(2013) Julio / 12

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Sin Frenos, David Koepp, 2012, USA

Película de acción, digamos analógica, ambientada en el mundillo de los repartidores en bicicleta cuya excusa argumental, personajes y razón misma de ser se someten a la simple narrativa física que intenta remitir por igual al espíritu económico de la serie b USA y a la nostalgia ochentera. Otra cosa es que lo consiga. Apreciable durante su primera mitad, donde el ritmo está tan logrado que impide cualquier distracción, pero decididamente infantiloide en el tercio final. Joseph Gordon-Levitt derrocha naturalidad y Michael Shanon sobreactaa más y más según la película se inclina hacia el tebeo.

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Las aventuras de Huckleberry Finn, Richard Thorpe, 1939, USA

Adaptación de la obra maestra de Mark Twain acomodada a la personalidad/carisma del Mickey Rooney de los 30. Simplifica a la fuerza, saca a Tom Sawyer de cuadro y dulcifica la sátira cruel del original aunque conserva cierto tono caricaturesco en la contemplación de la miseria humana y una autenticidad del Sur muy de agradecer. Relato picaresco al final de todo su mayor acierto es la de recuperar c y en muchos aspectos dignificar con respecto a las versiones anteriores  el personaje de Jim el negro, interpretado con emotiva humanidad por el excelente Rex Ingram.

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El misterioso castillo en los Cárpatos, Oldrich Lipsky, 1981, Checoslovaquia

Una adaptación más o menos fiel, pero lipskyzada a fondo, de una original de Julio Verne que desborda el personal sentido cinematográfico de su autor, lleno de inventiva, cariño por el material de origen y personalidad suficiente para rehacérselo a medida. Protagoniza por un extravagante cantante de ópera de viaje por los Cárpatos en compañía de su ayuda de cámara. La intención del periplo no es otra que la de  olvidar a su desaparecida amada, la soprano Salsa Verde pero, oh casualidad, está se encuentra retenida (o no) en el castillo local por un excéntrico noble que se sirve de un científico loco para mantener a distancia a los curiosos. Una completa locura: gozosa, hilarante, festiva, brugueriana… como un Mortadelo y Filemón en los Cárpatos pero con el doble de ingenio y multitud de inventos extravagantes diseñados y animados por Jan Svankmajer que, entre majarada y majarada, esconde una emotiva reflexión sobre el poder taumatúrgico del cine.

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Zabil jsem Einsteina, panove (Yo maté a Einstein, caballeros), Oldrich Lipsky, 1970, Checoslovaquia

En un futuro cercano (más o menos) la espantosa consecuencia de la radiación por el uso del poder atómico consiste en que…. a todas las mujeres les crece la barba. Científicos y gobernantes se unen para hallar una solución al problema, pero todo esfuerzo parece inútil hasta que el prestigioso profesor Moore encuentra la solución más sencilla: una máquina del tiempo. Con ella piensa trasladarse hasta 1911 y asesinar a Einstein antes de que éste descubra la teoría de la relatividad y así prevenir el peligro nuclear; pero una vez en el pasado, claro, la misión no va a ser tan sencilla como en un principio parecía. Comedia retrofuturista absurda, llena de elementos vodevilescos, gags recurrentes y anacronismos y dominio pro igual del chiste verbal y del visual (sendos elementos que hacen pensar en el humor de Rene Goscinny, por cierto). Magnífico diseños, con un estilo distinto para los dos tiempos: el futuro estilizado, de colores sin mezcla y futurismo tardo sesentas, y un pasado barroco, táctil y art nouveau.

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Tri veterani, Oldrich Lipsky, 1986, Checoslovaquia

Alejamiento relativo, ya que el humorismo absurdo/surreal siempre permanece, por parte de Lipsky de su territorio más cercano de la comedia excéntrica en beneficio del rico universo centroeuropeo de los cuentos de hadas y las fábulas. Rodada  a partir de uno de los relatos de libro Fimfárum, escrito en 1960 por Jan Werich cuenta las peripecias de tres veteranos de guerra sin posibles  que se ven envueltos en todo tipo de líos derivados de la posesión de unos objetos mágicos entregados por unos duendes. Pocas veces fue más notable la influencia de la obra de Lipsky sobre la de Terry Gilliam que aquí, con su diseño de producción cutre lux y su humor chocante unido a la imaginación desbordada y la ternura final. Ejemplarizante, a su manera, humanista y, en cierto modo, recapitulativa de una obra que aquí se terminaba.

