(2012) Junio 2ª Quincena / 11

Bitelchús, Tim Burton, 1988, USA

Resistente al tiempo, casi aparece como uno de las mejores películas de Burton, con su universo ya codificado al completo y contenido en un espacio menor, el de una tira cómica en algún lugar en Charles Adams, Chuck Jones y el Dr. Seuss con aportes personalísimos del propio Burton que, vista desde hoy, reaparecerán en futuras (y algunas muy recientes) cintas. Algo atropellada brilla en el sentido escenográfico/arquitectónico/decorativo de su director, donde lo naif y lo tétrico se convierten en uno solo, y en la memorable fanfarria sonora de Danny Elfman, parte esencial de “lo burtoniano”.

Cromwell, el rey de los bárbaros, Albert Pyun, 1982

Menos que simpática y más que inane, destaca entre los subproductos y/o derivados que se facturaron al calorcillo del éxito del Conan el bárbaro de Milius (engendros tipo Ator, el poderoso, El guerrero rojo o aquella descacharrante Los bárbaros, protagonizada por un par de lustrosos gemelos y genuina carne de videoclub) gracias a ciertas virtudes de regusto aventurero clásico o a un imaginativo diseño de producción que incluso remite, en la guarida del maligno brujo (soberbia la escena de apertura con su resurrección en un altar hecho de cabezas vivientes petrificadas) al colorido tétrico del Mario Bava de Hércules al centro de la tierra. Por lo demás roba sin complejos tanto del Conan tebeístico (más incluso que del cinematográfico o literario) y no olvida otros títulos recientes, como el toque pulp y un tontorrón sentido del humor a lo Indiana Jones (más la música de Williams, claro) o robos estéticos a la formidable Excalibur, a través de la fotografía neblinosa y atmosférica o con referencias directas en el color o en la armadura dorada que el malvado Cromwell luce en el tercio final. Precipitada en general (por momentos parece que se hayan ido quitando páginas del guión según el presupuesto), rodada con cierto buen gusto (y descaro, esos insertos de otras películas para fingir los exteriores de la ciudad) por un Albert Pyun que parecía prometer algo y perjudicada encima por un horrible reparto de héroes, no así la pareja de villanos encargada al siempre inquietante Richard Lynch y al televisivo George Maharis. Como curiosidad la final de los créditos se anuncia el retorno de Talon en una nueva aventura titulada Tales of Ancient Empire, pues bien, en 2009 finalmente regresó.

Inserts, John Byrum, 1974

El malditismo aumenta exponencialmente las supuestas bondades de cualquier obra y este oscuro film del no menos oscuro John Byrum no es la excepción. Desastre económico en su dia y película largamente desaparecida, bien merece su ración de reivindicación, pero en ningún caso supone ningún logro mayor. Sátira despiadada de los desechos de la industria en la persona de un autodestructivo prodigio incapaz de adaptarse a la llegada del sonoro y de una actriz muy venida a menos, obligados por la necesidad o la obsesión a trabajar a las órdenes de un trapacero productor en loops porno. Huis clos venenoso, de pulsión sórdida y decadente, psicodrama exorcizador y burla grotesca que no logra superar su condición de teatro filmado (buen teatro, eso sí, bien dialogado y competentemente interpretado, especialmente por la infrautilizada Jessica Harper) pese a que Byrum se afana en dotar de significado a la puesta en escena y en sacar jugo al decorado único en base de una planificación muy trabajada y a una cámara envolvente y elegante. Reflexión pesimista acerca la dicotomía arte/comercio y sobre la cualidad vampírica de la imagen, en un conjunto repleto de aciertos parciales y no poca inteligencia.

El embrollón, Eduard Molinaro, 1973, Francia

Un film muy exitoso en su día y que supuso la primera aparición cinematográfica del recurrente personaje (o personalidad más bien) de François Pignon, auténtico pobre diablo de desarmante ingenuidad, magnetismo para el desastre y enervante voluntarismo, aquí unido a un implacable asesino a sueldo imposibilitado para cumplir su encargo debido a la hemorragia de problemas que supone la sola presencia de Pignon en la habitación contigua de su hotel. Mano a mano entre dos auténticos mitos que disfrutan autoparodiándose con la mayor seriedad, Brel mezclando dadivosidad, tristeza y descontrol y un descacharrante Lino Ventura manteniendo la compostura a duras penas hasta resignarse ante la cruz que le ha tocado y sacando petróleo cómico de su pétreo rostro. Molinaro tiene el acierto de plasmar el film no como una comedia, sino como un “polar” al estilo de los que protagonizaba el propio Ventura para dinamitarlo desde dentro con la infiltración del absurdo y el desenfreno, naciendo de esta colisión de estilos los mejores gags de una película que por desgracia y pese a contar con momentos divertidísimos (ese final) y un gran guión de Francis Veber, no acaba de atreverse a pisar el acelerador de la locura (el botones que interpreta Nino Castelnuovo necesitaba mayores dosis de histrionismo y barullo). Billy Wilder se despediría lastimosamente del cine con un “remake” de esta cinta, titulado Aquí, un amigo con Lemon y Matthau como protagonistas y de resultado bien pobretón, además de muy por debajo del original.

