El fin de los aventureros: “Muerde la bala”, la ética del relato por Richard Brooks

SEgunda y final entrega del especial Richard Brooks en Cinearchivo, esta ve cubriendo su obra entre 1960 y 1982, es decir; entre El fuego y la palabra y Objetivo mortal. A este cierre aporto un texto sobre la que es una de mis películas favoritas del cineasta, ese canto (crepuscular) a la aventura que es Muerde la bala.

Especial Richard  Brooks II: recomendados.asp

Muerde la bala: FichaFilm.asp?IdPelicula=700&IdPerson=15813

 

 *Hay una secuencia en Muerde la bala que siempre me ha encantado y que, creo, ejemplifica la naturaleza del film: uno de los participantes en al carrera de 70 millas que está a punto de comenzar es un jovenzuelo buscalíos que constantemente necesita estar impresionando a alguien. Provoca a todo el mundo con sus bravuconadas o su habilidad con el revolver, más empavonado todavía por la presencia de una mujer guapa y decidida. En realidad ninguno le presta mayor atención, o al menos intentan disimular la irritación que les provoca para no comenzar algo que pueda terminar mal. Como a los chiquillos con una pataleta esperan pacientemente que se le pase. Entonces se le ocurre demostrar que puede tumbar a un asno de un puñetazo. El pobre animal no tiene culpa ninguna y eso mismo piensa Sam Clayton cuando, a su vez, deja seco en el suelo al muchacho. Comienza un pelea donde, de manera natural, todos los anteriormente ofendidos se ponen de inmediato del lado del defensor del animal.

 En un film sobre una competición, sobre el papel despiadada, a las primeras de cambio resulta que todos los participantes hacen frente común contra un enemigo externo, uno que ha llegado a un límite. Así se desarrollará todo el film: haz lo que puedas por ganar, no lo que sea. Con sencillez Brooks ha explicado que es su película a diferentes niveles y  mostrado el carácter de sus personajes centrales: la visión crítica de la cultura americano-capitalista del ganador mostrada a través de unos personajes individualistas, sí, pero egoístas nunca. Eso es sabiduría y economía. Eso es oficio. Y es algo que Brooks tardó en aprender. Aquí, con esa capacidad de síntesis del mejor cine de género, los personajes son lo que hacen, su psicología emana de la acción, de las maneras y no de los discursos.

Incluso el soberbio título Muerde la bala, Bite the bullet en el original, evoca en su poderosa sonoridad y rugosidad una serie de referencias que unen al espectador en situación. El término hace referencia a un modismo, usado por Rudyard Kipling por primera vez en su libro La luz que se apaga, y que viene a significar algo así como “hay que aguantar como sea”, hay que soportar el dolor. En origen, y es algo que hemos visto en diferentes película, proviene del método usado pro los cirujanos para operar si anestesia, dándole al paciente una bala que mordían para contrarrestar o liberar el dolor. Brooks, en una imagen de belleza agreste como es todo el film, lleva el concepto a lo literal, haciendo que, durante buena parte del metraje, el personaje interpretado por Mario Arteaga lleve el casquillo de una bala a modo de funda para un diente que lo martiriza. Eso es morder la bala. Eso y el sudor viscos de lo caballos. Otra imagen impresionante, imborrable.

En una entrevista para la revista francesa Positif el cineasta decía. “Quería que al salir del cine, el público se formulara la siguiente pregunta: ¿dónde está hoy estos individuos que tuvieron que pagar un precio tan alto a nivel personal y que con increíble esfuerzos permanecieron files a sus ideales?”

  El film es así un relato, quizás el film más novelesco de Brooks, incluida una estructura capitular en la práctica que salta de unos personaje, itinerante con toda la carga metafórica que conlleva el viaje. Siempre externo, y el film es una gloriosa exhibición de rodaje en escenarios naturales fotografiados por Harry Stradling Jr. en su mejor trabajo, al tiempo que interno. El viaje es evolución y aprendizaje. Así los jóvenes maduraran y los viejos recuperaran lo que un día tuvieron. Muerde la bala supera así su condición de western crepuscular; integrando de modo profundo el concepto mismo de crepuscular se convierte en un canto a la vida.

Ambientada en 1906 los héroes de  la historia son conscientes del fin de sus tiempos. Principalmente los antiguos Rough Riders, es decir los voluntarios de la caballería de la Guerra de Cuba, Sam Clayton y Luke Matthews, Gene Hackman y James Coburn soberbios, o el veterano cowboy, al cual presta su curtido físico el gran Ben Johnson, que se embarca en lacompetición con al certeza de que esa vez, es su última vez. Pero incluso el joven Carbo (Jan-Michael Vincent) aprenderá que sus veleidades de pistolero no tienen sitio en los Estados Unidos que vienen. Y mucho hay de esta mixtura de exaltación y tristeza, de vitalismo y crepúsculo en el score de Alex North.

 A diferencia de Los profesionales este no es un film áspero, como lo sería los westerns de Peckinpah o el espeluznante La venganza de Ulzana de Robert Aldrich. Brooks está lejos del dirty western setentero que el mismo avanzó con su obra maestra del 66. Muerde la bala es un film cristalino, una novela juvenil de aventuras llena de energía y pasión pero escrita por un viejo lúcido. El guionista (y que réplicas tiene este guión) y director ha superado a estas alturas la necesidad de sermonear, la de subrayar y le basta contar y dejar que la imagen y los cuerpos hablen por si mismo. La belleza expresiva de la contraposición entre los hombres a caballo y las máquinas de vapor surcando América es lo bastante definitoria por ella misma como para pintarla de colores o ponerle señales. Lo mismo que la acción constante de esa carrera sin ganador, donde prevalece el esfuerzo sobre el resultadismo, donde un par de tipos de otro tiempo dan muestra de una honestidad que es como la del protagonista de La soledad del corredor de fondo de Allan Sillitoe: única, personal y auténtica. Propia y no impuesta, ni por las circunstancias ni por los otros.

 Es probable (es seguro en realidad) que no haya géneros más éticos que el western y el relato de aventuras. En ellos está representado algo primitivo, bello como solo pueden serlo las ideas más simples. En otra entrevista, esta recogida en el excepcional libro de Patrick McGilligan Backstory 2: Interviews With Screenwriters of the 1940s and 1950s, Brooks decía “Muerde la bala es mi poema de amor para América. Amo a esta gente y la belleza de nuestro país”

Un par de años después con la acre Buscando al Sr. Goodbar ofrecerá una imagen exactamente opuesta: urbana, asfixiante, degradada.*

 

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