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Bloody Territories, Yasuharu Hasebe, 1969, Japón

Historia farragosa de clanes enfrentados situada en el interín de la conversión del crimen organizado en asociaciones empresariales. Tocada por un desmayo de ritmo en la parte central solo sorteado por la poderosa impronta visual de su director, el Yasuharu Hasebe de los 60 y primeros 70, cuando era uno de los realizadores abanderados del cambio estilístico emprendido por la Nikkatsu y garantía de diversión, ritmo y estilo . Su violencia brutal dialoga con un sentido melodramático desaforado que desemboca en un tercio final, este sí, apoteósico que hace cumbre en el enfrentamiento final donde se aprovecha espléndidamente el decorado de un enorme edificio moderno en contraste directo con la violencia a cuchilladas, nocturna y callejera, que mezcla la sangre con el agua. Sin ser especialmente memorable ofrece la oportunidad de encontrar un género, el yakuza eiga, en su momento de cambio, debatiéndose entre romper los últimos lazos con el ninkyo eiga y su concepción romántica del fuera de la ley o lanzarse al abismo que a mordiscos estaba a punto de abrir jitsuroku eiga, películas basadas en la crónica negra con las que Kenji Fukasaku y la Toei cambiarían el género de arriba a abajo. En esta encrucijada histórica, especular a su desarrollo dramático, radica lo más interesante de una cinta sobre la que pesa demasiado la indefinición. Algo a lo que no es ajeno el carácter de vehículo para el cambio de imagen de un progresivamente endurecido Akira Kobayashi, aquí el último yakuza con código en un universo crepuscular.

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Gracias y favores, Bruce Beresford, 1982, USA

Americana mezcla de sequedad y ternura que supone casi el último buen título (al menos hasta la nada despreciable Paseando a Miss Daisy y después de ella, también) de Bruce Beresford, uno de los más interesantes directores de los 70 y primeros 80 asombrosa y rápidamente devaluado tras este exitoso (y hoy ya olvidado) trabajo; el primero tras su soberbia etapa australiana. Impone su estilo sobrio y un punto árido, basado en la fuerza de una puesta en escena la planificación precisa y el montaje seco, sobre cualquier posible tentación melodramática en esta historia de un acabado cantante borrachín que termina por rehacer su vida tras una monumental curda al conocer a la mujer y el muchacho que regentan la gasolinera y motel en el que se ha quedad tirado. Una historia de amor tan sincera como desnudada de folletín entre dos personajes necesitados que además usa con elegancia la belleza magullada del country, el único blues posible para los blancos como dijo Elvis Costello. Honky tonk héroes, que cantaba Waylong Jennings, como simbología vital y perfecta ambientación entre la sordidez y la honestidad que plantea, con inteligencia y modestia, una (otra) relectura de los códigos del western. Dramática, tierna, rugosa y profundamente americana en esa segunda oportunidad, en esa posibilidad de rechazar el pasado pese a que el pasado siempre vuelva a asomarse, siempre vuelva a revolver el polvo.

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El alucinante mundo de los Asbhy, Freddie Francis, 1963, GB

Tercero de los desquicia(ntes)dos thrillers psicopatológicos que la Hammer acometió al rebufo del éxito de la fundacional El sabor del miedo, todos ellos con guión de Jimmy Sangster, filmados en contrastado blanco y negro y  rebosantes de perversiones y maldades, giros y contragiros. Realizada con estilo por Freddie Francis (uno de los mejores directores de fotografía de todos los tiempos, además) según una plástica del exceso barroca y sofisticada puesta al servicio de una intriga repletita de pasiones/pulsiones dementes y/o violentas, en las que no falta ni el incesto ni la necrofilia, ni un Oliver Reed fuera de sí, es decir a sus anchas, como rentista mangante y dipsómano, violento delirante que solo parece relajarse tocando el órgano en unos enfermizos rituales. Siempre llamativa e ingeniosa, malsana y divertidísima decae un tanto cuando la intriga necesita explicarse en su parte final, pero la escalada de sorpresas y excesos seduce sin remedio.

