Ninfa inconstante: oscuro adiós a Sylvia Kristel

Publicado originalmente en NEVILLE: silvia-kristel-la-cierva-cazada

Se ha muerto Emmanuelle; perdón, se ha muerto Sylvia Kristel, que viene a ser lo mismo Hizo más películas, es verdad, todas igual de malas pero ninguna capaz de superar su propia inanidad para convertirse en mito, en fenómeno sociológico. Sylvia Kristel es Emmanuelle y al final  la cierva ha sido cazada por sus propios fantasmas. Tenía un algo de animal perfecto y hermoso, también tenía un algo de ninfa efímera que se transformó en icono al ser capturada por una cámara obscena. Su inexpresividad era un enigma que cada cual resolvía  a conveniencia.

Emmanuelle fue una amante mutante reencarnada una y otra vez, una suerte de ideal de femineidad manipulable y dispuesta, imaginada por hombres para vendérsela a todos. Un espejismo y un engaño. Y la parte indispensable del trampantojo era Emmanuelle, era Sylvia Kristel.

Curiosamente el personaje ya había sido adaptado al cine sin ninguna trascendencia en 1969 como Io, Emmanuelle por Cesare Canevari con Erika Blanc, un animal de diferente pelaje, ocupándose del papel principal. Entonces ¿qué fue lo que transmutó en arrasador el mismo material solo cinco años después? ¿Cuál fue el resorte que se pulsó esta vez?  Fue la oportunidad y fue el lugar. Emmanuelle’74 le dio al mundo lo que el mundo quería en el momento justo en el cual lo pedía. Abrió  una espita que, en no pocos aspectos, ya estaba siendo forzada.

Just Jaeckin, un avispado fotógrafo de modas francés, oyó el rumor tras las puertas, notó el cosquilleo entre las piernas y decidió que aquella novela escrita en 1959 por Marayat Rollet-Andriane bajo el pseudónimo de Emmanuelle Arsan y de contenido, supuestamente, autobiográfico, bien se merecía otra oportunidad.

La película se planteó y desarrolló como un producto publicitario: existía una demanda latente y había que satisfacerla usando los medios más elegantes posibles. Se trataba de vender un perfume muy barato en un frasco muy caro y se trataba de despornografizar la pornografía.

Emmanuelle vendía follar en un paquete serigrafiado con el logo “hacer el amor” a un público potencial que buscaba emociones respetables en mitad de los locos setenta. El triunfo fue el de la satisfacción no culpable, una porción aceptable, ligeramente escandalosa para esa vecina mojigata, de lujuria; un poco de transgresión para el sábado noche, la versión comercializada e inofensiva de una revolución sexual más fantaseada que real. Los burgueses se tocan.

El invento consistió básicamente en dar una pátina de respetabilidad al blandiporno, por la vía de la estética publicitario/arty, de esteticismo lánguido con coartada literaria que daba un plus de respetabilidad. Un subterfugio que el (pronto) género repetiría insistentemente para atraer a las salas a un público, en principio, refractario a la escabrosidad del cine erótico (avergonzadamente pornográfico) y de igual modo sacarlo del circuito bis para colocarlo en cines de estreno, redondeando así una operación comercial ejemplar.

Así, y aquí, nació y se conformó un verdadero nuevo sub-género dentro de la siempre oportunista industria europea de la época. Un erotic-chic que se hizo moda porque había nacido de los mecanismos del negocio de la publicidad. Emmannuelle era el epítome de un cine que había que ver con naturalidad para no pasar por remilgado o para no quedarse fuera del momento. Un fenómeno, en su origen genuinamente europeo, que guarda no pocas similitudes con el estallido socio-cultural que supuso el estreno de Garganta profunda en los cines comerciales de los Estados Unidos en 1972. Uno de esos golpes en la puerta y cosquilleos en el bajo vientre que Jaeckin notó.

El resultado fue un éxito a niveles de fenómeno planetario que no solo convirtió a la película y a su personaje protagonista en mito popular sino que desató todo una oleada de imitaciones y secuelas, hasta fechas bien recientes con serie televisiva incluida y pasando Emmanuelle de actriz en actriz, destacando esa gloria trash que fue Laura Gemser, legendaria Emmannuelle Negra y que en el original del 74 aparecía como solícita masajista durante una sesión tailandesa que, francamente, cumple su cometido.

La película en si vale más bien poco, un bodrio envuelto en celofán solo revisitable y digno de valoración desde un punto de vista histórico y como pieza de incalculable valor sociológico. Estéticamente es un dechado de horterez endomingada y eróticamente no pasa de la fantasía masculina de sumisión y disposición permanente, una sesión de educación amatoria de manos de hombres maduros experimentados y bellas mujeres listas para la experimentación sáfica y de todo tipo. Lánguidas e inexpresivas pero insultantemente hermosas, auténticas muñecas de suspiro fácil y párpado extasiado.  Paradójicamente y al igual que la gran mayoría de sus sucesoras en el filón, se vendió como cine erótico en femenino, que reivindicaba una suerte de decisión sexual libre para la mujer, con Emmanuelle como faro y guía de comportamiento.

Queda algún momento afortunado, la instauración instantánea de un corsé narrativo y estético listo para su explotación seriada, desfachatez  industrial por toneladas y queda, claro, la imagen icónica, compuesta a su vez de distintos momentos capturados que se yuxtaponen en una imagen universal, de esa irresistible Emmanuelle limpia tras la depravación, una Sylvia Kristel que hipnotizaba igual que mirar un incendio.*

 

Anuncios