Aventuras al por menor: La espada del bosque de Sherwood, un Terence Fisher para completistas.

Publicada originalmente en Cinearchivo: fichaDvd.asp?idRubText=7125
*Hay en La espada del bosque de Sherwood un momento, ni siquiera una escena, que enseña otra versión posible de esta misma película: de repente Oliver Reed y Peter Cushing comparten plano. La imposible tensión física del primero contra la electricidad del segundo. Reed como un noble arrogante y cruel, uno de aquellos jovenzuelos amenazadores que encarnaba sin esfuerzo, porque él mismo lo era, por aquella época apuñala por la espalda al corrupto y sibilino Sheriff de Nottingham que interpreta el segundo. Reed acomete como un toro dando ofuscadas puñaladas; Cushing se contorsiona, se resiste a morir entre la sorpresa y la rabia.Es un instante solo, puramente físico, recogido por Terence Fisher con su mejor estilo: la cámara casi quieta y los actores reconstruyendo el plano en elaboradas coreografías de violencia repentina. Un baile de espacios y cuerpos.
   Hay más detalles, claro, todos desperdigados —una madre abadesa cuyo turbio aspecto, entre la rigidez y el erotismo maléfico, es resaltado por la iluminación (con incidencia en unos sanguíneos labios rojos)— que son fulgores de genio entre la agradable modorra de película de sábado por la tarde. Tan entrañable como anodina. Fisher no era bueno con los exteriores, y aquí hay demasiados, (era magistral, en cambio, en esos tenebrosos interiores que asoman dominando los mejores momentos del conjunto), tampoco lo era con la acción aventurera, si con la dramática, y este es un film de aventuras…No era una película para él, pero como no estaba en posición de elegir la resuelve con dignidad. Puro cine de estudio concentrado en algo más de 70 minutos de lo que hoy podríamos defender como nostalgia de doble sesión. Eso y que su trama sobre la especulación de tierras y bienes muebles e inmuebles resulta de sorprendente vigencia.
  
La película procede en realidad de la televisión, es decir, es la derivación de un exitoso producto televisivo basado en las aventuras de Robin Hood que el actor Richard Green llevaba protagonizando del 1955 en la ITV y que, de igual manera, se había comercializado en el mercado USA con buenas audiencias. Finalizada en 1959, el propio Green pensó que la mejor manera de darle continuidad era buscar una audiencia mayor y un producto mejor, así que él mismo produjo para la Hammer la presente película en 1960, sin dudas con miras a continuar la saga pro otros medios. Y por extraño que pueda parecer tanto la Hammer como Fisher fueron elecciones lógicas. La segunda diversificaba su producción todo lo que podía y se regía por una mentalidad puramente mercantilista -en los primeros 60 contó con un pequeño remanente de filmes aventureros como Los estranguladores de Bombay(1960), The Pirates of Blood Rivers (1962), The Scarlet Blade (1963), Los piratas del Diablo (1964) o un regreso tardío a la mitología de los bosques de Sherwood enA Challenge for Robin Hood, dirigida por el oscuro C. M. Pennintong-Richards en 1967 y con, un todavía menos apropiado que Greene, Barrie Ingham encargándose del héroe- mientras que el segundo se había hecho cargo de la realización de un buen puñado de los capítulos de la serie televisiva. Y el resultado es, precisamente, televisivo. En parte por lo escasamente elaborado del material, en parte por la patente desgana de Fisher durante la mayor parte del metraje y en (mayor) parte por la presencia, imposible, del propio Richard Green como héroe; improbable héroe, increíble héroe. Blando y soso, sin gracia física ni carisma,
sencillamente, no da el papel y su desempeño parece casi (casi) tan amodorrado y ridículo como aquel Nayland Smith, némesis del fatal siete veces doctor Fu Manchú que, de aquella manera, interpretó en las dos películas –Fu Manchú y el beso de la muerte y El castillo de Fu Manchú- sobre el personaje/universo de Sax Rohmer que Jesús Franco dirigió entre 1968 y 1969 como cierre de la saga producida por Harry Allan Towers—. En ambas la sensación es la misma: un perfecto caballero inglés cuya única expresión es la de leve perplejidad. Algo que bien podía hacer juego con las destartaladas versiones de Rohmer parece fuera de lugar al encarnar a un héroe que debiera ser un carisma andante como el proscrito Robin Hood.
   Con todo la película no es una calamidad, bien al contrario es un agradable entretenimiento naif  ennoblecido por un gran casting de secundarios;  con rostros familiares de la casa como los de los mencionados Cushing y Oliver o el gran Nigel Green, a los cuales rodean personalidades tan interesantes como el injustamente infravalorado Richard Pasco, que aquí compone un villano noble de sorprendente densidad,  el joven e inquietante Derren Nessbit, memorable chantajista de Dirk Bogarde en Víctima (1961) y dos secundarios de largo recorrido: Jack Willim ocupándose del capital rol (histórico) de Hubert Walter, arzobispo de Canterbury y mano derecha del Rey ausente Ricardo Corazón de León y el genial Niall McGuinnis, el inolvidable mago ocultista Julian Karswell de esa obra maestra del cine ocultista que es La noche del demonio (1957). A modo de curiosidad estos dos últimos y Nigel Green compartirían cast en la deliciosa Jason y los Argonautas (1963) unos pocos años después.• (CINEARCHIVO)
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