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Flic Story, Jacques Deray, 1975, Francia

Robusto policiaco repleto de acción y nervio pero así y todo buena muestra de la manera de hacer francesa, siempre un tanto gélida y distanciada, lacónica y carismática casi por defecto. Deray, uno de esos obreros del polar que dan contenido al estilo sigue la onda retro de la época y pone su firmeza al servicio de los divos protagonistas, que aquí se intercambian sus papeles/arquetipos: Delon el recto poli insobornable y Trintignant (en una interpretación memorable realizada con un estilo impenetrable y gustosamente sádico) el duro gánster. La película se reduce al canon de la “caza del hombre”, un enfrentamiento en la cumbre entre dos profesionales dispuestos a cumplir su cometido, parangonados/identificados con inteligencia durante todo el desarrollo. Bien ambientado, acertadamente trepidante y competentemente narrado; esto es, una buena película.

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Los piratas del Diablo, Don Sharp, 1964, GB

Como no todo era terror en la casa del terror Don Sharp, pronto uno de los realizadores habituales de la segunda división de la productora y muy inclinado hacia el relato pulp, firma esta entrega perteneciente a la vertiente aventurera, sub-categoría piratas y última de una serie que incluye títulos tan agradables como Pirates of blood river, La bahía de los contrabandistas”, ambos de John Gilling o la muy curiosa Captain Clegg de Peter Graham Scott, de la imprescindible Hammer. El resultado, con lo piratesco a modo de excusa, es más un film de hazañas bélicas disfrazado de swashbuckler en tierra, con fuerza de ocupación, heróica resistencia, sacrificios y sabotajes. El gran Christopher Lee se hace cargo del rol de capitán español torvo, cruel y sádico como debe ser enfrentado a un pequeño pueblecito ingles que ignora que su país no perdió la guerra. Ingenuidad y gallardía, maldad y traiciones a ritmo vertiginoso con un empaquetado deliciosamente demodé que rubrica una brillante banda sonora y la presencia de algunos secundarios habituales como Andrew Keir o un muy bronceado Michael Ripper, eterno posadero y aquí rijoso rufián.

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La Maffia, Leopoldo Torre Nilsson, 1972, Argentina

Fresco criminal del sub-mundo lumpen argentino, trasladando las maneras elegantes y violentas además de la puntillosa reconstrucción de época que por aquel entonces acometían el cine norteamericano e italiano. Por desgracia el resultado parece el recosido de dos o tres guiones diferentes que provocan una narración arrítmica y difusa, demasiado fragmentada y episódica. Se abre con una historia soberbia sobre un secuestro que sale mal (donde tiene un papelillo el patibulario Raúl Fraire), la continúa el posterior enfrentamiento entre el Don local y su vehemente mano derecha y por medio se desvía hacia el melodrama con enamoramiento peligroso de por medio. El asunto se desinfla en la parte central y acaba por derivar en el intento de atraco a un banco (por el procedimiento del butrón) por parte de la pareja protagonista, convertida en una suerte de Bonnie & Clyde argentos. Con todo un título a rescatar con rachas de verdadera garra, una gran descripción de ambientes y tipos que además contiene grandes interpretaciones, especialmente del intenso divo Alfredo Alcón, de José Slavin o del siempre grande Hector Alterio; horrible, en cambio, Thelma Biral, cargante y completamente fuera de la edad del personaje.

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Colossus, el proyecto prohibido, Joseph Sargent, 1970, USA

Ciencia-ficción pesimista y paranoia de la guerra fría para un film pequeño pero agudo y rematadamente entretenido. El aprovechable Joseph Sargent filma con un encomiable sentido del ritmo y la acumulación del suspense, clausurado con un remate ejemplarmente deprimente muy del gusto de los descreídos setenta, coloca el conjunto por encima de títulos con muchas mayores ambiciones/presupuestos pese a que su premisa -reutilizada sin muchos miramientos en Juegos de guerra– del hombre sometido a una máquina fuera de su control (un sub-género en sí mismo con cumbres como la extraña Engendro mecánico) resulte tan ingenua como siniestra. Los personajes apenas tienen espesor y arrastra algún resabio televisivo en su realización, aunque el director se esfuerza en darle un look gélido y estilizado, con guiños a la estética de las portadas de la literatura popular y un interesante empelo estético-dramático de las cámaras de vigilancia.

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