co-dirigida en 1932 junto a Irving Pichel), ejemplo del fascinante nivel de imaginación, tortuosidad y vicio que el cine norteamericano experimentó durante el breve periodo del pre-code. Esto es, el cuatrienio sonoro anterior a la definitiva instauración del Código Hays de censura en 1934 a cuenta de la acción de La Legión Católica de Decencia. Hasta entonces el código, que ya existía, era tomado por las productoras como una advertencia ala cual, en realidad no se hacía demasiado caso. Presionado el senado por al antedicha asociación este se firma y acata, con el resultado de que, a partir de entonces, ningún film, nacional o extranjero, podía ser estrenado sin antes obtener el sello regulador. Esto se mantuvo sin modificaciones hasta mediados de los 50 y fue finalmente derogado en 1966. De tal manera en esos años de gracia, Hollywood experimentó su edad más libérrima y erótica, un esplendor de lo perverso que se extendía a la comedia, el melodrama, el thriller, los fantástico o el horror. Lo escabroso, lo mórbido, lo escandaloso, lo sinuoso, lo oculto. Las pasiones, las pulsiones. King Kong es hija del pre-code y no hubiese sido posible en sui forma final solo unos años después.

Desde esa dialéctica de King Kong hablando de King Kong, un juego de espejos clásico, complementado por otro de correspondencias metafóricas que guarda en su interior, la película comienza a abrir un inagotable abanico de seducciones y elementos disonantes.  El comentario social, 1933 plena Gran Depresión, lo convoca la bella Ann Darrow; una muchacha sin suerte que roba manzanas y acepta protagonizar una película de la cual solo sabe que debe grita como una condenada. Nace Fay Wray como scream queen original. Curiosamente (o no) la acidez en la contemplación del desolado presente es lo que comienza  y cierra la película; que se termina con el pobre Kong, con su tamaño expresivamente reducido primero  cuando esté sometido, gargantuesco después de nuevo cuando se libere, sirviendo de atracción de feria para periodistas sensacionalistas y ricachos neoyorkinos. Detalle de fría lucidez sobre como el director aventurero, capaz de todo por su película, se vende vilmente al triunfo instantáneo. La jungla de asfalto, los árboles de acero y cristal son mucho más brutales y despiadados que la exuberante naturaleza que domina el tramo central del film, que replica en ambos bloque sus escenas, oponiendo significantes y significados, cambiando lo fantástico (dinosaurios, tribus y ritos, árboles descomunales, acantilados de feerico romanticismo) por lo mundano (edificios, trenes, aviones, rituales  sociales modernos), más violento y cruel en su cartesianismo de jaulas, aviones y balas que el salvajismo, hermoso, primitivo, inocente a su manera de la Isla de la Calavera. Cada elemento expresado en uno de los mundos encuentra su opuesto exacto, simbolizado, en el otro.  Hasta el punto de que, prólogo neoyorkino aparte, el film podría plegarse en dos y cada escena quedaría afrontada a su exacto opuesto como en un espejo de pesadilla. Claro que la pesadilla quizás no sea la más obvia.  Incluso la muerte de Kong tendrá su paralelo deformante ya que fuera de su elemento no puede prevalecer y además ha comprendido la imposibilidad de su deseo, todo lo cual conduce a su muerte; como Carl Denham (Robert Armstrong como intrépido director tiránico) dice “No fueron los aeroplanos. Fue la bella la que mató a la bestia”, en coherencia podría decirse que Ann Darrow ya había matado a Kong a mitad de metraje, en algún modo lo había emasculado. Más poéticamente: lo había domado con su belleza. O lo había entontecido.

A veces usamos la noción de delirio tan inconsecuentemente que la malgastamos, y cuando de verdad estamos delante de “lo delirante” no lo apreciamos en su verdadera dimensión. King Kong, desde su mismo título de sonoridad rítmica, legendaria y grandiosa es cine-delirio. Una historia de amor (fou) con dinosaurios. Una versión de La bella y la bestia pulpy llena de un erotismo por igual perverso y naif que no compromete  su significado final de fábula trágica, pues Kong es un héroe puro ofrecido en sacrificio en un altar análogo, otra vez, en fondo y forma a aquel en el cual es ofrecida Ann Darrow, perdición a su pesar.*

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