Seremos juzgados por las máquinas vivientes: Terminator 2

Publicada originalmente en Ultramundo dentro de un especial dedicada a la saga completa, que incluye  sección de Making Of y Curiosidades.

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Prólogo

A principios de 1991, en febrero, la administración USA daba por finiquitada la Guerra del Golfo. En Agosto de 1990 Sadam Hussein, presidente de Irak y aliado estratégico de los USA se había extralimitado en sus funciones invadiendo el vecino paraíso petrolífero kuwaití. Las operaciones Escudo y Tormenta del desierto fueron dirigidas con éxito por el general Norman Schwarzkopf, pero George Bush (padre) no permitió que el soldado terminase su trabajo; la guerra fue una sacudida en el morro de uno de los perros de América, quien volvió durante unos años a su dócil caseta.

James Cameron estrenaba en julio de 1991 Terminator 2: el juicio final. Su magnus opus de 100 millones de dólares. Era una orgía pre-, post- y apocalíptica a secas donde todo se vía con clara luz azulada en lugar de a través de visores verde fosforescente que convertían la guerra real en un extraño e incitante videojuego; ciencia-ficción instantánea que yo miraba sentado en el suelo mientras jugaba con unos clicks de Playmobil.

En diciembre de 1991 Terminator 2 se estrenaba en España. La revista Fotogramas regalaba un póster donde se veía a Arnold Schwarzenegger caracterizado como androide motero, recortada en mano, en ascético negro con tonos azules. Aquel fue el primer Fotogramas que compré y el póster estuvo clavado en mi puerta un par de años. Al cine fui a verla con mi padre y mi tío en unas multisalas que ya no existen, los Hollywood. El THX atronaba y a mí la Guerra del Golfo ya no me importaba un pijo.

http://www.youtube.com/watch?v=eajuMYNYtuY

1.Maquinaria pesada

Terminator, en 1984, se engastaba en la corriente del tech-noir, una especie de versión cinematográfica del ciberpunk que había nacido literario de las cabezas tóxicas y visionarias de Phillip K. Dick, impremeditadamente, y de William Gibson, reciclando todo lo anterior en su refundacional Neuromante de 1984, que entre el material que usaba como materia prima contaba, por supuesto con Blade Runner (Ridley Scott, 1982), adaptación pionera (y canónica) de Dick en formato de noir tecno-metafísico.

Los 80 fueron la década tech-noir, aunque el género siga teniendo recorrido e incluso renazca al presente en forma de reciclajes contemporaneizadores. Lo fue porque pese a que los 70, o los tardosetentas, ya habían enfrentado la convivencia del hombre y la máquina, la incorporación (literal) de la tecnología en obras a partir o directamente de  Michael Crichton como El hombre terminal (Mike Hodges, 1974) o la menos ambiciosa Looker (Michael Crichton 1981), sería esta década la que percibiese como posible, e incluso angustiosamente inmediata la convergencia contemplada en sus formas más compulsivas y radicales por la Nueva Carne de David Cronenberg en Videodrome (id. 1982)

Terminator era Blade Runner sin aditamentos filosóficos, sin la angustia de la vida y la muerte, solo con la urgencia del dilema. Michael Crichton estrenaba ese mismo año la reivindicable Runaway, brigada especial (Runaway, 1984) y unos años más tarde Paul Verhoeven soltaba la atronadora carcajada llena de vitriolo y ultraviolencia de Robocop (id, 1987).

