El revés del enigma: Summerfield. La Australia Gótica de Ken Hannam (Fantaustralia. anexo 1)

Hay un Gótico Australiano, igual que lo hay norteamericano, mexicano, italiano o japonés. Sólo que este se hizo esperar hasta los años 70. Anunciado en Wake in fright (Ted Kotcheff, 1971) y llevado al paroxismo estético-conceptual en Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1975) quizás la obra maestra del estilo, en cuanto a su depuración y exactitud sea un film secreto: Summerfield.

La dirigió en 1977 Ken Hannam, el gran director de entre los que permanecieron en Australia tras la diáspora de talentos durante los primeros 80. Fallecido en 2004, de larga carrera en la televisión, tanto británica como australiana su huella resulta de igual importancia en el realismo como en el fantástico pese a no haber dirigido mas que cuatro largometrajes, siendo dos de ellos esenciales: la presente Summerfield y Sunday to far away (1975) -los restantes serían en drama romántico postbélico Break of Day (1976) y el biopic Dawn! (1979), sobre la nadadora australiana Dawn Fraser-, que suponen sendas cumbres de los caminos principales del Austalian New Cinema: el realismo social y el fantástico

Esta obra tan exigua no es extraña en relación a otros contemporáneos, Rod Hardy, por ejemplo, rueda la estupenda Thirst en 1979 y no vuelve al cine hasta 2002 con Route 52, Tony Williams no cuenta más que con dos trabajos, la ignota Solo (1978) y la esencial Nex of Kin (1982), un poderos relato de fantasmas que es una de las obras mayores del género en Australia. Tampoco influye en la importancia particular de una personalidad como es el caso de Hannam. Así Sunday too far away pasa por ser otro de los grandes clásicos de la cinematografía del país en su retrato agreste y sincero de unos esquiladores de ovejas. Cine de clase trabajadora que en compañía de Petersen (1974), evolución de Tim Burstall desde las comedias burras de sus inicios como Stor o Alvin Purple, cimentó el estrellato de Jack Thompson como imagen y epítome de la masculinidad australiana. Summefield, por su parte, es puro gótico australiano, presentando esplendorosamente la enigmática cualidad paradójica del fantástico australiano: ser fantástico, sin ser fantástico.

Como Wake in fright, Walkabout (Nicholas Roege, 1971) o incluso Picnic en Hanging Rock, en virtud de su total ambigüedad, Summerfield no es una película fantástica, es, como las anteriores, un “melodrama de aislamiento y derrota”. No hay elementos sobrenaturales ni nada por estilo, sino que es un relato sumergido en un amnios, en un sentimiento y una atmósfera fantastique. Si tomamos lo fantástico como un estado del ánimo o de la mente estas películas lo son al completo. Lo fantástico las envuelve, está en sus movimientos de cámara, su parsimonioso ritmo, su escrutadora mirada sobre objetos y personajes… es un clima que se puede palpar, una cualidad viscosa donde la forma compadece al fondo y viceversa. Si lo fantástico lo entendemos por lo oscuro, lo terrible, lo que no debe ser conocido ni revelado pues demolerá lo que somos, entonces Summerfield es cine fantástico.

La película de Hannam es un perturbador cuento a plena luz, centrado en la peripecia de un profesor destinado a un pueblecito costero, su desaparecido antecesor y una alumna aquejada de una rara enfermedad en la sangre que vive en compañía de su madre y su tío, aislados en una isla unida al continente solo por un paseo.

Simon, el sustituto enviado al pueblo, comienza a obsesionarse con la intrigante volatilización de su antecesor, algo que no parece preocupar demasiado a nadie más, quizás a costumbrados a los comportamientos que puede provocar el aislamiento. Pero para Simon esto es un misterio que desentrañar; uno que vuelve cada gesto inquietante y cada pista emocionante y extraña. Simon comienza a seguir los pasos de su antecesor, a vivir la vida que él vivió convencido de que, al final, algo terrible ocurrió.En realidad todo son conjeturas, curiosidades… pero es el ambiente, la manifestación plástica -la repetición de motivos, lo amenazante de los objetos inanimados que parecen guardar secretos insondables o la dualidad constante entre la naturaleza viva y su representación: la naturaleza muerta- y el tempo de la narración lo que amplifica ese misterio en un sinuoso ejercicio de sugestión sensorial que es una de las claves de la fascinación de lo fantaustraliano.

