El futuro fue ayer: El planeta de los simios.

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 En 1968 América estaba en las calles. La guerra de Vietnam alcanzaba su apogeo en cuanto a rechazo popular y se mezclaba con disturbios y protestas constantes contra los avances en los derechos civiles a favor de los ciudadanos negros. El partido Demócrata se partía en dos por el sur y alumbraba una escisión peligrosamente racista en forma del American Independent Party, formado de cara a las elecciones de ese año y que presentaba al ex gobernador de Alabama George C. Wallace, el cual ya había sido candidato demócrata a la presidencia anteriormente en tres ocasiones.

planetasimios6820 Richard Nixon, simiesco él mismo, ganaría fácilmente aquel año frente a Wallace como candidato maverick y a Hubert Humphrey como oficial. El leitmotiv de su campaña fue «Ley y Orden». El país no estaba para bromas; la fiesta de los sesenta ya se había acabado. Hollywood también lo entendió así y las ficciones fueron oscureciéndose, tiñéndose de desencanto, cinismo o pesimismo, a veces lúcido, a veces moralista. El cine de género en particular torció el gesto, se agrió y se volvió serio y grave. Quizás el mejor ejemplo de esta corriente sea la formidable escuela del trhiller policiaco de finales de los 60, mediados de los 70 donde desde Brigada homicida (1968) o El detective (1968) hasta San Francisco, ciudad desnuda (1973), pero la ciencia-ficción, un género de natural pesimista lo cual sería yamotivo para cuestionar el supuesto giro «adulto» de estos años —recordar ejemplos anteriores a revalorizar como la postapocalípticas Five (1951) y The World, the Flesh and the Devil (1959) o saltando a Inglaterra la excelente The Day the Earth Caught Fire (1961)— sería especialmente sensible a los nuevos aires sociales, «somatizando» en oscuras fantasías contrafactuales los miedos latentes del imaginario colectivo de modo muy similar, aunque mucho menos naif, a como lo había hecho en la década de los 50 con el terror atómico, aún latente de todas maneras.

  Resulta particularmente difícil escribir, o más bien tratar de escribir, algo nuevo, algo de cierta originalidad sobre una film tan extensamente tratado como El planeta de los simios, un título capital en la historia y evolución de la sci-fi que ha sido atacado desde todos los puntos de análisis posibles y en todos ha salido triunfante. Virtuosa como película de acción, rica como alegoría, renovadora en cuanto a la técnica, revolucionaria en el empleo de la música, esa partitura «electrónica sin electrónica» de Jerry Goldsmith que todavía asombra hoy por la audacia de su ruidismo y su desafiante atonalidad, abierta a lecturas en clave política o de género puramente (¿no es un film tremendamenteplanetofapesadvanceheston cercano al western?)… En definitiva, una maestría absorbente y magnética, emocionante y penetrante que nace, en palabras de Carlos Aguilar «de la habilidad para sintetizar/alternar la vertiente espectacular y la especulativa».

 El planeta de los simios es, y voy a descubrirme ya, mi obra maestra de la ciencia-ficción norteamericana, superior a cualquier otra precisamente por esa cualidad mágica de equilibrar todas sus propuestas intelectuales mientras las supedita a la narración pura. Superior y tan influyente (como poco) a 2001: Una odisea del espacio (1968), film al cual ha sido sistemáticamente subordinado, por cuanto la de Stanley Kubrick resulta ser una propuesta eminentemente filosófica y discursiva (por lo tanto más «importante»), visualmente tan fascinante como hermética y finalmente mucho menos jugosa que la de Schaffner.

 Mientras las hazañas del eternauta kubrikiano admiten una posición única, la reflexiva (o quizás también la experiencial), las del crononauta hestoniano son múltiples gracias a la modestia inherente a su planteamiento de base. Es decir, una trara sobre las grandes preguntas, la otra solo es una película de aventuras.