Robocop ya era, en efecto, algo más allá del tech-noir, era tech-action. Cameron, después de su propio título de sci-fi filosófica (entre Kubrick, Spielberg y sí mismo) de Abyss decidió que para regresar a la taquilla debía culminar lo que, en cierto modo él mismo había empezado en 1984. Terminator 2 sería un cine para una nueva década, su Terminatro evolucionado, un cierre para el cine de acción de los 80 y el artefacto definitivo de destrucción y furia que definiría el actioner por una década hasta la aparición de Matrix (Larry y Andy Wachowski, 1999) que en parte era una consecuencia del Cameron de T2 y en parte proponía un nuevo lenguaje para la acción; un estilo cinemático digital y líquido, orientalizante más allá de la influencias ya presentes en Cameron que, para representar la acción prefería la seca contundencia norteamericana frente al ascetismo hipnótico de los Wachowski; aunque el diseño mercurial del nuevo villano, el T-1000 que incorpora Robert Patrick con un físico afilado e inquietante, eco del Lance Henriksen que Cameron había pensado como T-800 original, ofrezca un interesante contraste cinético y plástico con respecto a la rotunda estolidez de Arnold Schwarzenegger, definida por el propio Cameron como un Porche contra un carro de combate.

Cameron prorroga con la conversión de Schwarzenegger en héroe, más consecuencia de la presente categoría del actor como arquetipo positivo que otra cosa, la relación con la tecnología que había establecido en Aliens: el regreso. Allí Ripley prevalecía al integrarse ella misma dentro de una carcasa robótica, un mecha de diseño industrial, funcional y de resistencia garantizada. El T-800 no es una bella máquina de precisión cromada como su némesis, pero está hecho para durar; es feo, fuerte y formal, como John Wayne y los héroes del western, es producción norteamericana, como los Ford; y cumple su misión por encima de cualquier golpe o destrozo.

El T-1000, en cambio, es inaprensible, una tecnología inhumana, fría, perturbadora. Cumple aquello que el profesor de robótica y pensador Masahiro Mori definió como la “Teoría del valle inquietante” según la cual cuanto más se asemeje a un ser humano el androide, o la creación digital, cuanto la barrera perceptiva entre lo casi humano y lo totalmente humano se aproxima, mayor será el rechazo. Esta idea que tan bien exploró Steven Spielberg en AI y que puede ser extrapolada a la textura digital del cine del presente donde encontramos no la realidad, sino su siniestra amplificación, una realidad sobrecogedora, hiper-real, aparece enunciada, con la llaneza artesanal de Cameron y quizás sin premeditación, en la dicotomía entre las máquinas de Terminator, los actores que las interpretan y lo metodología de efectos especiales para presentarlos en pantalla.

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2. Western de alta destrucción

Decía de Terminator que en su tuétano, bajo las diferentes capas multigenéricas, no era otra cosa que un escueto noir de los 40 y que, en cambio, esta secuela iba a ser un western.  Schwarzenegger es el extraño que llega para ordenar el caos, es un Shane industrial que como los pistoleros míticos debe desaparecer al final, dejando que el niño que ha encontrado a su padre o el joven que buscaba un guía descubran luego su propio camino.

Cameron revisita Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1954), o más bien el arquetipo instaurado por la misma, en el contexto de una cinta de acción heavy metal donde los caballos son motos y camiones y las praderas el paisaje urbano de Los Angeles. El T-1000 es, claro, el implacable pistolero a sueldo, el Jack Palance estilizado y sádico que hostiga a la familia encontrada del héroe: antes renegado, luego integrado, finalmente concienciado de la imposibilidad de la normalidad para él.

Si Alan Ladd cabalgaba lentamente hacia el mito y Clint Eastwood, jinete pálido, regresaba al mismo entre niebla mística, el T-800 retorna a su fundación a través de su fundición en un proceso análogo pero inverso al final de la película original: allí la fábrica era una cadena de montaje donde el robot era despiezado poco a poco, aquí es una factoría donde se sumerge para completar su humanización a través del sacrifico.

3. El misterio del santo salvador futurista

La máquina que se sacrifica al tomar plena conciencia de su humanidad, y al tiempo de la imposibilidad terrible de la misma, no es el único aspecto místico-religioso de Terminator 2, quizás ni siquiera el más importante, quedando supeditado a esa idea contumaz y manoseada por el cine (y la ficción popular) USA de “el elegido” y otra no menos central del libre albedrío, remachada por la constante referencia que la película hace en sus diálogos al destino no escrito.

