La película es la máquina: Terminator Salvation. Acabar al principio

Cuarta entrega del dossier sobre la saga Terminator publicado en Ultramundo realizado a medias junto a Ivan Suárez, quien se encarga de los correspondientes Así se hizo.

Terminator 1984

Terminator: el juicio final 1992

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Escribía Diego Salgado en Miradas de Cine cuando “Terminator Salvation” estaba recién estrenada que sus responsable no había comprendido que para Cameron «el espectáculo no era en Terminator y su primera secuela una manera de eludir el horror vacui existencial, ni de llegar a ese clímax de la “sensación sin narrativa”, cercana a lo pornográfico». Se podría decir que la película de McG (sic.) ejemplifica, con su lapso perfecto de 25 años, la deriva en una manera de concebir el cine de gran aparato (o aparatoso), ese género codificado en ese mismo espacio de tiempo que hemos convenido en llamar el blockbuster.

Pero sería injusto, porque hay blockbusters y blockbusters y sus mutaciones demandan una mirada más pormenorizada y menos generalizadora. En todo caso se ejemplifica a sí mismo, a la deriva de una serie, que puede admitir paralelismos como otras (¿es “Terminator Salvation” el equivalente a “Alien Resurrection”, espíritu/tono de cómic y fuga del universo cerrado de la franquicia original inclusive?) y a cierto modo de afrontar las películas como patchworks, como si sus partes estuviesen exentas y no formasen parte de un continuo o un todo homogéneo; como si la lógica/universo interno de la ficción cambiase sobre la marcha, con el fin de acoger por un lado el mayor número de referentes/homenajes/robos posible y por otro contentar a un target específico que va buscando un momento particular.

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“Terminator Salvation” es uno de estos patchwork, una hipersecuela que al contrario que “Terminator 2: el día del juicio final”, no es una ampliación del original, ni tampoco, caso de “Terminator 3: la rebelión de las máquinas”, un regreso al punto de partido, sino una reimaginación, un paralelo. Precuela o para-secuela más bien, ya no continúa, prefiere reciclar, manipulado el recuerdo pop de los films de Cameron, de los cuales entresaca, des/recontextualizados, frases icónicas, motivos visuales, tropos argumentales, secuencias… para injertarles el mínimo de inquietudes contemporáneas, manifestadas en ese angustiado hombre sin pasado, ignorante de su condición híbrido de carne y tecnología que nos habla (o así) de la pérdida/disolución de la identidad en un presente de avatares prestados; tema este retomado con mayor fortuna en los anda desdeñables remakes (o adaptaciones) de Desafío Total y Robocop firmados por Len Weisman y José Padilha respectivamente.

La estructura de patchwork, hipermoderna va más allá de la adaptación, más que secuela, de los motivos del díptico de Cameron y consisten en una fagocitación general de referentes: aquí Transformers, allí Matrix, por el otro lado Mad Max, sin olvidar Alien 3 o añadir imaginería de cómic, remitiendo por ejemplo a los pozos de Apokolips del Cuarto Mundo creado por Jack Kirby y vigilado por la maldad absoluta, deshumanizada e inhumana de Darkseid… lo que sea preciso en cada momento, casi en cada plano. Para dar la sensación de homogeneidad se cubre el compuesto con una capa de gravedad, de melodrama me refiero, que incluso podría llegar a funcionar si el metraje no se disparatase hasta cerca de la dos horas, la mitad de las cuales son ininteligibles por mucho que los personajes se detengan a rellenar en voz alta los huecos.

Estas piezas, que no tiene valor dramático o argumental, sino meramente iconográfico, dispuestas para llamar la atención de un espectador familiarizado que recibe el guiño mientras es sacudido sin pausa por el espectáculo digital, cuya textura líquida permite, primero que el film parezca más caro de lo que en realidad es, y segundo plantear secuencias como la de la presentación de John Connor (Christian Bale), como soldado de élite de la Resistencia, con algunos pseudoplanos-secuencia que replican la estética/luz/color de videojuegos tipo Call of Duty.

