La tienda de los horrores: ¿Variaciones cormanianas sobre el Jerryverso?

Publica originalmente en Ultramundo

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Antes del low-cost, antes del #Littlesecretfilm, antes que tú y que yo… ya estaba Roger Corman. Como productor era el que veía la hierba crecer, como creador una dinamo inagotable, como cineasta un maestro todavía por revalorizar. “La tienda de los horrores” no es una de su mejores películas, la mayoría todavía estaban por llegar, bien es cierto, y lo hicieron gracias a una mayor holgura de medios (siempre relativa) y la apoteósica aparición del color en su cine, pero así y todo tiene algo: magia inconsciente, quizás.

Lo cierto es que la mayor parte de su prestigio deriva de elementos que están fuera de la pantalla. Esto ha terminado por convertirla en uno de esos mini-mitos tan llenos de anécdotas que al final se pierde la perspectiva y ya nadie dice nada de la película en sí. “La tienda de los horrores” es más conocida por la exitosa versión musical, primero en teatro y luego en cine dirigida por Frank Oz en 1986. También por haber sido rodada en solo dos días aprovechando los decorados sobrantes de “Un cubo de sangre” (A Bucket of Blood, 1960) que estaban a punto de ser destruidos cuando Corman fue avisado. Ya decimos antes que veía crecer la hierba, así que con un puñado de actores (y otros no profesionales) todavía a mano y un guión escrito a la carrera por su fiel Charles Griffith decide aprovechar el momento y montar una comedia que continuaba la estela the-little-shop-of-horrorshorro-humorística de la antes mencionada.

El resto es un montón de leyenda y un puñado de realidad que pone de manifiesto tanto la fascinación cinéfila por las historias de las películas como el descaro y talento de Corman para facturar un cine del instante. El director acomoda la técnica y el lenguaje a las circunstancias y aquí, rodando con tres cámaras simultáneas, Corman aplica aspectos de los dramáticos televisivos de la época al acabado de su película, registrando la mayor parte del material en una sola toma.

Tosca en cuanto a su acabado (difícilmente podría haber salido de otra manera) la película en cambio ofrece una escritura de maliciosa inteligencia llena de humor judío obra de Griffith en grado de co-ideólogo y co-autor, construyendo una película abierta incluso a la parodia de distintos géneros con ejemplar laconismo y conectada por hilo directo (y en múltiples aspectos predecesor) al gusto al tiempo satírico y tierno de la ficción USA por lo macabro insertado en la cotidianeidad. Prorrogando con menor virulencia la ya mencionada “Un cubo de sangre”, ácida mirada al submundo artístico beatnick rodada y estrenada en 1950, “La tienda de los horrores” participa de idéntico sentido crítico-pero-amable de las tiras cómicas en papel de Charles Addams y de su futura adaptación televisiva The_Little_Shop_of_Horrors_flower_eating1en “La familia Addams”, así como de esa réplica entrañable que fueron “Los Monster”.

Con ellas comparte el acercamiento a las aspiraciones burguesas del ciudadano medio USA, pero identificándolas con unos personajes por completo outsiders, cuando no directamente freaks. A esto Corman y Griffiths incorporan la referencia a las historias tétricas con giro irónico de los cómics de la EC y una plástica y una narrativa influida por el dibujo animado y, de nuevo, las tiras cómicas. Así las trama principal es completada por constantes viñetas particulares protagonizadas por personajes recurrentes que, al final, roban la función; en especial el masoquista paciente del dentista interpretado por Jack Nicholson y el comeflores al que presta su peculiar físico el genial Dick Miller, actor inicialmente previsto para protagonizar al desdichado horticultor Seymour Krelboyne, que termina por dotar al conjunto de su espíritu de celebración de la excentricidad.

Más sofisticada de lo que pueda parecer, ofrece junto a esta riqueza nacida de la necesidad un acercamiento en versión macabra a la estructura/universo de Jerry Lewis del cual remeda con agudeza las constante “lewisianas”, incluso sus mecánicas/motivos menos obvios y presentando como en la obra del genial artista, solo o en compañía del director Frank Tashlin un retablo satírico con alma de cartoon que fusiona ternura y acidez.

La renuncia de Miller facilitó el protagonismo de Jonathan Haze, un actor mucho peor aunque de curioso parecido físico con Jerry Lewis pronuncia esta lectura lewisiana de la película, al igual que lo posibilita esa comentada estructura en viñetas sobre la cual Lewis experimentará hasta la abstracción. Pero el mayor paralelismo estriba en la manera en la cual Griffiths y Corman replican una de las clave internas del personaje Jerry Lewis: su obsesión por adaptarse a la realidad.little-shop-of-horrors-5

La necesidad de ese personaje-tipo que aquí es Seymour Krelboyne (hasta el nombre del antihéroe resulta típico de Lewis) desata todas sus desgracias por una incapacidad para aceptar su cualidad de desclasado, así el problema no es ser una inadaptado, sino querer convertirse en el más adaptado. La progresiva estilización del cine de Lewis es manejada en “La tienda de los horrores” en una clave distinta, acumulativa y absurda, donde un pequeño acto idiota conduce siempre a otro mucho mayor queriendo resolver el primero y convirtiéndolo todo en una desastrosa y gigantesca bola de nieve en caída vertical.

Esta absurdización del orden le permite a Corman, como se lo permite a Lewis, subvertir la realidad, adaptándola a ese caos creado y a su peculiar arquitectura interna donde incluso lo fantástico o lo terrorífico entran dentro de la nueva lógica. De aquí emana la sátira, la crítica de la realidad desde los bordes de una ficción en apariencia inofensiva.

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(LEER CON EXTRAS)

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