Vamos a portarnos mal: The Misbehavers, la habitación de Robert Rodriguez en Four Rooms (para Ultramundo)

Four Rooms sometida a una curioso experimento cuatripartito en Ultramundo, ocupándonos un autor diferente de cada uno de los sketches. En mi caso el de Robert Rodriguez, The Misbehavers que dejo aquí al completo. para le resto solo seguir el enlace: http://cineultramundo.blogspot.com.es/2012/08/critica-de-four-rooms-allison-anders.html

*Four Rooms fue algo así como la apoteosis de la efervescencia indie de los 90 condesada en formato de comedia de episodios autoindulgente. Una píldora por director, una fiesta con barra libre para el ego de veinte minutos por cabeza en una serie de sketches engarzados por un hipervitaminado Tim Roth – especie de versión canallesca y dopada de Jerry Lewis- como hilo conductor: un estrafalario botones viviendo la peor Nochevieja de su vida.

El asunto es un chiste navideño de colores pop y aire de comedia de los 60 al gusto de los 90, donde solo Robert Rodríguez parece entender la lógica de cartoon que atraviesa el invento en su memorable sketch. Los demás entregan o naderías, el conciliábulo de brujas de Allison Anders, patochadas cargantes, un muy decepciónate Alexandre Rockwell, poco antes responsable de la admirable In the soup o humoradas referenciales muy bien rodadas, caso de Tarantino en uno de sus habituales ejercicios de apropiacionismo; en este caso sobre de The Man from the South (referido como El hombre de Rio por el propio Tarantino), legendario capítulo de La hora de Alfred Hitchcock.

Vista hoy, sin la carga petulancia que presentaba en su día, resulta más divertida en conjunto, sintetizando, además, todo un momento del cine norteamericano de finales de siglo.

En el tercero del cuarteto, titulado The Misbehavers, un guiño al malicioso estándar de Cole Porter Let´s misbehave (Vamos a portarnos mal), Robert Rodríguez obra en prodigio de envasar al vacio su universo creativo –bueno, malo o regular lo cierto es que lo tiene, y más independiente del de Tarantino de lo que se le suelo conceder con cierta condescendencia- ciñéndose al espacio que le toca, sin resultar un esbozo, ni un chistecillo, ni parecer desganado, ni resultar pretencioso. Al contrario; resulta, como queda dicho, una decantación que demuestra como su director ah comprendido las posibilidades del formato, el tono requerido y el tempo exacto.

En su sketch una pareja de misteriosos padres, Antonio Banderas, descacharrante, y Tamlyn Tomita, que no se sabe si son supermafiosos o superespias pero que, dejan a sus ingobernables hijos al cuidado Ted el Botones con las consecuencias grotesco-delirantes de prever. La familia al completo esboza a los futuros Spy Kids, una delicia, y todos ellos, definitivamente, habitan el mismo universo paralelo de dibujos animados de carne y hueso.

Tim Roth cuenta en el Making Off que la idea de partida era enfrentar a un botones normal y corriente a una serie de estrafalarios clientes pero que su manera de interpretar al personaje convirtió aquello en un puñado de estrafalarios clientes enfrentados a un botones rarísimo. Así mientras en los otros tres cortes la comicidad nace del desafinado, es decir de al colisión entres dos claves distintas, Rodríguez tanto el personaje conductor, Ted, como los nuevos está planteados en la misma clave, suenan con igual melodía y análoga afinación. Esa que anuncian los estupendos créditos animados al ritmo lounge de Combustible Edison. Un elemento de armonía que hace funcionar mejor todo el sketch, tanto autónomamente como en relación a los otros tres.

Otro es la explotación sistemática de todos los recursos a su alcance para lograr el efecto de un looney tune de acción real. No solo es la mímica estilizada e hiperbólica, por completo antinaturalista, de los actores, o el trabajo de cámara y montaje rítmico y veloz, sino el empleo de la música pautando el ritmo de, precisamente el montaje, la mímica y la cámara. Burlona subraya cada gesto, amplificando el efecto cómico tal y como se hacía en los cortos animados de Disney o Warner hasta convertir a Ted el Botones en  un Will E. Coyote humano.

Rodríguez exprime los límites del formato con una sofisticación mayor de lo aparente. Por ejemplo, y es algo que, salvando las distancias, me recuerda a los recursos narrativos indirectos (o subliminales, como se quiera) del Ghost Dog de Jim Jarmusch, cabe señalar como se usa todo lo que ocurre en pantalla y en especial lo que se ve en la televisión a modo de comentario/ampliación del gag principal. The Misbehavers responde a esa idea, muy norteamericana, de meter una idea por plano, en este caso un chiste por plano; algo rematado en el memorable cierre, una composición que resume al completo el espíritu cafre de sketch.* leer completo

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