(2013) Junio / 12

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El cisne negro, Henry King, 1942, USA

Clásico del swashbukcler al unísono modélico y crepuscular al ambientarse al final del dominio español del Caribe, con los piratas aceptando ya perdones y puestos en el organigrama colonizador/comercial de la Corona. La introducción del color, sensual y denso, supone por si mismo una ruptura con el género anterior, pero además su protagonista no es el infiltrado o el caído en desgracia de rigor, sino un pirata genuino enfrentando al fin de su época. Romántica y oscura, brilla más en la intriga que en la acción y sus personajes son todos ellos memorables, en especial los que componen el grana Laird Cregar y el archigenial George Sanders.

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El pirata Barbanegra, Raoul Walsh, 1952, USA

Fantasía piratesca sobre la figura legendaria de Edward Teach, Barbanegra, quien encarnado por Robert Newton adquiere rasgos  de cartoon expansivo y cruel. Truculenta hasta decir basta está llena de intrigas sibilinas y puñaladas traperas, disfraces, dobles y malos-pero-buenos y la preside más un tono general de humorada grotesca que de aventuras al gusto clásico. Todo lo cual la convierte en una rareza dentro del género.

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El halcón del mar, Michael Curtiz, 1940

Perífrasis de la Europa a las puertas de la 2ª Guerra Mundial con formato de aventuras marinas, lo cual permite leer el film como la más singular aportación a la filmografía del “esfuerzo de guerra”. Por lo demás desborda la energía y el carisma de las producciones Curtiz/Flynn al tiempo que ejerce como recapitulación de las mismas y despedida de un modo de hacer. Se añora la presencia de Olivia de Havilland, aunque Flora Robson lo compensa con una antológica Reina Isabel.

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Crack-Up, Irving Reiss, 1946, USA

Un conservador de un museo neoyorkino, veterano de Guerra, comienza a sospechar de un complot para robar obras de arte y sustituirlas por copias; lo que ocurre es que su propia estabilidad mental está en entredicho. Película b de notable originalidad en el tema pero profundamente enraizado en el esplendor noir de la posguerra, con la alienación y progresiva paranoia de los traumas de guerra como poderos subtexto. Soberbia secuencia de apertura, hitchcockiano desarrollo y estupendo reparto de característicos.

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El trío fantástico, Jack Conway, 1930

Remake del protonoir homónimo dirigido en 1925 por Tod Browning dentro de ese particular ciclo sobre las patologías de lo grotesco que supone su filmografía junto al actor Lon Chaney. Este nueva versión, de notable fidelidad, supone la única película sonora del intérprete, fallecido muy poco después de su estreno, y en ella interpreta a un ventrílocuo que forma una banda criminal junto a otros fenómenos de feria, enmascarándose todos tras un simulacro de normalidad humana, o más bien su propia interpretación de la misma: una ancianita y su familia que regentan una pajarería. Algo estática y con menos fuerza delirante que la original mantiene, así y todo, su abierta vulneración de cualquier realismo y un espíritu demente de melodrama pulp.

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Tokyo Godfathers, Satoshi Kon, 2003, Japón

Por lo común la película menos valorada de Kon por cuanto, en apariencia, se aparta de su línea temática acercándose a un cierto naturalismo/realismo. En realidad este aspecto, sórdido y crudo en ocasiones, siempre lleno de ternura, se supedita a una lógica de fábula, navideña encima, sobre la odisea de tres desclasados empeñados en devolver a un bebe a su madre que van dando tumbos entre una madeja de azares, encuentros y pequeños milagros. Anticipa distintos aspectos de la crítica del presente luego explorados en Paranoia Agent y su ritmo puede resultar demasiado trepidante.

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Ucho (La oreja), Karel Kachyna, 1970, Checoslovaquia

Prohibida automáticamente una de las últimas muestra de la  breve vida de la Nueva Ola checa que supone un estudio, claustrofóbico, asfixiante, tragicómico, de la paranoia dentro de una estado totalitario. Narrada en dos tiempos/espacios, con soluciones visuales distintivas, sigue la progresiva degradación de un matrimonio cuando él marido, ayudante de un ministro borrado del continuo, comience a pensar que puede sucederle lo mismo.

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El incinerador de cadáveres, Juraj Herz, 1968, Checoslovaquia

Una de las obras maestras del periodo de la Nová Vlna filmado por uno de sus cineastas satélite, pronto reciclado en uno de los grandes del cine fantachecho. En realidad esta crónica metafísico-grotesca de la ascensión del Gran Mal en la persona de un viscoso funcionario de pompas fúnebres ya anuncia la pulsión fantastique de Herz, aunque aquí enfocada hacia lo terrible, lo monstruoso y lo degenerado. Fascina en su agobiante construcción plástica y su narrativa casi de flujo de pensamiento y aterra en su realismo alucinado y su humor tortuoso/lúcido sobre las derivas de la Historia.

