América bajo vigilancia: Union Station. Un procedimental con B

Publicada en Cinearchivo

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Se puede hacer cine apologético sin más y se puede hacer cine apologético bien hecho. La escuela del policiaco documentalista que tomó fuerza en la industria norteamericana desde finales de los 40 pertenece es un ejemplo perfecto de cómo colocar un discurso cristalino de loa y apoyo a las fuerzas del estado, siempre impolutas y abnegadas, dentro de un discurso estético repleto de nervio narrativo y claroscuro fotográfico, que por un lado impedía que el mensaje pasara por encima del vértigo de la acción y por otro colocaba un filtro de áspero realismo y de bienvenida ambigüedad moral (o cuanto menos vital) en escala de grises a esa misma descripción de hombres entregados a proteger al país y a sus conciudadanos. A este Union Station filmado por el más que reivindicable Rudolph Maté (prestigioso director de fotografía reconvertido a director » con al menos una obra maestra a su nombre, la memorable Con las horas contadas) en 1950 toca colocarla al lado de títulos del nervio de La ciudad desnuda (1948), Relato criminal (1949) de otro grande de los bajos presupuestos como Joseph H. Lewis, Puerto de Nueva York (1949), también del habitual de la serie B en aquellos años, Lazslo Benedek, The Narrow Margin de Richard Fleischer ya en 1952, incluso el Pánico en las calles (1950) de Elia Kazan, aunque desde4281992239_09d21a305c_o luego este film presenta unas inquietudes a todas luces superiores al correoso film de Matè, el cual es, en primer término un título «B» lanzado directo a contar una historia en ochenta minutos sin perder el tiempo en florituras de ninguna clase, condensando alrededor de la acción tanto el perfilado psicológico de sus protagonistas como el drama que viven, en este caso el secuestro de un joven ciega.

   Precisamente, de esta necesidad de economía narrativa dimanan los grandes aciertos de la película, perfectamente expresadas en un breve prólogo que cuenta, a través de detalles recogidos siempre en movimiento, no solo la substancia de la trama, sino incluso el carácter de los que será sus dos protagonistas principales, la intrépida secretaría Joyce Willecombe y el obsesivo teniente de la Union Station de Nueva York William Calhoun, interpretados respectivamente por Nancy Olson y William Holden, pareja de nuevo tras haber coincidido muy poco antes en El crepúsculo de los dioses (1950). La presentación de Calhoun resulta especialmente ejemplar de esta economización de los recursos, por una parte presenta el espacio casi único de la estación donde se desarrollará la acción y por otro la plasmación exacta del carácter del protagonista: hosco y perceptivo comienza regañando a un subalterno por llamarle Willie a sus espaldas, recorre luego la estación desatando los suspiros de una taquillera, a los que él permanece ajeno absorbido como está por la actividad subterránea de la estación, y ordenando deterge discretamente a una serie de pequeños delincuentes, hecho este que revela la existencia de todo un microcosmos oculto a plena vista, imperceptible para le ajeno y que está formado por igual de policías confundidos con el paisaje y hampones de medio pelo.

 union-station-movie-poster-1950-1020414321  Los americanos, los buenos americanos, podían estar tranquilos, las fuerzas de la ley se mantenían vigilantes en todo momento y lugar, ese era un mensaje que había que mandar mientras esos mismos ciudadanos asistían, entre fascinados y aterrados a las evoluciones televisadas de la Comisión Kefauver contra el crimen organizado. Una investigación del senado que destapó e hizo notoria la otra cara del país, su sistema criminal paralelo.

   Union Station nació, por tanto, como una película para un momento, pero capaz de superar esta naturaleza de servicio gracias a su depurada puesta en escena, a la inteligencia con la que se emplean los recursos obligatorios. Lo primero esa conversión de la estación en universo propio, el excepcional partido que saca la dirección a esta geografía singular (aunque puntualmente abierta al exterior como en la magnífica secuencia de seguimiento en el tren elevado), exprimida en cada ángulo y cada recoveco, desde los túneles más tenebrosos, surcados por mortales cables de alta tensión en los cuales tendrá lugar el angustioso clímax, hasta rincones  ocultos, pasillos, salas y entradas donde los personajes se vigilan y persiguen unos a otros en un absorbente ballet de gestos, cambios de objetivo y disimulos que conforman el segundo aspecto más interesante de la cinta, capaz de emplear a su favor, e incluso volver inquietante, ese carácter de ley vigilante.

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Por momentos Matè subvierte los puntos de vista, haciendo que los secuestradores vigilen a la policía, otras adopta el de Joyce, la cual sigue sus pesquisas particulares ya que solo ella conoce el rostro del líder de los secuestradores (lo que da lugar a momentos tan tensos como aquel en el cual este torvo villano encarnado por el especialista Lyle Bettger se detiene justo a su lado) en otros se mantiene alejado, observando la acción y el intercambio de seña apenas perceptibles (es este un gran film de gestos), en todo momento se consigue un trabajo compacto, conocedor de sus limitaciones (en todos los sentidos), presidido por una voluntad documentalista que, por otra parte no rechaza un cierta estilización (la persecución en los túneles con reminiscencias de El tercer hombre), instantes de gran violencia e incluso incrustaciones de un sadismo puramente negro, desde unos policías que simulan lanzar a un testigo a las vías del tren para hacerle cantar, hasta el abandono de la muchacha secuestrada en una zona repleta de cables mortales.•0043090_2

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