(2013) Agosto / 11

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Bullet to the Head, Walter Hill, 2012, USA

Mala película de videoclub de los 80 rodada hoy que en teoría proponía una diléctica entre los universos autorales de Stallone y Walter Hill. El resultado, de guión, trama, interpretaciones, montaje y fotografía excedentarios, ni trasciende el vehículo narcisista del actor (grotesco encima) ni recupera a Hill más que como pálido, doloroso, anacronismo cuya huella apenas es perceptible en cierta voluntad crepuscular, una ética (embotada) de western, un sentido seco de la violencia (los enfrentamientos sin música) y algunos nocturnos urbanos muy de thriller estilizado ochentero. Todo ello, en realidad, un espejismo de estilo, de personalidad, que se corresponde más a la nostalgia del espectador deseoso de amplificar el detalle que a la realidad de una película patética.

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Alien Vs. Predator, Paul W.S. Anderson, 2004, USA

Ensalada de monstruos, honesta en su nadería de serie c que ofrece exactamente aquello que de forma tan pedestre promete, que marcó, en su momento, el punto más bajo de ambas franquicias –si es que convertirse en franquicia no es ya un punto bien bajo-. Modesta en todos sus aspectos, con puntuales aciertos de diseño y sorpresivo comedimiento en cuanto a casquería, incluso cierta elegancia puntual plantea un videojuego con coartada sci-fi que en conclusión se reduce a las caracterizaciones básicas de los Predators como cazadores honorables, los Alien como alimaña definitivas y los humanos –perdón, las humanas, como supervivientes absolutos. Vista hoy lo más llamativo es que la archicara Prometheus fusila sin miramientos secuencias, conceptos/escenarios y planteamiento/resolución.

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Lady Scarface, Frank Woodruff, 1941, USA

Microscópica producción encontrada en el fondo de algún cuarto de la RKO que no es exactamente ni un policial ni una screwball comedy, sino una inverosímil mezcla de ambos. Casi un tebeo, con ramalazos autoconscientes incluidos, donde se transgreden alegremente los géneros y que posee el encanto de las malas películas divertidas. La trama se centra en la persecución por parte de un duro (pero no tanto) policía y de una intrépida (pero enamoradiza) periodista a una implacable gangster, la Lady Scarface del título a la cual da maldad para dar y tomar la gran Judith “Rebeca” Anderson; para capturarla la pareja tendrá que seguir la pista de un sobre de dinero a recogerse en un hotel donde, era de esperar, comienzan las confusiones y las puertas que se abren y se cierra, un vodevil noir, vamos.

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El ejecutor, Sam Wanamaker, 1970, GB

Excedente que poco aporta al cine de espías y al thriller de acción tardosesentero a no ser sus trazas de melodrama romántico que no desperdicia el potencial encanallado de Joan Collins como perdición de los hombres. Deudora de A quemarropa (montaje asincrónico, narración no lineal, simbología, etc..) y dirigida por el discreto Wanamaker con apagada inspiración pero innegable oficio no aburre pese a lo lioso (algo unido al género por otra parte) de la trama y lo empalagoso de la estética. Bien interpretada por sus notables secundarios, con buenos momentos y en general disfrutable por los adictos y completistas de la época/género.

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Zodiac, David Fincher, 2007, USA

