El mundo desconectado: La conversación

Publicado en Cinearchivo dentro del Especial Francis Ford Copola (parte I 1963-1983)

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Francis Ford Coppola siempre ha querido ser un autor europeo… y a la vez se ha soñado como el último de los tycoons, parafraseando la última película de Elia Kazan. De esa tensa dialéctica ha nacido tanto lo mejor de su cien como sus más descabelladas aventuras. Hubo una época, eso sí, donde esta doble naturaleza opuesta funcionaba con una armonía insólita; aquellos setenta del Nuevo Hollywood donde los directores reinaron para quemarlo todo de una vez por todas; ellos mismo incluidos.

Incrustada entre Padrinos, La conversación es todo aquello que Coppola se imaginaba haciendo cuando se pensaba a sí mismo como cineasta. Si las elefantiásicas obras mafioso-histórico-familiares empaparon su personalidad desde el exterior, si eran las producciones que el Hollywood de los 70 necesitaba para seguir siendo Hollywood,  entonces el noir abstracto, mental, de La Conversación exudaba desde el interior y era cine europeo rodado en USA; como A quemarropa (Point Blank, John Boorman, 1967), por ejemplo, como Zabriskie Point, película de dificultoso estreno en Estados Unidos que la generación de Coppola veneraba al igual que lo hacía con Blow-Up; un fetiche que recrear, que revisar, un artefacto de pop-art que admitía, por su misma naturaleza, la producción seriada, la variación.

large_the_conversation_blu-ray_4En 1981 Brian De Palma ruede su Blow-Up, explícitamente titulado Blow-Out ya habrá integrado la variación primera de Coppola, cambiando la imagen por el sonido y fagocitado un discurso metatextual similar sobre el cine como reproductor eterno de simulacros de vida. Pero la sensibilidad fetichista de De Palma es muy diferente a la de su compañero de generación, también su relación lúbrica, juguetona con el medio. Blow-Out es un ejercicio cálido, febril y pasional, que inicia en gran medida el noir de los 80 con su sensibilidad romántica y nocturna; La Conversación, por el contrario es gélida y angustiosa, fracturada y alienante, hija/reflejo de la década de los 70. Frente al romanticismo estilizado, la abstracción áspera.

La Conversación es, quizás, el ejemplo más depurado del thriller europeizante USA de los 70, una corriente estético-vital que hizo del estilo elusivo, el hermetismo, lo impresionista y la angustia vital de sus personajes protagonistas material de reflexión metafísica desde los rebordes del cine de género. La influencia europea va más allá de lo que podría estar presente en los Padrinos, fuertemente contaminados en su plástica por el cine italiano coetáneo, para filtrarse al núcleo digamos moral del relato. La Conversación depura todo aquello que está presente también en Klute (1971) de Alan J. Pakula, en El hombre clave (The Nickle Ride, 1974),  La noche se mueve (1975) de Arthur Penn que cuenta con la presencia de Gene Hackman o el Hustle (1975) de Robert Aldrich. Se podría establecer así una escuela formada por las hijas  de fusionar sensibilidad a la europea y clichés noir norteamericanos, extensible hasta  Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), la oscura (y canadiense) La desaparición (The Disappearance, Stuart Cooper, 1977) Fingers (James Toback, 1978), Driver (1978) donde Waklter Hill rima con él A quemarropa de John Boorman casi cerrando un círculo histórico-temporal que, pese a todo, acoge flecos como Ladrón (Michael Mann, 1980) y que, de modo intermitente, perdura hasta hoy mismo en ejercicios entre la nostalgia –el Steven Soderbergh de El halcón inglés (The Limey, 1999)- y la atemporalidad –la obra de James Gray-.

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El protagonista de La Conversación, Harry Caul, un especialista en escuchas, vive una realidad separada, aislado -simbólicamente tras gabardinas plastificada, cristales, ventanas, cabinas, gafas…- conectado únicamente por fragmentos sobre los cuales reconoce solo un interés técnico. Lo que se habla, los significados, y a quién pertenecen las voces, las historias, la humanidad, le son ajenos. Cuando Harry Caul se interese por una sola vez en una de sus conversaciones grabadas su universo de burbuja transparente se disolverá en la paranoia. Como en Zeder, extraño relato de muertos vivientes filmado en 1977 por Pupi Avati, los medios tecnológicos manipulan tanto la realidad como la psique del protagonista/investigador enfrentada a la angustia abisal del misterio.

Tal como ocurre con la imagen cinematográfica, ninguna conversación grabada en cinta magnetofónica resulta inocente. En el film, las repeticiones de una misma grabación que vuelve una y otra vez a voluntad del protagonista, tal como las imágenes mentales fluyen periódicamente desde el subconsciente evocando determinadas experiencias del pasado, provoca que las frases capturadas en el aire adquieran nuevos sentidos a medida que el cabezal del magnetófono las reproduce una y otra vez (…) Un simple cambio de énfasis altera totalmente la naturaleza de los personajes.” (1)

Harry Caul descubre que ni siquiera el soporte frío, tecnológico es fiable, que la humanidad con la cual pretende mantener una aséptica distancia lo contamina todo. Su realidad se contorsiona, fragmentándose en multitud de posibilidades de verdad alternativas, sin una solución falsa ni verdadera para el misterio, formulado en absoluto donde las víctimas pasan a ser culpables y viceversa con una nueva escucha de sus grabaciones. Nada es ya real, la comunicación se ha cortado y Harry Caul desciende a la locura, reconociendo que la verdad esquizoide del mundo está demasiado rota como para recomponerla, que todo es un puzzle al cual le faltan piezas.

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(1)   Esteve Riambau, Francis Ford Coppola, Ediciones Cátedra, 1997

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