Alucarda, la hija de las tinieblas, Juan López Moctezuma, 1977, México

Un film difícilmente descriptible y por completo arrebatador. Un delirio anticlerical que parangona/enfrenta catolicismo y satanismo dentro de una trama sadomasoquista, desaforadamente erótica, perversa y fantasiosa, un festival de idas geniales y enloquecidas, que mezcla al Marques de Sade (esa seducción de los inocentes y la retorcida unión de placer y dolor, sangre y sexo) convocaciones paganas y brujería. Repleta de momentos memorables y de deslumbrante imaginería (la tormenta de sangre durante la ceremonia, Alucarda emergiendo sanguinolienta de un ataúd o lamiendo el labio herido de Justine con deleite,etc…) acusando claras influencia del mejor Jesús Franco e incluso del infra-género de conventos escabrosos. Inmenso Claudio “Simón del desierto”  Brook en un triple papel y descontroladas interpretaciones de unas entregadísimas Tina Romero, como ingenua, virginal y alucinada Justine, y Susana Kamini como la imponente Alucarda. Una joya del histerismo cinematográfico que hay que ver para creer.

2024: Apocalipsis nuclear (A Boy and His Dog), L.Q. Jones, 1975, USA

Extraña y sulfurosa fábula post-apocalíptica entre el “western” futurista y la sátira distópica que supone uno de contados trabajos tras la cámara del gran característico L.Q. Jones que adapta con cierta libertad (el muchacho protagonista tiene unos cuantos años más y se obvia que el perro, Blood, está mejorado genéticamente) y menor barbarismo el relato del fundamental Harlan Ellison (que conociera una gran versión tebeística de la mano del propio autor con Richard Corben como co-escritor y dibujante, bajo el título Vic & Blood), con una primera parte que narra las desventuras del genuino superviviente Vic y su perro telépata (al que pone voz el actor y músico Tim McIntire, hijo del legendario John McIntire) con el único objetivo de encontrar comida y mujeres en una superficie desértica y azotada por diversa bandas y una segunda en la que una joven conducirá al protagonista a la civilización del mundo subterráneo que dirige el siempre grande Jason Robards, un tétrico simulacro normanrockwelliano de perfección americana con el siniestramente cómico detalle de los rostros maquillados con coloretes y beatíficas sonrisas. Tierna y brutal, desequilibrada y perjudicada por su falta de medios, nada complaciente y rematada con un cierre negrísimo, desde luego hace añorar que Jones no dirigiese más, porque demuestra personalidad y convencimiento, además de dejar bien claro que no hay nadie más feliz que un muchacho y su perro.

El clan de los irlandeses, Phil Joanou, 1990, USA

Un film mediocre e interminable que parece haber ganado un estatus totalmente injustificado y en modo alguno acorde a sus más bien menguados méritos. Una historia y personajes que son puro cliché, unos diálogos ridículos, un reparto desaprovechado (Harris ejerciendo de parte de la utilería y Penn y la bella Robin Wrigh intentando dar cierta intensidad a sus archisobados papeles) o descontrolado (Oldman y su numerito personalista) y una narración plomiza y afectada. Joanou ejerce de turista que se fotografía en todos los monumentos del género “gangsteril-familiar” y rueda sin mayor gusto ni estilo mas allá del recopilado de todos los peores resabios publicitarios del “thriller” de los primeros noventa (herencia esteticista de los temibles hermanos Scott o de Alan Parker), entre mucho contraluz, aces fragmentados y filtros artísticos, rematado, además, por un grotesco clímax final al ralentí, que plagia sin piedad la estética del heroic bloodshed hongkonés (lo que desde luego demuestra el olfato de Hollywood para detectar la siguiente moda) incluido el salto lateral pistola en ristre y los cargadores y casquillos cayendo en dramática cámara lenta.