Anti-thriller obsesivo de una densidad inusitada en el cine comercial reciente que supone la obra cumbre de un Fincher que se sacude todos sus tics sobredirigidistas pero conservando  intacta la inventiva visual y sumando un pulso narrativo admirable para concretar una película elaboradísima (fotografía significativa, ambientación que huye del decorativismo, conjuntada interpretación, férreo guión,…), de un rigor ético/estético que desafía las expectativas del espectador. La primera hora, primorosa, de gran velocidad, glosa las primeras actuaciones de “Zodiac”, sus juegos con los medios y el trabajo policial y periodístico de los protagonistas con un ritmo imparable, en correspondencia con el entusiasmo de la novedad, las averiguaciones, la emoción de lo nuevo y desafiante… reflejando en cierto modo una época más alegre (algo que se nota en la progresivamente macilenta fotografía). En la segunda parte se encuentra lo más difícil e interesante de la obra ya que al llegar la investigación a un punto muerto la película y sus personajes, agotados psíquica y moralmente, enfermizamente obsesionados o derrotados, pierden su impulso entusiasta inicial. Fincher realiza una autentica exhibición de dominio del tempo narrativo, ralentizándolo hasta la exasperación, jugando con la dilatación y la elípsis (un largo fundido a negro que comprende cuatro años,…), forzando la paciencia del espectador, de modo que se sienta como los personajes, cansado y harto de un trabajo que solo lleva a callejones sin salida. Asume influencias de El estrangulador de Boston -en el análisis social que no desdeña ni la truculencia ni el humor, en la capacidad de penetración psicológica individual y colectiva y en el uso de los hallazgos formales con intención dramática- y de Todos los hombres del presidente -de un modo más superficial al tomar el aspecto de una crónica periodística-, de los films setenteros de paranoia conspiratoria en general e incluso de la densa narrativa psicogeográfica de Alan Moore. Fresco de una época y retrato de la sociedad americana a través de su mítología, cine de no-ficción, a la vez estilizado y minucioso hasta lo indecible. Un auténtico clásico americano.

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Rocketeer, Joe Johnston, 1991, USA

Inocua adaptación de la gran obra de Dave Stevens que intenta ser un pulp al gusto de los años 30/40 con los medios actuales. Fallida y equivocada al confundir ingenuidad con infantilismo y lo vertiginoso con lo atropellado, desprovista además del erotismo del original (homenaje al universo pin-up en la rotunda y curvilínea novia del protagonista con los rasgos de la mítica Bettie Page) solo hay que agradecerle que no juegue la carta del distanciamiento irónico y sus aciertos en cuanto a diseño. Por lo demás carece del encanto y la magia (la menospreciada The Phantom resulta mucho más gustosa y acertada en este sentido)de los seriales a los que pretende referirse, resulta plana visualmente y está interpretada con toral mediocridad,  a excepción de veterano Arkin y un memorable Timothy Dalton como divo del cine de aventuras que oculta un espía y saboteador nazi parodiando el arquetipo (físico y actoral y los rumores históricos también) de Errol Flynn.

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Los secretos de la Cosa Nostra, Terence Young, 1972, Italia-USA

Producido por el avezado Dino De Laurentis con el indisimulado objetivo de aprovechar el rebufo del éxito planetario de El Padrino y dirigido por el muy interesante Terence Young con su buen pulso y profesionalidad habituales supera este origen espurio ofreciendo un buen film gansteril sobre la figura y confesiones de Joe Valachi, el primer arrepentido de la Cosa Nostra.  Nada idealizada, seca y violenta, narra con claridad treinta años de historia de la mafia, sus luchas por el poder (la célebre Guerra de Castellamare) y la evolución en la organización interna de las familias neoyorkinas, bebiendo tanto de los clásicos americanos, de Roger Corman y de la enérgica serie-b, como de ese estilo tipicamente italiano de entender el cine de género. Buena recreación ambiental pese al bajo presupuesto e inolvidable banda sonora del gran Riz Ortolani. Además cuenta con un reparto óptico, del rocoso Bronson (Valachi) al del soberbio Lino Ventura (Vito Genovese) pasando por Joseph “Dr. NO” Wiseman (Salvatore Maranzano creador de la mafia moderna con las cinco familias y la organización militar de inspiración romana) y toda una contundente galería de característicos italianos dando autenticidad al asunto.

