Un film romántico: “Melancolía”, que se acabe todo y que se acabe ya. Lars von Trier para Ultramundo

Originalmente publicada (y completa) en Ultramundo: critica-de-melancolia-lars-von-trier.html

*El ángulo más sugestivo para acercarme a Melancolía y no morir de frustración o aburrimiento resultó ser el esotérico. Por ese camino el film de Von Trier es, al menos, más interesante recordado que visto. Principalmente por que la memoria es selectiva. Reformula a voluntad mediante un automatismo salvador y permite quedarse con los fulgores y dejar el sopor y la egomanía en el limbo del “si pasó, no me acuerdo”. El poder en bruto de todo el conjunto se soluciona en siete minutos de plasticidad paroxística. Son como ver una versión alucinada de esos hipnóticos documentales de la vida de las plantas producidos por David Attenborough. Un ballet de onirismo y destrucción, el bello apocalipsis filmado por cámaras de alta velocidad mientras atruena Tristan e Isolda. Götterdämmerung. Visiones del futuro pasado, invocaciones, premoniciones, simbolismo y prodigios representados en cuadros vivientes (o murientes, más bien). La sinfonía del fin de todos los tiempos y todas las cosas. Planetas en colisión y crisis infinitas sin pop ni superhéroes. Solo la perfección catártica de la destrucción capturada en líquido amniótico. Composiciones de obsesiva simetría, que se repetirán en la segunda mitad de la película, y psicodelia circunspecta que espesa el cerebro como miel. Alan Moore escribía en La Cosa del Pantano que Flash vivía entre los segundos. El prólogo de esta obra es como la sangría de la realidad; lo que hay entre parpadeos percibidos en hipertiempo. De verdad que uno puede perderse dentro de estos siete minutos hermosos como un incendio. Lo malo es que faltan más de dos horas cuando la humareda se levanta. 

Si uno es capaz, y no es fácil, de abstraerse de las toneladas de autoindulgencia que presiden el conjunto -escandalosa en el capítulo titulado Justine (sin conexión aparente con el personaje sadiano de infortunada virtud) donde Von Trier no para de citarse a si mismo en forma y fondo: desde Rompiendo las olas de la cual toma impronta formal hasta un sentido del humor escapado de la memorable teleserie El Reino o algún personaje que parece venir de la divertida El jefe de todo esto– encontrará multitud de detalles disgregados que conectan el film a la naturaleza mágica que permeo su cine en Anticristo.

En primer término una cualidad general de traumfilm, de película soñada, de estado de duermevela donde la coherencia se diluye en beneficio de una sensualidad siniestra que expresa con singular pregnancia esa imagen de Justin tomando desnuda en la orilla de un río el aterrador sol nocturno que es el planeta Melancolía. Una aleación perturbadora de lo erótico y lo tanático; del sexo y de la muerte. 
En segundo una variación sobre la constante de lo dual (de lo bifronte, como Jano el dios romano de los comienzos y los finales), que vertebra de alguna manera la película, a su vez separada en dos hojas nombradas como cada una de las dos hermanas, Justine y Claire. La tristeza y la alegría, la aceptación y la negación, la valentía y la cobardía, el caos y el orden. Si en Anticristo un zorro hablaba a cámara afirmando que reinaba el caos, von Trier parece cerrar esa puerta (de nuevo Jano) con la llegada de un orden superior a cualquier otro: el fin. 
Junto a estos aspectos a otro par de ramales, interconectados a este, de interés. Por un lado Melancolía bien pudiera aceptar una interpretación zodiacal, planetaria; donde masas descomunales afectan a procesos físicos, psicológicos, alquímicos y esotéricos. De igual modo que la cercanía fatal de un planetoide como el que sueña Von Trier dejaría sin atmósfera y volvería del revés la polaridad o provocaría increíbles mareas. Rodeada de personajes terrenales, Justine, bipolar, mercurial por tanto, es invertida por la acción de un planeta presidido por lo saturnal, lo melancólico (un estado que Hipócrates relacionaba con el desequilibrio de los cuatro humores: la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla), induciéndola incluso a lo venusino, ese erotismo arriba mencionado. En definitiva equilibrando lo que estaba desequilibrado. continuar

Fuera de esta obviedad culterana, en no pocos aspectos el film tiene un soniquete de snobismo que casi lo acerca a Peter Greenaway (amén de la ya referida representación simétrica de multitud de encuadres, que resultan casi tan Greenaway como Kubrick, aunque la gravedad de tono remita preferentemente al segundo que al primero, mucho más adicto a la frivolidad), el danés despliega una sutileza anti-moderna mucho más lograda, mucho más efectiva por esa misma falta de subrayado: Claire prefiere mirar como crece Melancolía a través del ingenio que su hijo construye con un palo y un alambre que mediante sofisticado telescopio de su marido. Como si esa simplicidad fuera más real. Lástima que el resto de la película no sea así de sencilla. continuar

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