El hombre que este Imperio necesita: Sherlock

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No es Estados Unidos el único país que ha exorcizado sus traumas reales y recientes a través de la ficción. Si el 11S late en multitud de películas, cómics, novelas y series de televisión desde ópticas que admiten la sublimación pop, el revanchismo, la paranoia oscura o la alegoría también ha comenzado a hacerlo el 7J londinense, los atentados del metro en 2005 evocados, con la figura de Alan Moore y su V de Vendetta como médium en el primer capítulo de la última (tercer) entrega del folletín televisivo Sherlock.

Lo ha hecho de un modo curioso, lanzando a la ficción popular británica, o britanófila, a la búsqueda de un paladín, un defensor, un superhéroe que encarne la britanidad. La última en llegar, Skyfall (id. Sam Mendes, 2012) es la que solidifica desde un nacionalismo rampante esta idea que, me permito, expuse aquí de manera más pormenorizada. En ella James Bond es recodificado desde su propio mito para convertirse en el superhéroe británico para el Siglo XXI, lo hace a partir de la referida sublimación de los atentados, de este mundo presente de amenazas difusas, ruido de fondo, estática ideológica y terrorismo fanstasmático encarnado en estas ficciones por agentes del caos, como se definía el Joker de Christopher Nolan; saga esta donde cristalizan a la perfección esta serie de nociones y que sirve como vector para redefinir a los superhéroes oscuros del presente y su mundo, cruce entre el nuestro, mundano, y su sublimación alucinada, paranoica.

Skyfall ofrece paralelismos más (o menos, según se mire) que sorprendentes con respecto al tríptico de Nolan sobre El caballero oscuro; desde componentes ideológicos a citas visuales literales que, a su vez, el propio Nolan había reformulado desde la viñeta y el imaginario popular. Bond, así, termina por batmanizarse y sus némesis, en consecuencia por jokerizarse. Pero aunque Skyfall exprese ese universo post 7J de modo más claro que nunca, con la búsqueda del superhéroe inglés, un protector del reino imbricada con un neonacionalismo que encuentra uno de sus grandes momentos celebrativos en la ceremonia olímpica de Londres  2012, durante el agente, encarnado por Daniel Craig, cruza el espejo de la ficción para infectar la realidad, trascenderla mediante lo pop convertido en guardaespaldas de la propia Reina Isabel II, la cual a su vez es un constructo de ficción en buena parte, una narración de la historia y el mundo.

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Pero Skyfall ni era pionera ni era la más sutil, todo lo contario; esta prospección ya se había iniciado antes, dividida en dos gemelos, de distintos grados de oscuridad y punto de partida compartido: el Luther de de Neil Cross y el Sherlock de Mark Gattis y Steven Moffat y Gotham/Londres; una geografía, un paisaje urbano, de capital importancia.

Luther es un neonoir apocalíptico que sume a su antihéroe, al tiempo demoniáco y angélico, consumido por su potencial psicopatía, en un mundo depravado y sórdido a más no poder. Un Londres de pesadilla que, como expresa el Batman de Nolan es una ciudad que se merece un guardián como él. El propio Sherlock Holmes lo verbaliza en el largo climax del último capítulo de la segunda temporada de la serie durante su enfrentamiento con Moriarty: puede estar de la parte de los ángeles, pero él no es un ángel. El Holmes de Moffat y Gattis se transforma, progresivamente, en un caballero oscuro, estilizando incluso su ropa, transformada en un uniforme que ondea sobre los tejados de Londres en el capítulo inaugural de las nuevas entregas… igual que Bond al final de Skyfall, igual que Luther, aunque este espere la mirada devuelta por el abismo, igual, claro, que Batman.

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De manera sutil toda la segunda temporada de la serie ha sintetizado la adaptación deslocalizada de Conan Doyle con la oblicua de Batman en su búsqueda del superhéroe británico definitivo, uno que abraza la oscuridad, que debe operar al margen y hasta confundirse con los villanos. Uno que cristaliza, en plenitud, en el último y excitante capítulo durante el cual Sherlock se enfrente a su propio Enigma en la forma de un  viscoso magnate de la información que no necesita pruebas para dominar a sus oponentes, es decir todo el mundo, pues tiene a la prensa. Y uno también, que como el Batman de Dark Night Rises,  revivir, la prueba definitiva del héroe mitológico, vencer al miedo y recomponer su cuerpo roto para, simbólicamente, recomponer una ciudad rota y amedrentada por la violencia irracional y gratuita, por lo enemigos del reino (¿Es aleatorio que Silva en Skyfall sea brasileño y que los Moriarty y  Charles Augustus Magnussen de Sherlock sean respectivamente irlandés y sueco? Todos extranjeros frente al campeón inglés y su aliados, ingleses también y de distinta extracción social).

