Patologías de vecindario: “Crime of passion” en Las tres noche de Barbara Stanwyck

Nueva aportación a Las tres noches de Barbara Stanwyck. En esta ocasión un más bien desconocido melodrama criminal-femenino dirigido por Gerd Oswald, una de esas personalidades de culto que menudean en el tiempo de cambios industriales del Hollywood de los 50:
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*(…)Junto a esta otro par de trabajos cimentan el prestigio, minoritario pero prestigio, de Oswald como personalidad de culto. La principal la oscura y deliciosamente demencial Screaming Mimi, su tercera cinta para “Anitona”, esto es Anita Ekberg. Diosa menor de formas mayores para la cual el cineasta dirigiría tres filmes en dos años, 1957 y 1958. Inanes la dos primeras, el drama negro Valerie, donde recupera a Sterling Hayden, uno de los actores de la presente Crimes of passion, y la comedieta al servicio de Bob Hope El embrujo de París, puro material de culto la tercera. “Mimi Aulladora” es una adaptación del maestro del pulp Frederic Brown, donde se avanzas múltiples elementos del giallo y presentan no pocas analogías con el cine de nuestro Jesús Franco.  Una  combinación estético/conceptual, de seductora y chillona de portada de bolsilibro, de nocturnidad obsesiva, voluptuosidad erótica, jazz, perversidad sexual, rubias, crímenes, bailes, locura…

Quizás la más conocida de entre su producción resulte ser su primera película de 1956 Un beso antes de morir –también por haber padecido un remake en 1991, titulado en España Bésame antes de morir, realización de parte de James Dearden, hijo del gran Basil Dearden, y con papeles principales para Matt Dillon y Sean Young- , adaptación de una novelita de Ira Levin donde convertía los suaves perfiles de Robert Wagner en los de un trepa sin escrúpulos, capaz de asesinar para ascender socialmente. Curiosamente, o no, esta decantación patológica por el crimen como vehículo para alcanzar una posición está en el giro dramático de la presente Crime of passion, un melonoir lastrado por la indefinición y el discutible casting de la mismísima Barbara Stanwyck. La actriz está fuera de papel; demasiado mayor para resultar creíble, extrañamente histriónica, solo parece encontrar acomodo en los momentos más patéticos de su personaje: una mirada que chispea de ambición vacía, un beso de confesión, la dignidad de la caída. Poco más.(…) continuar

(…)Solo algún agresivo momento de montaje corto (la combinación de acciones y diálogos repetidos que ilustra el agobio de la protagonista ante su contexto vital) la expresiva sencillez de una sobremesa donde los hombres ocupan un espacio, las mujeres otros y el personaje de la Stanwyck queda en medio, desplazada y aislada por igual de ambos y sus conversaciones banales. Y este es el punto de interés mayor: la manifestación a través del género de un momento de necesidad de cambio en la mujer norteamericana.  Kathy renuncia a su profesión, es una célebre periodista de San Francisco, por un amor que piensa puede ser el último, y aquí si que sirve la madurez de la actriz,  y que termina por resultar una trampa donde se intenta expresar la neurosis de un futuro y unas aspiraciones vitales que no van más allá de las cortinas o la organización de cenas. La manera de sublimar su frustración (vital, sexual, profesional) será transponer sus propias aspiraciones en su marido, empeñándose en que este, un hombre sin ambición, triunfe y haga carrera en la policía, aunque para ello tenga que pasar de las pequeñas manipulaciones cotidianas a las tragedias con sangre. Es una lástima esa indefinición, esa indecisión más bien, que impide el desarrollo radical de los aspectos más subversivos de la película. Resulta mucho más atractiva la captación de ambientes y mentalidades mediocres del microcosmos de barrio ideal, la dinámica de sumisión femenina/inmovilismo masculino, que la peripecia noir-fatalista  que se apropia del tercio final. Ahí, en el detalle cotidiano, en la maldad microscópica, se apunta una sordidez y un dolor que, por ejemplo, si será visitado por Richard Quine en la formidable Un extraño en mi vida solo cinco años después.

Merece la pena compararla con otra película del mismo año, más que nada para ver que existe una corriente de este cine femenino, de similar presupuesto/intenciones/target: Firefox. Otro melodrama doméstico al gusto de los años 50 dirigido por Joseph Pevney y con triangulo conflictivo entre Jeff Chandler, Jane Rusell y Dan Duryea. Con inspiración western en lugar de noir, de brillante fotografía technicolor, agrestes localizaciones en Arizona (simbolizando el carácter del protagonista) y cierto intento de complejidad psicológica en cuanto a su voluntad de reflejar una masculinidad y femineidad en duda/transformación  y como todo esto, ambiente y neurosis, afectan a al relación en general y a la esposa en particular como mujer de cierta modernidad “mid-fifties”. Al igual que el presenta tampoco es un gran film, pero resulta representativo de una manera de hacer, cuenta con el añadido del valor sociológico prestado por el tiempo y se suma, más allá de valoraciones, a la admirable corriente crítica del cine norteamericano, capaz de mirar sus sociedad de modo implacable, eviscerador.* continuar

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