Violencia en movimiento: Encontré al diablo.

Publicada en Ultramundo

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*Lo impresionante de “Encontré al diablo” no está en los aspectos morales o la complejidad de su historia de venganza. Esta nos es más que la plasmación de la idea de Nietzche de que si miras demasiado al abismo este termina por devolverte la mirada. La epopeya cruenta del joven agente Lee Byung-hun por compensar la muerte, injusta, aleatoria, de su novia a manos del psicópata Choi Min-sik termina con una respuesta directa al título “encontré al diablo, y estaba dentro de mí”. Su discurso es, pese a su aparente aparatosidad y profundidad de una simplicidad aplastante; es el “-Tu y yo somos iguales” que todo villano de película le suelta la héroe en algún momento para hacerle dudar de la pureza de su misión prolongado, perdón, sostenido, durante dos horas y media dedicadas a decir que sí, que efectivamente son iguales si se los mira de cerca, si se los reduce a su mínimo común denominador.

Si se buscan thrillers morales densos, perturbadores o críticos mejor pensar en “Memories of murder” (Sarinui chueok, Bong Joon-ho, 2003) en “The Chaser” (Chugyeogja, 2008) o la cruda “The Yellow Sea” (Hwanghae, 2010), ambas dirigidas por el excelente Na Hong-jin. Lo que ofrece “Encontré al diablo” es la apariencia de un relato moral, una mirada al centro de la oscuridad del ser humano y del mundo que ha creado pero, en realidad, lo hace desde posiciones abiertamente amorales creando un espectáculo adictivo del mal mediante una estrategia estético-narrativa que fusiona lo real y lo fantasioso para constituirse en una experiencia de hiperrealidad; no importa, por tanto que la historia y los personajes sean sea esquemáticos, al contrario, este vaciado repercute en una feroz estilización, casi una abstracción que deriva la fuerza central de la película hacia el movimiento, hacia la pura, salvaje, energía cinética.

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Un superthiller «perpetuum mobile» que toma el hiperrealismo ambiental como marco para una estructura de fuga permanente, de agitación y movimiento, de persecución y contrapersecución que abole la estructura clásica y alterna el punto de vista para componerse en un encadenado de momentos cumbres, de clímax sobre clímax, de macrosecuencias dotada de una mecánica y una lógica interna que funcionan a la perfección por separado, exentas, pero solo alcanzan su pleno potencial al recibirlas como piezas, como engranajes perfectos, de una artefacto mayor cuyo armónico movimiento, una vez contemplado el conjunto, solo puede definirse como asombroso. Por ello Kim Ji-woon no tiene problemas en situar la resolución del supuesto misterio principal -¿atrapará el héroe a el villano?- en el primer tercio del metraje; el suspense no se agota con ese final, sino que recomienza en una escalada de nuevos comienzos y nuevos finales que exponencialmente muestran el recrudecimiento de las hostilidades entre dos i-saw-the-devilpersonajes-arquetipos.

“Encontré al diablo” es un triunfo del cine amoral, del espectáculo del sadismo, no de los personajes en pantalla –que también, el film anda sobrado de violencias, brutalidad y crudeza gráfica- sino del cineasta, del narrador, para con un espectador zarandeado sin clemencia arriba y abajo pro los dientes de sierra de una narrativa nueva, una historia río que incluye sus propios capítulos dentro. También lo es, y de qué manera, de la narrativa cinemática del cine de acción surcoreano de los 2000 del cual esta película puede tranquilamente considerarse como corolario. El thriller surcoreano ha terminado por hacerse con el hueco que el aficionado al cine de acción guardaba antes para el cine norteamericano, hipertrofiado, ridículo en su gran mayoría menos cuando reclama herencias del pasado o exhuma la serie b. Lo ha logrado gracias a un lenguaje distintivo, particular, kinestésico; es decir contado a través del cuerpo, otra vez del movimiento como signo, como unidad sintáctica con significado narrativo; algo derivado del cine de acción marcial y del heroic bloodshed hongkonés y que en la actualidad ha sido llevado al extremo por otras cinematografía como la indonesia o la tailandesa. (…)

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