Enemigo interior: The Fallen Sparrow. Noir en guerra.

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The Fallen Sparrow, un poco conocido melonoir con toques de espionaje, supone una de las entradas más oscuras, pese a sus valores y reparto,  y a la vez pioneras, se desarrolla en mitad del conflicto, del ciclo negro de posguerra al cual anticipa. Adelantando a 1943 la gran eclosión del relato negro, de “lo noir” en tanto canon estilístico y estado espiritual. Una serie de películas que somatizaban , o más bien sublimaban, los traumas de los retornados, excombatientes dañados, piezas defectuosas que al regresar padecían un extrañamiento atroz, la sensación de disolución de la identidad en una realidad psicológica hostil -la imagen de Jonh Garfield mirando angustiado su reflejo en la ventanilla del tren que lo devuelve a Nueva York es el resumen de un tiempo- . Hombres desajustados de su entorno que eran los protagonistas perfectos para contar desde una óptica paranoica, tortuosa, los cambios de una sociedad y una nación.

La película  de Robert Wallace pertenece a este universo neurótico y líquido, donde todo es inseguro pero con la particularidad de estar rodada con la guerra en curso, haciendo contactar la amargura del noir posbélico con el cine propagandístico de mitad del conflicto. The Fallen Sparrow es, también, una película de esfuerzo bélico, un thriller agitprop antinazi que situándose en algún punto entre el criminal sofisticado y la intriga de salón guarda entre sus muchas sugerencias, virtudes y atipicidades un paralelismo conceptual y formal sorpresivo con otra pequeña joya contemporánea como The Seventh Victim (1943), una producción del gran Val Lewton dirigida por Mark Robson que presentaba una análoga realidad inhospita, dudosa, desde intriga paranoide aunque en su caso virada hacia el misterio siniestro. The Seventh Victim  sigue las pesquisas de una intrépida jovencita a la búsqueda de su desaparecida hermana mayor, captada por una secta satanista formada por miembros pintorescos de la alta sociedad neoyorquina; mientras, The Fallen Sparrow especula con que, estos mimos miembros oculten criminales nazis ocultos a plena vista.the-fallen-sparrow-john-garfield-espias-nazis-L-xLRznK

En el parentesco visual pesa la siempre excelsa labor con las sombras del grandísimo operador Nicholas Musuraca y el reciclado de algunos decorados,  y en el discurso, en el tono, esta adaptación inmediata de una exitosa novela de la escritora Dorothy B. Hughes (en España fue editada por Plaza & Janés en 1991 con el título de El gorrión caído) se asimila al film de Mark Robson en la manera de retratar, con una acidez enmascarada tras el aire de película sin más pretensiones que el entretenimiento ligero, a una clase social desocupada y snob, que disfruta de los peligros a la moda, del juego más novedoso y excitante del momento sin tener en cuenta la posibilidad del dolor e incluso de la muerte para otros. Por eso a su vuelta traumática desde la derrota y la tortura en la Guerra Civil española (por esta temática el film tuvo ciertos problemas aún siendo un proyecto por relacionar tan explícitamente a España con el Reich y por aquí, claro está, no fue estrenado) John «Kit» McKittrick (John Garfield) se convertirá en el centro de atención de una espiral de engaños, fiestas con smoking y bailes en clubes, mujeres misteriosas o solícitas, siniestros doctores en silla de ruedas y ridículos nobles desplazados del viejo mundo. Un Nueva York de espías nazis ocultos y refugiados de la guerra en Europa, un Nueva York que era una fiesta de la inconsciencia.

fallen_sparrow_xlg La ágil dirección de Richard Wallace, que venía del musical y la comedia, asistido aquí por un Robert Wise que se ocupó del montaje e incluso llegó a rodar algunas escenas, equilibra los distintos tonos de la cinta apoyándose en una notable elegancia visual y compositiva (los juegos con la profundidad de campo esquivando el cansino plano/contraplano o el vértigo de una cámara atenta), una puesta en escena que alcanza momentos de gran intensidad en esos obsesivos acercamientos al rostro crispado de un excelente John Garfield a un paso de su fugaz estrellato y un uso muy ingenioso del sonido como elemento dramático que ejerce, simultáneamente, de ambiguo elemento  paranoico y de clave para la resolución del misterio. En una escena espléndida el ruido de la cojera arrastrada de su torturador en España martillea el cerebro de «Kit» de tal manera que este abrirá todas las ventanas de su apartamento, pondrá el gramófono a todo volumen y comenzará a aporrear un piano completamente enajenado, sonriente y sudoroso. A esta manera de aturdirse para no pensar se añade el abuso de la bebida, un rasgo del personaje y de su drama que vistos hoy no pueden ser más que un cruel anticipo de una verdad que excedió el celuloide, porque John Garfield murió en 1952 con solo treinta y nueve años, alcoholizado y torturado. Apartado por, como su personaje aquí, no haber renunciado a unos ideales, a un símbolo, eso mismo es lo que buscan los sádicos espías de este film: no una fórmula, no unos planos, sino una bandera que significó una humillación. «Kit» McKittrick no quiere entregar una pedazo de tela que sus compañeros brigadistas conquistaron en una batalla que significo una pequeña victoria en un mar de derrota y Garfield no quiso delatar a nadie delante del infame Comité de actividades Anti Americanas durante el azote del macarthismo. Le costó la carrera y le costó la vida; eso significaba comprometerse en el Hollywood y la América de los 50.TFS-001

En cualquier caso no es este The Fallen Sparrow un título de tesis, ni una película discursiva, desde luego que no. Es un (otro) ejemplo de la praxis de la RKO; un cine de bajo presupuesto que no elude las temáticas potencialmente polémicas, ni una nada desdeñable capacidad de crítica interior mientras pone su parte en los esfuerzos propagandísticos, existentes aquí pero tamizados por un raro desencanto que todavía no ha rechazado el idealismo pese al demoledor golpe final que un último giro de la historia reserva para McKittrick y para el espectador, al revelar la verdadera naturaleza del personaje falsamente trágico que interpreta una distinguida y jovencísima Maureen O’Hara; una actriz cuyo porte noble es perfectamente utilizado para no levantar la menor sospecha, aunque en realidad sea perfectamente coherente con el fondo de fingimiento y manipulación que alimenta la historia, cerrada por Richard Wallace en una coda final tan amarga como insólita en un trabajo de estas características.•

k9

Publicada originalmente en Cinearchivo y ahora ampliada

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