Al sur de todo: El guardaespaldas. Los hombres de Melville

Publicado en Cinearchivo dentro del especial Jean-Pierre Melville

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Cuando los grandes fracasan lo hacen de acuerdo a su grandeza: con estrépito, dejando solo polvo y escombros, cenizas. Lo hacen de manera tal que, a veces, no queda ni la huella de la caída, ni el recuerdo.

Mitificado hoy Jean-Pierre Melville a partir de esa piedra angular del polar heterodoxo, de la fantasmagoría del hard boiled USA que es El silencio de un hombre, el ruido de la caída de El guardaespaldas apenas es audible, solo un eco lejano, lejanísimo.

No hay en ella la excusa de un trabajo de encargo como el film al servicio de la diva Juliette Grecò, Quand tu liras cette lettre, donde Melville ni siuiera fue guionista, como era habitual. Tampoco se trata de que supedite su poética a la de un texto anterior, caso de Los niños terribles, donde la sombra de Jacuqes Coteau determinaba hasta el acabado de la pieza. Aquí, la novela  L’Aîné des Ferchaux de George Simenon es un punto de partida para una obra, para bien o para mal, plenamente melvilliana.

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Quizás sea la decisión prematura de rodar en color, nunca fue Melville un cineasta del color e incluso sus films en este formato parecen evocar el blanco y negro esencial con su tonos apagados, quizás el hecho de tratarse de un proyecto heredado que el cineasta acepta convencido por Belmondo, su actor por aquellas fechas antes de descubrir que la belleza de efigie impenetrable de Delon traducía el nuevo mundo que comenzaba a crear tras despedirse del viejo en la recapitulativa Hasta el último aliento, su primer encuentro con otro rostro icónico como el de Lino Ventura. La realidad es que El guardaespaldas es un film  incomodo en su filmografía, extraño, de una abstracción tan apurada que incluso disuelve la película en sí misma.

Decía que Melville lo heredó. Lo hizo, curiosamente, de manos de Alain Delon, quien iba a protagonizarlo junto a Michel Simone y su entonces pareja Romy Schneider. La película, entonces, iba a dirigirla el hoy totalmente olvidado Jean Valère, pero Delon prefirió atender la llamada de Antonioni y embarcarse en el rodaje de El eclipse. Fernand Lumbroso, el productor, decide entonces buscar a la otra gran estrella joven francesa, Jean Paul Belmondo, que a su vez convence a Melville, en parte seducido por la historia intergeneracional entre un viejo hombre de negocios, que hizo fortuna en la colonias sin escrúpulo alguno, y un joven boxeador fracasado, escindido entre la pulsión por medrar a cualquier precio y una honestidad de fondo que le impide llegar hasta las últimas consecuencias.

Los personajes son el reflejo del uno en el otro, el pasado visto en el futuro y viceversa. De esta dinámica, excepcionalmente conducida por la oposición entre radiante Belmondo y el otoñal Charles Vanel, depende lo mejor, lo único se podría decir, de la película. Vanel, era un gran actor de carácter, de físico rocoso, macizo, que de inmediato convocaba en el espectador una imagen precisa, en gran medida producto de su personaje en la memorable El salario del miedo de Clouzot. Melville lo había preferido a Charles Boyer, quien se había interesado en el rol y después de no lograr su sueño de contratar a Spencer Tracy.(1)

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La oposición física, arrastrando sus respectivos arquetipos, de los protagonistas logra anclar un film vagabundo, que en un metraje plomizo, dilatado que no parsimonioso ni ascético, de hecho es el film de Melville con un acabado más pedestre -secuencia puntuales aparte como la del prólogo pugilístico o la penúltima conversación entre los personajes centrales- marcado por la fascinación del cineasta por la cultura/geografía/imaginario norteamericano. El guardaespaldas, durante la parte central del relato, es un road movie errabunda, claveteada de personajes episódicos y homenajes pop –Nueva York, Sinatra, los moteles, las cafeterías, el rock ‘n’ roll, el Sur…- que así y todo se las arregla para dejar un momento mágico: el viejo Ferchaux arrojando un dineral por un acantilado y luego contemplando desde lo alto como su joven pupilo es capaz de bajar a recogerlo.

Inconcreta, dispersa, sujeta a momentos y a brillantes diálogos lacónicos, poco a poco, demasiado poco a poco, encuentra su lugar en el varadero final que es una Nueva Orleans convertida en abstracción, de nuevo, en no-lugar donde Ferchaux irá reduciéndose a un doliente patetismo y Maudet (a una sola letra de maudit) encanallándose y odiándose progresivamente, aislados en un entorno irrespirable que ya no es ni siquiera una película, sino la idea de una película.

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(1) En 2001 Belmondo retomaría el original a mayor gloria de sí mismo en una nueva versión dirigida por Bernadrd Stora en formato miniserie.  Sammy Naceri se ocupaba entonces del papel de Maudet, dando la ocasión a Belmondo de encarnar a los dos protagonistas en diferentes momentos de su carrera.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Sr. Feliú dice:

    Bueno, y el paisaje asfixiante, como si estuviéramos en el invernadero en que el general Strernwood recibe a Philip Marlowe. Menor, con algunas escenas excesivas para lo que acostumbra Melville, imperfecta, pero también inquietante y turbadora por momentos. O sea, como el viaje al corazón de las tinieblas de los “deux hommes dans Manhattan”.

    Quand tu liras cette lettre también me gustó. Creo que la única película que me chirría en su filmografía es, precisamente, la adaptación de Cocteau.

    Gracias por volver sobre ellas, Sr. Feliú

    1. Me costó mucho acabarla, el tramo intermedio es un infierno, pero ahora, recordada, cada vez me gusta más. Tiene, es cierto, una cualidad intrigante.

      Y de nada, oiga.

  2. Sr. Feliú dice:

    Sí, la película se empantana un poco en los pantanos de Luisiana y empalidece al colocarla junto a Le doulos, pero el hecho de que sea una obra recóndita, casi secreta, no deja de ser un plus.

    Otrosí… Mi vida está pendiente de un hilo. Aguardo sus filtraciones de información privilegiada, señor Esbilla.

    Siempre suyo, Sr. Feliú

    1. La noticia, de momento, es que no hay noticia…

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