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El derecho a matar, Jacques Deray, 1980, Francia

Un jugador profesional de cartas es confundido con otra persona por una organización criminal que comenzará a perseguirlo con saña; con lo que no cuentan es con que este responderá defendiéndose con idéntica fiereza. Violento polar de esa etapa límite de los últimos 70/primeros 80 que bien merece revisión, pergeñado para lucimiento de Delon a partir de la novela estupenda novela del gran Jean-Patrick Manchette, Volver al redil, adaptada de tal modo que se conserve cierta fidelidad espiritual/argumental al tiempo que se le da mayor caché al protagonista, cambiando al gris ejecutivo del original por una profesión de mayor prestancia. Trepidante y emocionante en todo momento, al tiempo cruda y estilizada, muy bien dirigida por el enérgico Deray con su habitual estilo directo y contundente, gran reparto de secundarios, cierto humor negro muy manchettiano y unas gotas de crítica social rematadas con un final antológico, inesperado.

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La bestia debe morir, Paul Annet, 1974, GB

Una serie de personas se ven reunidas en una mansión por un cazador: uno de ellos es un licántropo. Producida por la añorada Amicus,  algo más que una Hammer del pobre que veló armas durante la época gloriosa del fantaterror británico, un cruce entre El malvado Zaroff y los Diez Negritos de Agatha Christie trasteando con la mitología del hombre-lobo a base de recursos pop (en un momento memorable la narración se interrumpe, apareciendo un reloj y la sugerencia de que el espectador adivine quién es el licántropo de entre los invitados) y un sentido del delirio sublime. Una película realmente simpática y desprejuiciada, abiertamente tebeística pero no por ello simplona que se apoya en un reparto glorioso, que se suma entusiasta a la diversión, pero no logra trascender una factura apagada, televisiva y setentona, para redondear lo ingenioso del invento.

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Últimos días de la víctima, Adolfo Aristarain, 1982, Argentina

Sobrio thriller existencial y metafísico perteneciente a la primera, y más interesante, parte de la carrera del usualmente sólido, aunque progresivamente palizas, Adolfo Aristarain conformando un tríptico criminal junto a La parte del león y la magistral Tiempo de revancha. En esta ocasión cuenta con tono minimalista la peripecia de un asesino a sueldo que acepta un trabajo en apariencia intranscendente que se volverá más extraño al mezclarse con un contrato anterior. Buena traslación del universo del hard-boiled al contexto de la Argentina de la época filtrada por la estilización y el laconismo melvilliano y apuntalada por unos diálogos brillantes pronunciados por excelentes actores, tanto los característicos habituales del Aristarain del periodo como del siempre rotundo Federico Luppi, que compone un killer gélido pero sentimental inolvidable. Repleto de homenajes cinéfilos y bien integradas  influencias de clásicos como A quemarropa, La ventana indiscreta o incluso la muy reivindicable Fríamente…sin motivos personales en sus esplendidos 15 minutos de apertura que narran con precisión uno de los trabajos del protagonista. Merece ser redescubierta y cuenta con un final borgiano de triple salto mortal.

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Historias peligrosas, Mike Hodges, 1972

Un título olvidado, con justicia, que puede resultar curioso pero es una gracieta pop estrictamente coyuntural que agita hard boiled paródico, comedia del absurdo y juguete metalingüistico en un combinado que resulta fastidioso y más pretencioso que simpático. La historia (o así) se centra (o así también) en el encargo para escribir la biografía de una vieja gloria del cine (Mickey Rooney autoparodiándose y caricaturizando a Cagney de paso) que recibe un escritorzuelo de novelas baratas y en las estrafalarias complicaciones que lo acompañan; todo dentro de un artefacto  que se comenta así mismo y hace referencias constantes al estilo de los bolsilibros. Guiños al genial Mister Arkadin de Welles, dobles de Bogart, chistes burdos, non-sense y estética setentona rematadamente hortera donde poco hay que salvar más allá de apariciones tan agradecidas como las de Al Lettiri, el extravagante Dennis Price o ese estupendo característico y presencia recurrente del thriller italiano que fue Lionel Stander (blacklisted por cierto), la imagen del atropellado en la arena que es puro dibujo animado, la obsesiva simetría en la puesta en escena. Lo única conclusión es que Michael Caine sale con bien del más descabellado encargo y que su carisma genuinamente cool soporta incluso unas gafas de cristales malva.

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