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 Incluso su nacimiento está lejano de la epifanía creadora del de Kubrick (o del Solaris de Andréi Tarkovski, por ejemplo, otro clásico del «cine-pensamiento») y su existencia se debe más al fornido estado del star-system de finales de los 60 como sustituto del studio system, ya que El planeta de los simios representa, en su naturaleza más básica, un vehículo para el divismo de Heston, actor hoy todavía minusvalorado, aún tristemente desacreditado cuando el grueso de su cine y vida indica unas inquietudes bien superiores: desde las puramente vitales, su enorme compromiso con el avance de los derechos de los civiles de los negros y su apoyo y amistad para con Martin Luther King asesinado en Memphis en ese mismo años de 1968, punto final de la América Ideal, o su rechazo a la intervención en Vietnam, e incluso a finales de los 60 su apoyo explícito al control gubernamental sobre las armas; a las estrictamente cinematográficas: posibilitando que Orson Welles dirigiera a su gusto (o lo más cercano a él posible) Sed de mal (1958) o  llegando ya a finales de los 60 impulsar con su presencia un tríptico esencial en la ciencia-ficción pesimista, compuesto por esta misma El planeta de los simios como ejemplar perfecto, seguida por extravagante adaptación libre del Soy leyenda de Richard Matheson en aquella ucronía post-apocalíptica que fue El último hombre… vivo (1971), llena casi por igual de ideas aprovechables, vicios setentero» y excesos estelares y más que satisfactoriamente culminada en un nuevo título capital, la extraordinaria distopía negra Cuando el destino nos alcance (1973).

still-of-charlton-heston-in-planet-of-the-apes Para esta recuperaba como escolta al gran Edward G. Robinson, intérprete que Heston había deseado en el personaje del Doctor Zaius, hasta el punto de que este último interpretó el papel completamente maquillado para a una prueba que debía convencer a Richard Zanuck de la viabilidad del asunto. Por desgracia tuvo que renunciar a su presencia en el film debido, precisamente a los inconvenientes del maquillaje, difíciles de soportar a su edad, recayendo el sabio mono que niega el verdadero conocimiento en los hombros del característico Maurice Evans; a su vez reclutado por Heston desde su previa El señor de la guerra (1965), componiendo junto a unos geniales Kim Hunter y Roddy McDowall unos personajes de escalofriante humanidad, asistidos, claro está, por el fenomenal trabajo de maquillaje y prótesis de John Chambers.

   De este modo y pese al empeño personal del publicista, representante y productor Arthur P. Jacobs, la existencia de esta película se debe a la presencia en ella, y al compromiso con ella, de Charlton Heston, ya que mientras el primero presentaba como único bagaje su calamitoso musical El extravagente Dr. Doolitle (1967), un film carísimo que supuso un batacazo descomunal, el actor acreditaba solvencia y personalidad. Frente a unos Blake Edwards (el responsable de haber ideado ese final impactante para el film, quizás tras haber visto en alguna sala cochambrosa el Yo fui un cavernícola adolescente (Teenage Caveman, 1958) de Roger Corman) o Sydney Pollack que no quedaron convencidos de las posibilidades, Heston prefirió sin rodeos a Franklin J. Schaffner, con quien había quedado muy satisfecho en la ya mencionada El señor de la guerra, cruda aproximación medieval de gran violencia y glamour extirpado.PlanetOfTheApes_A1ST

Descartados algunos aspectos de los guiones con los cuales se estaba trabajando (la existencia de sofisticadas ciudades y otras complicaciones técnicas que dispararían el presupuesto, sustituidas por unas construcciones de inspiración precolombina y gaudiniana), ya muy, muy alejados de la novela original de Pierre Boulle, que por un lado presenta la característica técnica del «manuscrito encontrado» y por otro prefería ambientar la aventura en un planeta inventado, con lo cual el tratamiento simbólico y alegórico era más oblicuo del que la rotunda versión cinematográfica termina por presentar, la incorporación de Schaffner como director precipitó la plástica de El planeta de los simios hacia los espacios abiertos, los colores rojizos y esa mezcla de primitivismo y tecnología reconocible del resultado final.

 Un resultado, no ya de enorme potencia metafórica, sino una aventura vibrante, de oscuro sentido del humor (el largo bloque del juicio «herético» a Taylor o el hallazgo del cadáver disecado de uno de sus compañeros en un museo de historia natural) y puesta en escena llamativa pero no ampulosa, algo barroca pero nunca ensimismada, y sobre todo dotado de una progresión narrativa absorbente, de una valoración de sus elementos, tanto de acción como dramáticos, ejemplar: desde el misterioso inicio en ese desierto rojo tomado en planos generales que aíslan y aplastan a los astronautas contra el paisaje hasta la frenética huida y captura, primera vez que vemos a esos aterradores gorilas armados en sus uniformes negros o el instante, ya legendario, en el cual Taylor recupera al fin su voz al grito de «¡Quita tus sucias garras de mí, mono apestoso».

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19 Comentarios Agrega el tuyo

  1. John Space dice:

    Pues sí, una de esas veces en que la adaptación cinematográfica supera al texto original (los franceses, curiosamente, nunca han sido muy hábiles escribiendo literatura de CF).
    Las secuelas, como era de esperar, no aportan gran cosa, aunque el paso del tiempo (y el Hollywood actual) las ha hecho más tolerables.

