¡Rápido, rápido, mata, mata!: El terror del hampa. La modernidad violenta de Scarface

Publicada originalmente en Ultramundo

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Josef Von Sternberg decía que “La ley del hampa”, su protonoir silente era un experimento de violencia y montaje, pura kinestesia, puro lenguaje de la imagen en movimiento. En “El terror del hampa” Howard Hawks eleva las conclusiones de ese experimento a la categoría de ley, simplificando la operación en un matemática implacable: Cine = Violencia/Tiempo.

Su Scarface formula el teorema de la violencia acelerada con la X como signo de puntuación básico. Una X por cuerpo, una X por lugar, una X como anuncio y como resto… la violencia simbolizada en un signo, una unidad del lenguaje que será, por ejemplo, reutilizada por Martin Scorsese para su Infiltrados.

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Pese a estar rodado en 1932, en proporción, pocas veces se han rodado thrillers más bárbaros, más depravados ni más hipervitaminados. Desaforada en todo su antihéroe definitivo es el epítome del “todo y todo ahora” de la época a caballo entre los 20 y los 30, el fin de crimen salvaje y el paso a las Organizaciones empresariales, al Crime Inc. en lugar de a los forajidos de la ametralladora Thompson. Tony Camonte lee “El mundo es tuyo”; y lo toma por cierto. Bull Weed en La ley del hampa leía “la ciudad es tuya”; entre 1927 y 1932 el avance, feroz, de la criminalidad había roto las barreras y había entrado en el delirio.

El film silente es una colisión de sensibilidades y valores; el realismo inmediato del guionista Ben Hecht, de sus personajes y marco, contra el romanticismo ácrata de su director, el europeo Von Sternberg. El documento y la ficción, la realidad y la sublimación de la realidad. En 1927 esta visión del submundo criminal y de sus vesánicas leyendas todavía era posible. Para 1932, la aberración era tal que había asesinado hasta el romanticismo. El mundo, literalmente, era suyo; y de manera explícita, grotesca y grosera.

En “El terror del hampa” no existe esa dialéctica porque Hecht y Hawks están en sintonía perfecta. Hecht lograba su aspiración, frustada en “La ley del hampa” de crear un film “sin poner en escena otra cosa que canallas. Así no tendría que escribir embustes”. Von Sternberg, en cambio, decía que “había procurado sosegar al público desarrollando los viejos y raídos temas del amor y del sacrificio. La bondad humana resplandecía bajo los rasgos de una asesino que daba de comer a un gatito”. Bull Weed era un gangster tierno, un bruto bueno. Tony Camonte se comería al gatito, o lo tiraría debajo de un coche; sus únicos sentimientos de ternura son también perversos y se sustancia en una debilidad por su hermana, interpretada por la turbia Ann Dvorak, en el límite de lo incestuoso; Weed era el último de los forajidos, la realeza americana; Camonte era, como rezaba el subtítulo del film “La vergüenza de la nación”; o su enfermedad, venérea, llena de pústulas listas para estallar y corroer la realidad con su fluidos ácidos.

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La cercanía a la realidad determina este enfoque salvaje. Mientras Bull Weed era un fantasía de los gangsters reales, todavía un ruido de fondo que fascinaba  a la sociedad bien, Tony Camonte apenas oculta sus trasuntos; es Al Capone, con su cara cortada y todo, es la realidad cotidiana, las fotos de Weegee, los cadáveres baleados y los coches empotrados en cristaleras de la edición de la tarde llevados al punto de ebullición de la literatura pulp y el periodismo amarillo; eso es lo que es “El terror del hampa, un reportaje pulp, urgente, frenético, apenas exagerado para dar un color más aberrante, más temerario, un auténtico compendio de maldad y perversidades: matarife sin tasa, amante incestuoso, celoso patológico, ambicioso hasta el delirio… rattle-rattle-rattle… su voz es una ráfaga de ametralladora moldeada en diálogos de pura agresión, mortales en sí mismos, escupidos entre los ojos; la interpretación no puede ser otra cosa que paroxismo y Paul Muni la traduce en convulsión, con su cuerpo tensado en mil movimientos microscópicos simultáneos y contrarios para llevar a Camonte al punto entre los real y lo demente; mitad villano de tebeo con su maldad manifestada hasta en el cuerpo, mitad caso patológico, loco querulante, sociópata total, agente del caos, Joker por anticipado.

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Muni es como un aportada viviente de Black Mask o como un villano escapado del Dick Tracy que Chester Gould había comenzado a publicar en 1931; pero a la vez su violencia es cortante, auténtica, la realidad de fuera de la sala llevada al borde del terror. Tony Camonte se escapaba en 1932 de los bordes de la película y contaminaba y era contaminado por la realidad; Al Capone no estaba entre rejas, estaba suelto en las pantallas de América.

La narración urgente, inmediata de Howard Hawks se engastaba en la velocidad de la misma realidad histórica, contaba hoy lo que había pasado ayer y su estilo trascendía esta realidad hacia la hiperrealidad: era más verdad que la verdad. Era la realidad editada y montada con virtuosismo, sin las partes aburridas, las que no dan escalofrío, solo maldad y vicio condesada en noventa minutos, solo historias de canallas. Canon del género gangsteril, pocas veces igualada, nunca superada. Obra maestra.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. John Space dice:

    Recién vista y disfrutada. Como el chocolate de verdad, es noir puro, alimenta y no engorda, y es digno de las más altas esferas (cinematográficas).

    La X, por cierto, también es un símbolo que indica “peligroso”, “tóxico”, “no entrar”; características de ese inframundo que este gorilesco ser gobierna hasta su caída (justa, pues a fin de cuentas el mundo es tuyo, ciudadano honrado).

    1. Oiga, pues una cojonuda interpretación de la legendaria X. Scorsese, le rinde tributo en Infiltrados, a todo esto.

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