Vida y color: La carroza de oro. Renoir en la Commedia dell’arte

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Inicio de una suerte de tríptico de cierta coherencia estilístico-conceptual conformado junto a French Can-Can (1954) y Elena y los hombres (1956), esta La carroza de oro representa una liberación, ahí se explica muy bien el tono desenfadado y simultáneamente lúcido que la preside, tanto del anterior rodaje, y  triunfo personal, de El río (1951) como, y especialmente, de su tormentosa etapa hollywoodiense de la década de los 40 marcada por la lucha contra un Sistema feroz que produjo en Renoir un cine sincopado, convulso, abierto al delirio que tan bien representa , por ejemplo, la abrupta narrativa y la absorbente atmósfera de Una mujer en la playa (A Woman on the Beach, 1947).goldencoachPOL

La carroza de oro es, como diría Hitchcock , un run for cover, un regreso a Europa y a europeidad enlazando directamente con las preocupaciones de trabajos tan mayúsculos como La regla del juego recuperando esa estructura de encuentros y desencuentros románticos entre una mujer cortejada por un terceto de hombres  (un joven soldado, un torero, y el mismo virrey) representativos de un tipo de masculinidad, de amor, de pasión o de futuro mismo, y la constatación de que la renuncia a todos es la única vía posible de no garantizarse la infelicidad. Renoir lleva aquí ese tono y ese discurso vital al extremo de la farsa, de una parodia donde los únicos personajes que no son ridículos son aquellos que se saben enmascarados, fingidores por naturaleza o posición. Así una troupe de cómicos desembarca en un perdido virreinato español de las Américas para poner patas arriba los entramados sociales en una alegre mezcolanza de clases y sentimientos y su misma presencia es espejo de la alta sociedad emperifollada a la cual caricaturizan sin miramientos.

   Cuando Renoir abre La carroza de oro introduciéndonos en el proscenio de un teatro y descorriendo las cortinas del espectáculo ya nos deja claro la comentada naturaleza farsesca de todo el asunto, de fantasía juguetona y liviana, que no vacía, todo lo contrario, que va a presidir esta maravillosa apropiación de los temas, estéticas y espíritus de la Commedia dell’arte fusionados con sus propias preocupaciones artístico-vitales. La representación como modo de vida, la necesidad de la fantasía y la alegría, la melancolía y el amor imposible se mueven al ritmo del vodevil exuberante de color y plasticidad (la larga secuencia de la reunión del virrey con sus consejeros para decidir el destino de la carroza de oro prometida a Camilla tienen un aire inequívocamente Lubitsch) en un conjunto de apariencia libérrimo donde la puesta escena improvisada (en apariencia improvisada) tan típica del director se mueve al ritmo de la magnética pulsión escénica de su personaje/personalidad central. Todo el film está a disposición de la energía de una actriz tan desbordante, indoblegable y expresiva como Anna Magnani que a través de su transmutación en Colombina/Camilla domina el espacio escénico y arrastra con ella el ritmo del film al completo.

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   Esa misma entrada, que se repite circularmente en un final extrañamente triste, quizás como todos los finales de fiesta, permite un entramado metalingüistico atractivo, una sucesión de juegos de espejos que rebotan unos en los otros ampliando la sustancia de cada escena de forma tan sutil como efectiva. En absoluto original, por otra parte, ya Laurence Olivier había empleado una maniobra similar en su adaptación de Enrique V en 1944 o, sin ir muy lejos, el gran Ladislao Vajda le aplicaba, guión de José Santugini mediante, similar tratamiento a la zarzuela Doña Francisquita en una joya a descubrir de ese mismo año 1952 que comparte también similitudes en cuanto al tratamiento cromático con la obra de Renoir. Pero quizás la intención de director francés no sea, como tampoco lo es la del húngaro, la de explicitar los mecanismos de la ficción en clave de alarde compositivo/intelectual, sino, más bien hacer notar el absurdo humano al derivar los comportamientos a una clave de exageración representativa, convirtiendo en arquetipos a los personajes, en figuras en las cuales cada espectador puede reconocerse de un modo u otro. Ofreciendo la vida como un teatro y viceversa. Desde luego también existe una pulsión inicial de celebración del teatro, de la comedia y por tanto de la vida, incluyendo en ella la tragedia o el fracaso. La gran habilidad de Renoir, eso en lo que consiste el verdadero genio de la ligereza, estriba en no colocar de manera frontal estas reflexiones en primer plano, sino dejarlas como un poso que solo afecta una vez consumida la pieza completa, y permitir que todo el film se desarrolle con frescura, como una comedia sentimental/satírica de usos y costumbres al ritmo expansivo y emocionante de Antonio Vivaldi.•

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