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Los diablos de la oscuridad, Lance Comfort, 1965, Gran Bretaña

Curioso ejemplo de la producción fantaterrorífica británica durante la fértil década de los 60, que reincide en la presentación de la siempre correcta sociedad inglesa como terreno abonado – o coartada perfecta- para la existencia de un universo paralelo de ocultismo, nigromancia, vampirismo y satanismo (ahí es nada): un conglomerado de pasiones y vicio que late bajo el aburrimiento de clase. El ya veterano Lance Comfort dirige con buen gusto y apuntes de suntuosa elegancia malsana en la puesta en escena y el interesante tratamiento del color (el contraste entre verde, rojo y blanco) que puntea y otorga cierta atmósfera a otra historia de normalidad corrompida. Por lo demás tarda en arrancar, tienta el ridículo en algunas ocasiones, se cierra de manera harto precipitada y anticlimática y está mediocremente interpretada, a excepción de la pareja de villanos a los que interpretan la carnal Carole Gray y el atildado actor francés Hubert Noël, dotado de una expresión simultáneamente suave y despiadada perfecta para el personaje. Con todo se ve con gusto y guarda un puñado de imágenes poderosas: un cuadro que sangra al ser cortado, un travelling lateral sobre el cuerpo tendido, sobre terciopelo verde y cubierto solo de una sábana blanca, de la pelirroja Tracy Reed posando, o un crucifijo enjoyado que, caído accidentalmente, deja la marca de una quemadura sobre la espalda de la misma modelo.

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Noticias de una violación en primera página, Marco Bellochio, 1972, Italia

Perfecto ejemplo del cine político de la convulsa Italia de los años de plomo y la “estrategia de la tensión” de la mano de un Marco Bellochio que destripa minuciosamente el funcionamiento de una prensa corrupta en proceso de putrefacción moral, fijándose en los entresijos de la manipulación realizados, no desde la grosería ideológica que se desactiva a si misma al caer prácticamente en la parodia, sino de la sutileza de una carcoma cerebral vestida de orden intachable. Así el asesinato y violación de una joven será instrumentalizada mediante la fabricación de un culpable “ad hoc”, transformando lo circunstancial y plausible en verdad inquebrantable y perfecta. Mediante una estética que se acoge a un estilo verista (con un cierto abuso del material de archivo), que se pretende urgente y fiero pero termina por resultar plano, casi televisivo. Pese a que la dirección ofrezca poco en cuanto a puesta en escena y planificación –la aparición de Volontè directamente desde la oscuridad en el tramo final, la cruda conversación con su esposa, la transición que muestra en crimen real y la estupenda panorámica que sigue el intento de huida de la muchacha- la escritura lo compensa, esquivando en lo posible la tentación del didactismo y premiando la  ambiguedad. En ese sentido resulta paradigmático el protagonista que compone con su intensidad habitual el gran Gian Maria Volontè, un personaje tortuoso y siniestro, extrañamente lúcido. Lástima que a Bellochio no le alcance el talento porque entre manos tenía la posibilidad de realizar su El estrangulador de Boston: un fresco de un momento, de una sociedad, a través de sus crímenes. Los físicos y los éticos.

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The Arena (aka Naked Warriors), Steve Carver, 1974, USA

Prolongación de las hazañas de la pareja Pam Grier/Margaret Markov tras Black Mama, White Mama y un engendro razonablemente simpático y locatis dentro de sus perroneros presupuestos, que divierte en sus dos primeros tercios (incluso deja una hermosa imagen: la preparación para morir de la esposa del entrenador de los gladiadores. Un momento extrañamente lírico en medio de la caradura) pero aburre soberanamente en un penoso desenlace, donde pesa demasiado el regusto entre televisivo y cutrón de la dirección de Steve Carver (¿con ayuda de Aristide Massaccesi, aka Joe D’Amato, más allá de la fotografía o suponemos de alguna doble versión sicalíptica?); firmante de la despendolada Una mamá sin freno también en 1974, con Angie Dickinson prolongando las hazañas familiares/criminales de la antológica “Mamá Sangrienta” (1970) de Roger Corman pero con mucho más folleteo. A fin de cuentas una variación sobre la temática ya (casi) agotada del WIP, substituyendo las cárceles más o menos exóticas e indispensablemente sórdidas por el intento de resurrección tardía del peplum (está coproducida por Italia, lo que hace fácil intuir el reciclaje de añejo vestuario y decorados) con la aparición por sorpresa del indispensable Mimmo Palmara y todo. Permitiendo este contexto “romano” el robar sin prejuicios momentos de la primera mitad del Espartaco kubrickiano, aderezado con sus buenas raciones de carne y erotismo gordo, para una historia (o así) de idealismo y revolución en plena decadencia (sic.) imperial y lucir la siempre bienvenida presencia carismática y subyugante de la gran Rosalba Neri, en esta ocasión como malvada jefa de las esclavas.

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Un comisar acuza, Sergiu Nicolaescu, 1973, Rumania

Partiendo de una premisa histórica, la matanza de la cárcel de Jilava durante el periodo de gobierno de Antonescu cohabitando con los legionarios fascistas de Horia Sima. El resultado es una cinta malucha pero sorprendente, floja y tediosa en la primera mitad, durante la que camina por las sendas del thriller político con toques de espionaje añejo, entre lo retro y lo pobretón, pero bastante divertida en un tercio final desmelenadísimo, donde muestra desembozadamente su naturaleza de tebeo de acción, hay que ver como Nicolaescu (que era un pincel) salta, corre, tirotea y hace acrobacias sin despeinarse ni perder el sombrero, disparando desde la cadera con gesto monolítico y posando en el encuadre como si lo hubieran dibujado. Una mezcla, que funciona de aquella manera, de los filmes de propaganda americanos de los 40 y sus héroes impolutos y sus malos malísimos, en maniqueo blanco y negro, con algo de bolsilibro a lo Jerry Cotton, diálogos de cliché lapidario y prestamos estéticos del cine italiano coetáneo todo envuelto en una música, incongruente pero adictiva, que parece escapada de algún poliziesco made in Riz Ortolani, además de presidido por una ingenuidad en el retrato de los heroicos comunistas que, vista desde la Rumania de Ceaucescu, solo puede contener ironía cruel. El personaje del duro Moldovan regresará en posteriores entregas, certificando el carácter pulp del invento.

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