La película está llena de flecos, detalles de extrañeza que no conducen a ningún lado. Son como advertencias, elementos dislocados puestos en el cuerpo del film solo para crear el clima del mismo. En la primera escena que reúne al nuevo maestro con los niños estos se presentan simulando un ahorcamiento y carcajeándose luego del aterrado hombre. Esto no tiene trascendencia alguna, igual que no la tiene la relación sexual entre Simon y la dueña del hotel a espaldas del marido de esta o la actitud ambivalente del policía local. Al final ni siquiera el misterio principal, la desaparición del antiguo profesor, tendrá importancia. La atmósfera lo es todo, la idea del misterio es lo poderoso, no el misterio mismo.

Summerfield también comparte con Picnic en Hanging Rock, la presencia en el guión de Cliff Green y en la músico, soberbia, de Bruce Smeaton, pero más allá de eso ambas están entrelazadas por un pathos nacido de aplicar la noción del misterio dentro de un entorno idealizado que se revelará como inquietante, claustrofóbico, la idea, abisal, del enigma sin respuesta, o cuya respuesta conduce forzosamente a la destrucción, aquí redondeada con un final irónico y terrible que abre, incluso, el conjunto hacia la paranoia.

Una paranoia que convierta la película en todavía más extraña y que equilibra de algún modo la aparente falta de relación entre elementos como la hostilidad del pueblo, la sexualidad tortuosa o frustrada -señalar como lo sexual puede ser en el cine australiano de la época tanto un motivo de libertad como de conflicto- y la distorsionada percepción que de los comportamientos de todo el mundo tenemos y tiene Simon.

Justo al principio la niña protagonista, Sally, nos ha sido presentada de espaldas, revelándole a Simon que va por un camino equivocado, toda una premonición. Cuando este se aleje montado en su coche el rostro de la niña aparecerá, mirando desde detrás de una verja, rubia y solar, pero igual de inescrutable. Hannam resuelve el doble punto de vista del film con un suave cambio del encuadre –hará algo muy similar pero mediante la recomposición del plano mediante el movimiento de la cámara cuando la niña y el profesor se encuentren por primera vez en la escuela-. De esta manera se establece la posibilidad de que veamos, intuyamos más bien, los secretos de Summefield  desde dos ángulos diferentes, lo cual hace avanzar la narración cuando no está presente Simon, que es el guía del espectador. Sally sirve para mostrar, para sembrar la inquietud en cierto sentido, y Simon, a quien le corresponde nuestro propio punto de vista al ser el visitante, para recoger. Nosotros descubrimos al tiempo que Simon, pero los que vemos desde esa aparente neutralidad de Sally nos ha puesto en tensión multiplicando el efecto siniestro del conjunto: todo parece correcto, pero algo no está en su lugar. De ese desequilibrio emana una penetrante sensación de otredad, el miedo a algo desconocido y tenebroso.

De manera más sorpresiva se pueden apreciar concomitancias con The wicker man (Robin Hardy, 1973), muy filtradas y totalmente ajenas al poderoso sustrato ocultista del film de Hardy, pero apreciables por cuanto presenta tanto ciertos elementos sexuales agresivos para la mentalidad del protagonista como esa noción de la comunidad aislada cuyos secretos son penetrados por una mente racional que llega a la misma y que, en ese tránsito, termina por destruirse al contacto con la revelación de una verdad inaceptable. Por otra parte tampoco está lejos de ser una variación acariciante y evocadora, más que diabólica y desquiciada, de Wake in Fright, presentando un conflicto homologable y una profunda importancia dramático-poética del paisaje. De nuevo lo telúrico en el cine australiano, de nuevo el aislamiento.

Fantaustralia (cap. 1)

Summerfield

Ken Hannam

1977

Australia

95 min.

Guión: Cliff Green

Fotografía: Mike Molloy

Música: Bruce Smeaton

Montaje: Sara Benn

Reparto: Nick Tate, Michelle Jarman, John Waters, Elizabeth Alexander, Charles “Bud” Tingwell, Geraldine Turner, Max Cullen, Barry Donnelly

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