Gridlock’d, Vondie Curtis-Hall, 1997, USA

El patetismo elevado al cubo, la absurda hazaña de un par de ganapanes perdidos en el sistema, parodia descarnada, comedia triste, negritud y causticidad, drogas duras y estupidez general. Afortunado debut de Vondie Curtis-Hall (cuyos derroteros posteriores son mucho meno lúcidos) con una historia que, de modo ciertamente comprensible, no pareció interesar a nadie principalmente por su carácter incómodo de radiografía caricaturesca y destartalada que deja en calzoncillos el deshumanizado sistema sanitario/social norteamericano pero no a través de la denuncia heroico-concienciada, sino de ese dúo de memos que pretenden desengancharse mientras buscan la siguiente dosis para hacer tiempo, rebotando de mostrador en mostrador en un “vuelva usted mañana” tan cómico como encabronante. Estupendamente interpretada (con la breve presencia del verdadero independiente John Sayles como policía), sorprende la presencia de una estrellona como Tupac Shakur, en una elección a contrapelo que habla (hablaba) muy bien de sus intereses cinematográficos, con una perfecta banda sonora del ex-Police Stewart Copeland y una narración vertiginosa (en ocasiones atropellada) que potencia el tono de cartoon escrito por un Kafka revoltoso. Abusa de algún efectismo estético que afea el conjunto y tiene cierta tendencia a hacer demasiado obvia la ironía, con lo que esta acaba por perder efectividad, pero desde luego merece ser redescubierta por su mezcla de inconsciencia y crueldad, por saber golpear duro sin necesidad de sermonear.

Cohen y Tate, Eric Red, 1988, USA

Una película ingeniosa y trabajada que destaca para bien en el decadente terreno del “thriller” y la acción de finales de los 80, gracias a una hábil vuelta de tuerca sobre las convenciones de las buddy movies y a un inteligente uso de sus modestos medios, sabiendo hacer de la necesidad virtud. La historia de dos sicarios antagónicos obligados a trasladar al hijo de un testigo protegido al que previamente se han cepillado (en una secuencia de apertura notable) y de las dificultades provocadas por el juego de tensión psicológica que el muchacho dispara con una mala leche impropia. Buenos diálogos, recia dirección, tono claustrofóbico y nervio sin desmayo, además de unas estupendas interpretaciones, en especial del veterano Roy Scheider y del jovenzuelo Harley Cross (actor de rostro maligno e inolvidable “niño que gritó puta”), que redondean un trabajo honesto que remite en más de un sentido al estilo directo y la ética de los clásicos b.

La ley del Talión, Delmer Daves, 1956, USA

Magnífico film de aventuras con formato de western itinerante, repleto de peripecias, peligros y lecciones de vida. Delmer Daves da lo mejor de sí en una película enérgica y emocionante a todos los niveles, enfrentando a unos héroes forzosos contra la agreste dureza de un medio natural imperial y bellamente crudo, en una propuesta canónicamente iniciática, rito de paso necesario en el que ejerce de guía un memorable Richard Widmark como ambiguo renegado que fascina a los muchachos con su ironía y ese aire de integridad y peligro. Ejemplar valoración del paisaje como figura dramática esencial, ritmo vigoroso pero nunca acelerado, un guión denso pero no farragoso ni psicologista (en el que los personajes se definen por lo que hacen y no por lo que dicen), fisicidad y acción en una concepción cinematográfica indisociable de los mejores logros de la narrativa clásica americana. Lástima que una deriva edulcorada y tipiquérrima (aunque casi inevitable para la época) impida redondear una obra maestra.

El día de la lechuza, Damiano Damiani, 1968, Italia

Hay un algo tan miserable, pesimista y lúcido en esta adaptación de Leonardo Sciasia que vuelve la historia sobre el fracaso anunciado de un hombre, un capitán de policía del norte trasladado a Sicilia, en una disección retorcidamente cómica, desoladoramente auténtica de un sistema parasitario levantado sobre el miedo y la conveniencia a partes iguales. Áspera y despiadada, atravesada de una ironía negra que la hace todavía más amarga (el detalle, genial, de la casa del capo local justo enfrente de la comisaría de policía) y rica en momentos difícilmente olvidables (especialmente la comida fraternal a la que es invitada Claudia Cardinale ya en el tercio final). Analiza toda una mentalidad y todo un modo de vivir en un estado paralelo, desde una óptica que acoge por igual la tensión del género policiaco y la agudeza del costumbrismo italiano, sin olvidar la escuela del cine denuncia de izquierdas a la que pertenecía Damiano Damiani junto a directores como Elio Petri, Giuliano Montaldo o Francesco Rosi. Huye del simbolismo y aunque a veces pueda resultar un tanto pedagógica no le falta claridad en la exposición ni fuerza en una puesta en escena nada llamativa y siempre supeditada a lo narrado. Muy bien interpretada (memorable el siempre grande Serge Reggiani) por un reparto que acoge estrellas locales e importaciones extranjeras de lujo para un film que, si bien es menos conocido y bastante menos prestigioso que muchos de sus contemporáneos de similares intenciones (incluida alguna del propio Damiani), resulta superior a la mayoría de ellos por su falta de alardes, veracidad cruda, total ausencia de tremendismo y minuciosidad en el retrato de tipologías y prácticas.

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