Hazañas de un inglés corriente: El hombre que sabía demasiado. Hitchcock’34

 Publicada originalmente en CinearchivofichaDvd.asp?idRubText=7133
*Hitchcock era, algo así, como la cúspide del entretenimiento en la incipiente industria británica del sonoro. A la vez una singularidad y una manifestación perfecta del cine entendido como espectáculo. John Griegson, el padre de la escuela documentalista británica –en aquel entonces la cinematografía inglesa se escindía entre un cine de evasión, adscrito a los géneros populares, en muchos casos de herencia teatral o literaria, y el documental, de realismo irrenunciable y voluntad moral. Algo que cambiará después de la guerra, cuando los géneros comenzaron a reflejar todo tipo de realidades, contaminándose de la óptica testimonial- escribía en 1930 que “Hitchcock es el mejor director, el artesano más hábil, el observador más fino, el maestro del detalle más exquisito que tenemos en Inglaterra… con todo y con eso, no es más que el mejor director del mundo de películas sin importancia”.
Ya entonces tenía un algo que le distinguía, no era solo una competencia técnica superior o una capacidad innata para captar al público. Era que, tras el entretenimiento frívolo latía en Hitchcock el pulso del director experimental, vanguardista. Donde su fervor por violentar las reglas de la lógica y supeditar todo su narrativa y fuerza expresiva a un momento cumbre, por irracional y absurdo que fuese, y si lo era mejor, no es un capricho, sino una elaborada reescritura del lenguaje del cine, emprendida con el fin de lograr, precisamente, un lenguaje, una colección de signos, exclusivamente cinematográficos que le fuesen propios. Su éxito en esta labor se explica por si mismo, no ya por que Hitchckock se haya convertido en un director-adjetivo, sino por que se puede rodar, y se rueda, “en clave hitchcockiana”. En lenguaje Hitchcock, en definitiva.
No es de extrañar que otro director documentalista del periodo como Harry Watt dijera que “era el único director de cine comercial que nosotros respetábamos”. De ahí las palabras anteriores de Griegson: esperaban de él que pusiese su capacidad rupturista al servicio de un cine moral. Pero el de Hitchcock siempre ha sido un cine amoral; cine alimentado de cine, todo por una imagen imperecedera, todo por un escalofrío. Así el director no duda en manipular en su beneficio, al convertirla en el largo clímax del film, una imagen de la cultura popular británica: La batalla de Stepney, el asalto de la policía y el ejército contra un grupo anarquista en 1911 en la calle Sidney. Luego adaptado en 1960 por Robert S. Baker y Monty Berman en la recuperable The Siege of Sidney Street.
Pero, de manera quizás paradójica, al estar su cine sumergido por completo en la fantasía, esta ejercía como elemento subversivo con respecto a la realidad. Lo cual hacia que las películas hitchcockianas fuesen frívolas, sí, pero no inofensivas. Centrando su corrosivo sentido del humor y de la emoción en la tensión, muy inglesa, entre lo público y lo privado; más concretamente, entre el interés personal y el deber social. Algo manifestado en esta primera versión en el dilema que se les presenta a la pareja protagonista –el inolvidable Zaroff, Leslie Banks con su inquietante rostro reconstruido y Edna Best- entre salvar a su hija y salvar a un extraño, cuya muerte podría traer catastróficas consecuencias.
Para el cineasta El hombre que sabía demasiado fue una especie de refundación de su propio estilo después de una serie de películas fracasadas en taquilla –Juego sucioRich and StrangersEl número 17– o directamente descabelladas –Valses de Viena- que habían desorientado al cineasta al punto de confesarle a Truffaut en el esencial libro de entrevistas El cine según Hitchcock que, prácticamente, esta película supuso su segundo debut, de nuevo de la mano del capital Michael Balcon, el hombre que le dio la oportunidad como director durante el silente, y la Gaumont British.
En El hombre que sabía demasiado, no en vano remakeada por el propio director en 1956 cuando necesitó otro run for cover, reaparecen y se reformulan todos sus estilemas previos y posteriores –aunque en mi opinión será la siguiente Los 39 escalones la que los muestre con la fórmula ya perfecta, magistral- basados, por un lado en la dilatación temporal –es decir, la mecánica del suspense tanto frente al whodunit clásico de escuela británica, como al suspense: no se trata, entonces, de revelar un misterio, sino de soportar la tensión. Y por el otro, en una dinámica de contrastes que el film expresa incluso en su doble ambientación entre los Alpes suizos y las estrechas callejuelas de un Londres nocturno y extraño; la idea genial de colocar la madriguera de los villanos en un tabernáculo dedicado a algún culto extravagante es, sin duda, un rasgo de genialidad que, además, conecta el film a su naturaleza primaria de pulp, siendo en origen una adaptación del personaje de Bulldog Drummond creado por Sapper en 1920. Todo lo cual permite lícitamente ver esa herencia de lo pulp, de la narrativa popular más directa, festiva y desacomplejada de cualquier rigor, en gran parte del cine de Hitchcock.
Así tenemos ya encapsuladas sus memorables set pieces -como si fuesen partes autónomas, de lógica interna propia, desgajadas del cuerpo central del film, aunque a la vez sean las que la otorgan consistencia al mismo- y su personal dinámica interna: el humor termina en violencia, la violencia es cortocircuitada por los detalles cómicos en una ceremonia de contrastes que puede parecer extemporánea pero resulta armoniosa, los villanos –aquí un genial Peter Lorre, cuyo estilo ralentizado y sinuoso se ajusta como un guante alas intenciones del cineasta- son magnéticos, seductores y de superficie suave, delicada, existe un placer constante por el destello absurdo, los aguijonazos de sadismo y la manipulación concienzuda de las emociones del espectador.
Quizás, vista hoy, la película pueda resultar algo primitiva, un tanto tosca en relación al grado de sofisticación que alcanzará el director, pero también, como él mismo decía, muy pura, muy espontánea. Poseída por una feliz sensación de novela popular donde todo vale, donde la única regla es que lo próximo que se te ocurra sea más chocante, sorprendente y emocionante que lo anterior.*
Anuncios

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. John Space dice:

    Tengo que echarle un vistazo a su Sabotage, aprovechando que hace poco releí la excelentísima novela en que se basa; aunque, ¿recomienda usted el Secret Agent de Christopher Hampton? Sale Bob Hoskins, pero dicen que no está entre lo mejor de su filmografía.

    1. No, es soporífera. El sempiterno buen hacer de los actores y la no menos sempiterna corrección anodina de este cine de calidad.

      1. John Space dice:

        Pena. Aunque tampoco era material fácil de adaptar; tal vez por eso el Hitch, que ya acabo de ver, prescinde de los elementos críticos, aunque es un film sólido y con buen simbolismo (los animales, sobre todo los pájaros).

      2. Bueno, hombre. Si tiene interés en verla, véala. Yo no se lo prohibo!

    1. Ostras, tengo yo la novela muy, muy lejana pero me parece cogido con pinzas…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s