“Terminator Salvation” parece (es) una de esas películas-promoción de su propio videojuego, que será (es) el negocio real, mostrando como la pantalla grande se ha convertida en subsidiaria de la pantalla pequeña. Es también, un producto para el nuevo consumidor, cuya espectacularidad fútil, sostenida apenas por un guión que barca los primeros 45 minutos del metraje, sugerentes incluso al limitarse a plantear y no tener la obligación de resolver, está destinada a un consumo en salas limitado y a uno doméstico ilimitado.

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Como otras –la saga Residente vil, la saga Transformers, la saga Fast & Furious…- “Terminator Salvation” es una superposición de trailers, que no de set pieces, que pueden consumirse aislada y aleatoriamente. Sentado en su casa, con el mando del DVD o con el ratón en la mano, uno puede entrar y salir de la película en el punto que quiera, puede dejarla y retomarla, tenerla como un ruido de fondo, verla o mirarla, saltar capítulos y mezclarlos… no perderá el sentido, puesto que no lo tiene. Su ordenación inicial en la sala de montaje es ya solo una convención comercial, que además será variada en la preceptiva edición dvdegráfica ampliada con nuevas escenas, igual de aleatorias que las originales. Un cine random para un consumidor intermitente que además, tiene ya en su casa los medios, para manipular el material de la propia película, desacralizando el mismo en un proceso que ha culminado desde los inicios del video y las ediciones Beta y VHS.

Ir al cine implicaba eso mismo, “ir”, un acto del espectador hacia el producto. La película esperaba por nosotros en su propio habitáculo privado, era proyectada en una pantalla enorme y nosotros la recibíamos de modo pasivo. Cuando comenzamos a ir al videoclub la relación cambió: todavía estaba el “ir”, el acto ritual, pero ahora nos llevábamos la película, la tocábamos con las manos, la manipulábamos, teníamos poder sobre ella. Podíamos retroceder y avanzar, ver solo nuestros momentos preferidos e incluso copiarla, serializarla en un gesto de pop doméstico.

Hoy, nosotros somos los sagrados. Ni siquiera tenemos que movernos para tener la película en casa, no la necesitamos físicamente, solo su incorpóreo fantasma de la internet, invocado en un solo click, en una breve búsqueda. Y luego podemos convertirla en lo que queramos. Podemos seguir adorando su belleza o podemos hacer de ella una colección de gifs, reduciendo el cine a su origen como loop, a la unidad básica del movimiento perpetuo. Podemos convertirla en fondo de escritorio o remontarla en ediciones del espectador. Nuestra manos ya no está sobre la película, no existe una caja que nos separe de ella, mucho menos la distancia mística entre la butaca y el ojo, hoy nuestras manos están dentro.

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“Terminator Salvation”, si hacemos abstracción de la mitología prestada que utiliza, si decidimos ver nuestra propia película, tal es nuestra prerrogativa como espectadores/consumidores hipermodernos e interactivos, y esto resulta lícito pues las piezas existen y solo hay que reordenarlas al gusto particular, no es (o puede ser) otra cosa que un Apocaliptrash italiano de los primerísimos 80, con su antihéroe impertérrito, de spaghetti-western revenido mezclado con el genotipo en boga en el momento  -Mad Max, Snake Plisken, Terminator o hasta Conan si se terciase…- atravesando un polvoriento aftermath en compañía de un sidekick infantil/juvenil –aquí un joven Kyle Reese y una niña muda- y con la puntual ayuda de alguna maciza. Todos ellos buscando contactar con algún otro grupo de supervivientes dirigidos por el mesiánico líder de turno. La distancia entre un Enzo G. Castellari y un McG que pendiente,  a la espera de algún estudio que cruce el cine-consumo de la decadencia de los cines de repertorio y doble sesión, con el de la edad digital, contando como paso intermedio con el ascenso del vídeo y la televisión y como todo esto determina no solo modos de consumo, sino planteamientos estético y (a)narrativos.

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