Pero no se trata solo de que Sherlock se batmanice –lícitamente por otra parte, después de todo Holmes es uno de los muchos referentes de ese patchwork de arquetipos que es el murciélago- sino de que todo el universo planteado en la primera temporada adopta finalmente los rasgos de trasuntos del de Batman: Lestrade acercándose a Gordon, Holmes huyendo de la policía londinense como Batman de la Gothamita en Año Uno, Batman Begins o tantas otras historias, Watson hibridando a Robin y Alfred dentro de su propia personalidad y Moriarty perdiendo la suya para emerger como Joker, como, otra vez, agente del caos que busca en Holmes/Batman la razón de su existencia en lugar de buscar, sencillamente, eliminar a la única piedra que se interpone en su perfecto, matemático, engranaje criminal.

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La serie propone una Moriarty farsesco y transformista, peligroso e implacable, dandy frívolo del mal cuya motivación no es tanto la destrucción de Holmes como el obligarle a dar el paso de transformarse en su contrafigura perfecta: el superhéroe de todo supervillano. Lástima que una relectura tan interesante, tan potencialmente fascinante del personaje, nada más corporeizarse en la primera temporada, aun sin definir como Joker, lo haga en la piel de un lamentable actor espástico que lo vulgariza hasta convertirlo en un payaso interpretado por un imitador malo de Gary Oldman sobreactuando (lo que es en sí mismo redundante) o en el triste villano de La jungla de cristal 5.

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Si en el plano, digamos ideológico, la serie, conecta con el presente a través de esta sublimación superheróica también lo hace con el pasado en base a un neoduardianismo, tanto estético como político, que pretende devolver a Inglaterra al centro de la ficción popular al tiempo que emprende una reivindicación de sus mitos nacionales pop en clave retromoderna. No se puede disociar tampoco este Sherlock del hecho de que  Moffat y Gattis sean los últimos showrunners del Doctor Who, al cual también postulan como superhéroe inglés y cuya estética y voluntad es igualmente neoeduardiana. Ni tampoco de las referencias que pululan a lo largo de toda la serie con respecto a la legendaria Los vengadores, cumbre del pop-art catódico y la lisergia sixties respecto a la cual esta es una válido equivalente contemporáneo; citas que van de lo estético –Mycroft, el propio Gattis, presentado por primera vez con la pose de piernas cruzadas apoyado en un paraguas y silueteado a contraluz, de espaldas a la cámara, en exacta reproducción de la icónica figura de Patrick MacNee, por siempre John Steed- a lo tonal –el juego como motivo central y opción ético-vital- pasando, por supuesto, por la filiación neoeduardiana, celebrativa de la britanidad y la excentricidad que no teme asomarse a lo farsesco, como a lo largo de las más recientes entregas.

Sherlock quizás esté rodeada de un entusiasmo, justificado debido a su carácter adictivo, que la sobredimensiona, y que, en realidad, el conjunto que forma al final, el cuadro completo, sea superior a sus partes. Hay algo en ella que falta, un intangible; puede que los misterios se resuelvan con demasiada facilidad, puede que se abuse del “yo sé que tu sabes que tu sabes que yo sé” y los archiplanes y recontraplanes trazados en la sombra, también que algunas decisiones sea más llamativas que eficientes en su acabado (perdón por el barbarismo pedantón) flamboyant -hay un innegable exceso, una catarata de formalismos empleados sin mayor objetivo que el lucimiento por el lucimiento que son, en cierto modo, característicos de la televisión británica- y que incluso el tratamiento de algunos personajes sea discutible; pienso en Irene Adler del, por otra parte memorable capítulo Escándalo en Belgravia, el mejor de la serie, donde la Catwoman de Sherlock/Batman, “La Mujer”, termina por perder la personalidad independiente de su contrapartida literaria para no solo convertirse en una pieza del plan mayor de Moriarty sino en una damisela en apuros salvada por el héroe en un final que fuerza el delirio más allá de lo conveniente.

A cambio ofrece una brillantez en la caracterización/aclimatación del dúo protagonista y su entorno, simultáneamente chispeante y macabro, apoyado en un score memorable, especialmente la burlesca fanfarria que supone el tema de Holmes y Watson y que sin duda hubiera firmado Danny Elfman cuando era Danny Elfman o un joven John Barry, tan fidedigna en espíritu que, haciendo abstracción del Londres del presente uno puede decir que sí, que esos son Holmes y Watson.

Parte mérito de la magnífica escritura y caracterización, muy sutil, muy irónica, muy estilizada (mucho más de lo aparente), parte producto del un reparto prodigioso: Martin Freeman confirmando lo buenos que son él y su excelente timming de comediante, como el doctor John Watson y Benedict Cumberbatch revelándose como una insuperable Sherlock Holmes moderno en base a una presencia hipnótica -mezcla de raro atractivo, edad indeterminada, voz de barítono y remarcable parecido físico al gran Nick Cave- que es un balance perfecto de electricidad y quietud.

Aunque quizás el mayor mérito radique en que toda esta transposición temporal no solo no compromete el sentido del delirio aventurero, ni la magnífica manera de pasear por lo imposible como si fuera la cosa más normal del original sino que los amplifica a través de una deliciosa convocación del pastiche cultista con verdadera clase que revive, aunque solo sea por un puñado de capítulos tanto a Conan Doyle como a Brian Clemens facilitando un encuentro que, por desgracia, nunca llegó a darse.

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Versión ampliada y modificada de un texto  publicado originalmente en 221B Sherlock Holmes y su mundo

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