El crepúsculo de los legendarios: Hara-Kiri, la versión Miike en Ultramundo.

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(…) Harakiri ofrecía en 1962 una mirada revulsiva al pasado y al presente del Japón a través de su mitología más intensamente admirada, los samuráis, para concluir que aquella mitología del pasado que se adoraba e intentaba recrear desde el presente solo había servido para mantener un sistema injusto, monstruoso y brutal. En plena reconstrucción del orgullo nacional, tras la secuelas de la 2ª GM y la ocupación USA, Kobayashi aparecía como una fuerza desmitificadora de los superficial, pero que, en lo profundo de su discurso, reivindicaba una ética y un honor alejados de lo folklórico. Algo excepcionalmente representado en el original y en su remake en el momento en el cual el protagonista derriba la armadura que encarna al clan que permitió la muerte de su hijastro, demostrando que tras el alarde y los ceremoniales no hay más que una carcasa vacía que no significa nada.

No es de extrañar que, en el mismo sentido Hara-kiri suponga una confrontación entre el samurái como guerrero y el samurái como casta, apareciendo esto mejor expresado en el film de 1962, el cual dedica mayor cantidad de metraje a desarrollar la estancia de Hanshirô Tsugumo en las dependencias del clan Iyi, prefiriendo Miike centrarse en su visión tremendista del melodrama durante un largo flashback centrado en pormenorizar la caída en la miseria y la vergüenza de Motome y su familia.

Miike fusiona reflexión y acción en la batalla final entre Hanshirô Tsugumo, armado con la espada de bambú de Motome, y los hombres del clan Iyi. Exponiendo mediante la violencia la diferencia esencial entre el samurái verdadero y el samurái como reliquia -en coherencia con esto el único hombre del clan provisto de dignidad es Kageyu (excelente Koji Yakusho, protagonista de 13 asesinos), el único que sabe lo que es la guerra y el combate-.

Hanshirô incluso con su espada de bambú sigue siendo, igual que el patetismo grotesco del seppuku cometido con su arma de madera por Motome guarda más verdad que el ceremonial recreado que los hombre de Iyi montan a su alrededor. Llevar su tragedia hasta al final ennoblece a Motome en el mismo grado que la perpetuación superficial de la leyenda de los samuráis avergüenza al clan Iyi.

¿Qué sois vosotros? ¿Qué creéis representar? Esto parece preguntar Hanshirô, sentado en mitad de su ritual de muerte a los hombres con espadas de acero que lo rodean. Y aquí, pese a la notable interpretación que del personaje ofrece el actor de Kabuki Ebizô Ichikawa, sus prestaciones palidecen frente a la energía incontrolable de Tatsuya Nakadai en la versión del 62: un león entre corderos, un hombre entre niños disfrazados. (…) continuar


(…) Al igual que Harakiri presentaba en 1962 una penetrante lectura sobre el presente de un Japón en conflicto con su tradición, la versión 2011 no se conforma, imposible en un tipo tan inquieto como su responsable, con el ejercicio caligráfico y permite ser también leída como un comentario del ahora. Tanto por su manera de presentar a la sociedad feudal como una maquinaria empresarial en reconversión que lamina a la mano de obra que la situó en la cúspide, como, y quizás sobreiterpretando un poco en esta caso, a modo de ácida respuesta a la fascinación por la reacción japonesa al desastre de la central nuclear de Fukushima; ante la cual el público, en especial el occidental, se rindió elogiando la capacidad para el sufrimiento, el sacrificio y el estoicismo que volvió a resucitar la mitología de los samurái en el imaginario popular obviando su contornos más tenebrosos.* leer completa

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