El asunto mistérico del elegido, resabios característicos incluidos, pertenece en realidad, o al menos en parte, a la primera entrega pero se ven amplificados en esta por ese fantasma del padre ausente, de la concepción angélica, del enviado. El Padre de John Connor, Kyle Reese quien hace una aparición onírica en la versión ampliada de la cinta, es el Espíritu Santo postapocalíptico cuya misión es engendrar al propio John Connor en una de esas paradojas temporales que Cameron establece pero con las cuales nunca trastea, caso de dos ideas poderosas que aparecen en T2.

Por un lado al enviar a Reese, Connor no solo se crea a sí mismo sino que también provoca el apocalipsis tecnológico ya que Skynet es a su vez hijo del os restos del primer Terminator. Por el otro la muerte de Dyson, el ingeniero jefe de Cyberdyne, la empresa que alumbrará Skynet debería en si misma de alterar el pasado, cambiando la línea temporal; pero entonces eso supondría la desaparición de los Terminator y de Connor mismo, ya que él es producto de un bucle irrompible, de un tiempo circular y eterno donde todo es repetición. La destrucción posterior de los restos del Terminator original, causaría idéntico efecto… de nuevo otra paradoja.

 

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4. Neoluditas, tecnoterroristas y libertarios

T2 es, mucho más allá de lo que ya era T1, un film antisistema donde no extraña que el villano vista un uniforme de la policía mientras que el héroe adquiera pronto el de un motero, símbolo neowestern de independencia, rebeldía y vida al margen. Tampoco extraña, entonces, que John Connor sea un delincuente juvenil rebotado de hogar de acogida en hogar de acogida, White trash incipiente, ni que Sarah Connor esté encerrada en un psiquiátrico, el cual, por supuesto, es descrito como un pozo de injusticia y brutalidad: un establecimiento represor del Sistema.

Así la cruzada de Sarah Connor, reconvertida en guerrillera urbana, en Unabomber con músculos y determinación de hierro se dirige contra la industria, contra el gobierno y contra sus fuerzas coercitivas y se organiza en pequeñas cédulas armadas hasta los dientes organizadas en la frontera del país como metáfora de lo fronterizo de su vida/misión.

Sarah Connor, por supuesto, está uncida, es una mística con una misión: garantizar el futuro de la humanidad protegiendo a su hijo, futuro líder de los hombres contra las máquinas, que serán el nuevo Sistema que nacerá de la corrupción y ceguera del viejo.

El recuento del pequeño John de las andanzas paramilitares de su madre y la aparición, antes de encarar el largo clímax final de la película, en verdad una serie de clímax yuxtapuestos, de uno de sus viejos camaradas en un campamento en el desierto donde los héroes reponen fuerzas, unen lazos, profundizan en su determinación –visión de la ola nuclear incluida que no ahora niños calcinados ni pastoriles estampas previas- y se arman hasta los dientes de munición suficiente como para destruir el mundo ellos mismos son cualquier cosa menos tranquilizadoras.

Soy incapaz de determinar si la visión de Cameron es ambivalente o ambigua o si, tan solo, es admirativa. En cualquier caso el resultado es espelúznate, un retrato paranoico, aterrador y militarista de un estrato de la sociedad norteamericana al cual, en gran medida, va dirigido, como producto de consumo, un film como T2, aquel que piensa y cree en la verdad de la Gran Conspiración y en que es mejor tener un hangar bajo tierra de cemento armado bien lleno de agua mineral, comida en lata y AK47.

 

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5. Capas de ruido

T2 es, como muchas veces ocurre, tanto una secuela como un remake. Una secuela porque ofrece una ampliación del campo de batalla con respecto a la original, una mitología expandida, un poco al modo en que Cameron ya había operado sobre Alien; y un remake porque recrea todas las secuencias memorables de la primera y su propia estructura narrativa, incluyendo un hbil juego  pero sometido todo ello a un proceso hiperbólico.

