Chicos pálidos para la máquina: Sin novedad en el frente

 

Publicada original e íntegramente en Ultramundo

1930 All quiet on the western front - Sin novedad en el frente (ing) (hs) (ed 34) 01

* Hay una secuencia en “Sin novedad en el frente” que sintetiza al completo, con claridad y crudeza, el mensaje de toda la obra; porque, entre otras cosas, esta es una obra de mensaje (y con mensaje). Uno todo lo ingenuo que se quiera, pero plenamente humanista y por ello mismo, por ingenuo y humanista, indestructible en su pureza.

En esa secuencia el protagonista, interpretado de forma magnífica por el hoy olvidado actor de los 30 Lew Ayres pasa por delante de la escuela en la cual estudio. Desde la ventana ve como su antiguo profesor continúa con propagando las mismas soflamas  patrióticas con las cuales él y muchos de su compañeros decidieron alistarse tiempo atrás. Paul entra en la case, con una gravedad en el rostro que le hace parecer diez años más viejo de lo que debiera. Su profesor, entusiasmado, lo empuja delante de la clase loando su entrega y su heroísmo, su ejemplaridad, y lo exhorta narrar alguna acción épica. Paul, avergonzado responde lacónicamente que no hay nada que contar, que todo se reduce a estar allí afuera en las trincheras, tratar que no te maten y a veces no lograrlo. Que eso es todo. Los muchachos de la clase refunfuñan y el viejo maestro replica que hay mucho más que eso. Entonces Paul explota y le escupe a la cara la verdad de morir por tu país, la verdad del barro, la sangre y la mierda. Le llaman cobarde entonces, y él replica que eso es muy fácil de decir, igual que es muy fácil mandar muchachos al frente o contarles All-Quiet-on-the-Western-Front-1historias de honor pero que de eso no hay nada, que todo se reduce a morir o matar y a que nada más te importe.

En un momento de “La chaqueta metálica” (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1986) Bufón y Rompetechos, que ejercen de reporteros, son trasportados en un helicóptero que vuela raseando los arrozales mientras el soldado a la ametralladora tumba búfalos de agua y dispara contra todo lo que se mueve. Rompetechos está al borde del vómito. “- He matado de todo, incluso mujeres y niños”, dice el soldado. “-¿Y cómo puedes hacer eso?”, pregunta Bufón: “- Es fácil, solo tienes que apuntar más bajo. ¡Qué puta es la guerra, verdad!”

Con una distancia de cincuenta y seis años y separadas por las obvias diferencias de época/representación/estándares “Sin novedad en el frente” y “La chaqueta metálica” vienen a decir lo mismo, el discurso del asco, la dehumanización y la brutalidad cubre un coherente arco entre las dos guerras que enmarcan el Siglo XX: la Primera Guerra Mundial como aquella que democratizó la muerte, la última guerra del antiguo régimen y la primera de la era moderna, y Vietnam como destilación de la locura, una contienda situada en un limbo de horror, un estado paralelo de la mente donde nada tenía el valor que culturalmente le habíamos dado como seres civilizados; la última guerra de los tiempos modernos y la primera de la nueva barbarie.

w964El barro de las trincheras de Europa y la selva del sudeste asiático fueron tumbas naturales de hombres-niños consumidos en masa, alineados para la picadora de carne mientras cantan la sintonía del Club de Mickey Mouse.

Las dos se basan además en sendas novelas de dos excombatientes. La una escrita por Erich Maria Remarque en 1929 conserva el humanismo, la calidez y hasta la ternura de principios de siglo, aunque en realidad todo su discurso se basa en la disolución del idealismo al contacto con la realidad fétida de las trincheras. La otra, publicada por Gustav Hasford en 1979  bajo el título “The Short-Timers” ya está disuelta previamente; es la única novela bélica posible después de El Gran Mal y en ella solo hay nihilismo y pulsión de muerte, y como en la de Remarque, inocencia masacrada.

En un momento de la película Paul se ve atrapado en un agujero de mortero en mitad de la tierra de nadie; sobre él cruzan los soldados franceses. De pronto uno se da la vuelta y salta sobre el muchacho que lo apuñala tapándole la boca. Pero cuando quiere huir se da cuenta de que está cercado por el cruce de munición de una a otra trinchera y no tiene más remedio que quedarse en aquel agujero en mitad del mundo, un abismo físico y metafísico,  junto a un hombre agonizante por su propia mano. Paul reconoce entonces al otro, identifica al enemigo como a un ente individual, le pone rostro a la abstracción de “el enemigo” y como decía William Munny en “Sin perdón” (Unforgiven, Clint Eastwood, 1992) entiende la verdadera naturaleza de matar, lo que significa “quitarle a un hombre todo lo que tiene, y lo que podría haber tenido”. LEER COMPLETA

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