  2. Yo con la secuelas me pierdo un poco… me gusta bastante, creo que es la tercera, esa en la son los simios los que viajan a la tierra Y partes de la de cuarta no están mal. Más que nada por un McDowall genial.

    1. John Space dice:

      Yo me quedo con Beneath y Conquest; y por ahí tengo esa serie animada, Return, que les salió pelín Arte y Ensayo, según dicen.

  3. Una de mis favoritas de siempre, con ese Taylor que pasa de misántropo a salvador de una humanidad que no merece tal cosa. Lúdica, reflexiva, compleja y agria, muy agria. Lo que pasa es que si aquí no frunces el entrecejo, pones voz grave y atontas al interlocutor con una dialéctica pedante y aburrida, la gente te toma menos en serio (ojo, que a mí 2001 y Solaris también me gustan, pero creo que no tanto como ésta).
    Y qué cierto eso de la minusvaloración del bueno de Charlton, diablos.

    1. Absolutamente. Se le juzga por sus últimos días y se olvida todo lo anterior. Y eso que en los 70 era un divo de cuidado y más macho que ninguno… pero se metía en pelis que de no ser por su presencia no existirían.

  4. Alimaña dice:

    A Charlton Heston como a muchos otros, se les juzga antes por sus ideas políticas que por sus excelente trayectorias previas… Somos así.

    Un saludo amigo Adrián.

    1. Ideas que, encima, tampoco se corresponden con una trayectoria.

      Y otro saludo para usté!

      1. John Space dice:

        Hombre… si tienes una determinada forma de pensar, es lógico que ésta aparezca en tus obras, ?no? No podemos valorar un creador o su creación en un vacío (yo, al menos, me niego a ello).

      2. Eso es cierto… pero la forma de pensar que aparece en las pelis de/con Heston no se corresponde precisamente a las de ese Heston anciano y/o manipulado.

  5. John Space dice:

    Confirmo la excelencia de The Day the Earth Caught Fire, que acabo de visionar. Ciencia-ficción de “cozy catastrophe”, en la mejor tradición de John Wyndham: sin barullos, con desarrollo de personajes, nadie diría que el mundo se acaba (está claro que lo de “keep calm and carry on” caló hondo en la sociedad británica); así como un tono desolado muy propio de la CF de este país. Glorioso B/N y acertado uso del color. Y qué final.

    1. Suscribo. La sci-fi británica tiene una personalidad singular que merece ser explorada en mayor profundidad.

  6. Andrés Bravo dice:

    Concuerdo en gran parte con tus comentarios Adrián, y también para mi, el Planeta de los Simios, versión 1968, es una obra maestra de la ciencia ficción. Pero no es primordialmente de aventuras, hay un trasfondo antropológico y filosófico muy interesante y que llama a la reflexión. También se puede ver la película en esas claves de análisis y, con esto, gana mucho en profundidad. Además, la crítica social y a la especie humana (que no raza) que plantea el film, es descomunalmente lúcida, a través de diálogos brillantes, poco comunes en el cine de esta índole y cómo no, apoyada en una poderosa puesta en escena, obra del director.
    Recomiendo revisar el artículo de Iñigo Ongay, titulado “El Planeta de los Simios
    como caso de «cine religioso»

    1. Para mi la clave está en algo que dices: trasfondo.
      Es decir, que toda esa riqueza está en segundo plano, alimentando la película, que funciona primorosamente como pieza de aventuras. No es el tema único y frontal del asunto.

  7. John Space dice:

    Hora de preguntar: ?qué tal está esa nueva trilogía PoTA? Estos días estoy leyendo los cómics de la BOOM! Studios y siento curiosidad.

    1. Pues no te sabría decir… No las he visto y, la verdad, no me llaman demasiado la atención.

      1. John Space dice:

        Acabo de ver Rise of the PotA, ya que no quería leer los cómics sin conocer la historia principal. Obviamente, quien estaba a cargo del proyecto sabía que no llegaría a las cumbres del original, pero tampoco cometer los errores del Burton, así que la película, al final, está a la altura de las secuelas del primer PotA. La historia es sencilla y rodada de manera efectiva y a paso firme, sin excesos, y con algunos divertidos guiños. En fin, un bestseller veraniego que no hace falta ver pero que tampoco espanta (para variar).

      2. Pues la tendré en cuenta para desengrasar de tanto western.

  8. John Space dice:

    Y también _Dawn of the PotA_, que sigue en la misma línea de eficacia sin pretensiones ni repartos multiestelares (aquí sale Gary Oldman, pero en un pequeño papel), y con algunas secuencias destacables.

    1. Habrá que hacerse un programa doble, entonces.

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