Las secuencias de acción se multiplican, los camiones se multiplican, la destrucción se multiplica, el metraje se suma y el presupuesto asciende en progresión geométrica. Tomo es “más”; también la trama. Una de las mejores características de Terminator, que era además una cualidad B, radicaba en su concreción: un objetivo claro, una persecución, una huida, un final.

En T2 todo ello se atomiza, con los personajes cubriendo distintos arcos dramáticos superpuestos en una consecución de finales. Muchos objetivos, multitud de secuencias de acción que los justifican (¿o es al revés?) pero donde lo más emocionante nace de la concentración y el laconismo que reedita la primera entrega, con Cameron planificando sin perder el tiempo ni gastar más planos de los necesarios llevando el enfrentamiento desde la escala ciclópea del conjunto de T2 hasta el cuerpo a cuerpo, ya que en el cuerpo, en la colisión de la carne y el metal y sus múltiples posibilidades y combinaciones, violentas o armoniosas, se resuelve el drama en un nivel primordial, seco, contundente, de nuevo de genuina serie B.

T2 es el epítome del cine de acción tal y como se entenderá desde los 90, un muro de sonido spectoriano construido a partir de añadir capas y capas, instrumentos y efectos sobre y alrededor de una armonía vocal por lo general simple y clara. Cameron aturde con el volumen sonoro y visual atronador de su secuela/remake de un disco anterior que en comparación parece acústico, o cuanto menos low-fi.

http://www.youtube.com/watch?v=1phpKQnJriE

Epílogo

Acaba de estrenarse en los cines el remake/reinicio de Robocop, uno de los clásicos del tech-noir que se resitúa desde la sátira descarnada de la América del rearme moral de Ronald Reagan, y de la ficción revanchista que producía, hasta la reflexión grave sobre el presente en crisis producto de la dejación de funciones de los gobiernos y el alzamiento caníbal de las corporaciones (puro cyberpunk en acción), las heridas abiertas post 11S y la disolución de la identidad personal en toda una serie de avatares/réplicas.

En proyecto tenemos ya el correspondiente regreso al Terminator de 1984, que se sumará a la larga lista de nuevas versiones de títulos de los 80 y hasta 90 que vemos cada semana en cartelera, renovados para un nuevo espectador con uno modo de consumir diferente al que tenían sus destinatarios originales. La hipermodernidad ha desacralizado definitivamente el material fílmico convirtiéndolo en otra materia prima más que, metafóricamente, es la definición perfecta de un presente que solo es el remake de algún lugar en el tiempo anterior convenientemente contemplado con distancia irónica o bien con una angustia atroz.

El remake, y en parte su gemelo la secuela, son la adaptación antropológica del cine frente a un nuevo paradigma cultural y un nuevo consumidor que reivindica su derecho a que le cuenten las mismas historias pero adaptadas a su tiempo/modo. .un espectador/consumidor/receptor que no rechaza el pasado, que no lo ignora, sino que lo quiere a su propia imagen y semejanza, contado con un lenguaje comprensible, adaptado al ahora.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. John Space dice:

    Las historias de viajes en el tiempo son así; por suerte, existen los conceptos de Multiverso, mundos paralelos, etc. Suerte que en éste tenemos al personaje de Sarah Connor, para mí el más logrado de la película; casi la hubiera preferido de protagonista, mira tú.

    (Trivia: tanto Hamilton como Michael Biehn trabajaron en la misma serie, Hill Street Blues, antes de Terminator. Claro que, por esta serie pasaron tantos futuros famosos: Frances McDormand, Don Cheadle…)

    Veo que hemos redecorado la web; el texto en gris se ve con dificultad, pero me gusta el estilo blog de toda la vida.

    1. Se me acumulaban muchas cosas en los laterales y este tiene un cajetín grandote para el texto. Yo veo bien el gris, pero intentaré recordar pasarlo a negro, a ver que tal queda.

      Yo también pienso que ella es el mejor personaje de las dos pelis… pero la actriz es tan mala.

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