Más variaciones Caine: El cuarto protocolo. Espías de aquí y de allá

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Desconozco la novela homónima de Frederick Forsyth en la que se basa la película de idéntico título, El cuarto protocolo, lo cual me ha ahorrado y me ahorrará ahora la normalmente enfermiza tentación de la comparación entre medios diferentes. Tampoco se, por tanto, si la película traslada con propiedad las ideas de Forsythe o si mantiene una siempre recomendable fidelidad espiritual o en cambio tergiversa el original (al parecer se mantiene relativamente fiel, aunque existen refundiciones de personajes, aligeramientos de subtramas y alteraciones generales, especialmente en torno al histórico personaje del agente británico traidor Kim Philby), el cual por otra parte aparece adaptado por el propio Forsythe, aunque en realidad su labor de guionista fue escasa, por no decir nula, recayendo este cometido en una de las interesantes personalidades implicadas en esta apreciable película, el gran guionista George Axelrod.

Si bien el libretista neoyorkino se ha ganado la posteridad merced principalmente a su implicación en dos comedias, La tentación vive arriba (1955) que ya partía de una exitosa obra teatral propia y la mitificada versión de Capote, Desayuno con diamantes (1961), a la que se podría unir esa joyita misógina de Richard Quine que es Cómo matar a la propia esposa (1965), no carecía de experiencia en el terreno del enrevesado thriller de espionaje que tan buenos títulos dejó durante la década de los 60. En el caso de Axelrod su aportación al periodo consistió en poner la base para la magistral (y crítica) paranoia de la Guerra Fría,  El mensajero del miedo (John Frankenheimer, 1962).scan_4th_protocol06

    Sin moverse de la década de los 60 situamos igualmente al intérprete principal de El cuarto protocolo, soberbio siempre Michael Caine inmerso en el submundo de los espías sesenteros a través del tríptico sobre el descreído agente a la fuerza Harry Palmer, en un tríptico de adaptaciones de novelas de Len Deighton. Las dos primeras por completo memorables, Ipcress dirigida por Sidney J. Furie en 1965 y Funeral en Berlín a cargo de Guy Hamilton dos años después, y una tercera realmente deplorable, Un cerebro de un billón de dólares (1968), que contó con la realización de un primerizo Ken Russell y donde se bastardizaba la naturaleza original de Palmer y de su películas como contrafigura rabiosamente humana del triunfal James Bond. No en vano ambas sagas estaba producidas por los entrañables Harry Saltzman y Albert «Cubby» Broccoli, dispuestos a no perdonar ni una sola faceta del fenómeno del espionaje cinematográfico, con lo cual no es raro el constante trasvase de técnicos y directores de una a otra.

Menos extraña, aunque sí bastante lamentable, resultó la resurrección de Palmer a mediados de los 90 en un par de telefilmes, El expreso de Pekín (George Mihalka, 1995) y Medianoche en San Petesburgo (Douglas Jackson, 1996). Tan olvidables como otro trasunto del personaje, acometido muy poco antes por el temible Russell Mulcahy y que fue conocida en España por un título a su altura: Seducción peligrosa (1992). Desde luego esta fijación de Caine por el personaje o por tipologías similares no solo indica, ciertamente, una tentación del camino fácil, también un cariño hacia esa encarnación cínica, carismática y humanizada del espía que supuso su primer gran triunfo personal.

 De tal manera Palmer aparece también reflejado/integrado en el Preston de El cuarto protocolo. Preston es Palmer en el futuro, convertido en reliquia. Este, si bien carece de las aristas más jugosas de su gran creación sesentera, lo recuerda en gran medida: Palmer era un ex ladrón prácticamente chantajeado por el servicio de inteligencia y aquí, su primera aparición será reventando la caja fuerte de un compañero con el fin de probar que está pasando información al enemigo. Ambos, desencantados, son desafiantes con la autoridad y ferozmente individualistas, piezas extrañas en un engranaje que penaliza el pensamiento propio (la acción personal de Prestron, acertada en el fondo, le costará su enésimo enfrentamiento con su inepto superior que lo destinará a controlar las entradas en los puertos y aeropuertos del país), dolorosamente conscientes de haber sido manipuladas por intereses oscuros. Si en Ipcress son los propios ingleses quienes organizan un siniestra pantomima en las alcantarillas de un Londres transformado en prisión albanesa, aquí el protagonista se descubrirá dirigido desde las sombras por las dos cabezas principales del espionaje británico y ruso, capaces de jugar con el peligro de un atentado atómico con el fin de garantizarse sus puestos. Siendo, en premonición, el agente británico encarnado por Ian Richardson, pronto Francis Urquhart, el despiadado überpolítico de la serie House of Cards.

   Territorios estrictamente palmerianos aparte, la filmografía como espía (o sus derivados) de Caine conecta la existencia de El cuarto protocolo con otra serie de trabajos coetáneos, desde la inmediatamente siguiente La sombra del delator (Simon Langton, 1986) hasta esa curiosidad que supone su protagonismo en El hombre rompecabezas (Terence Young, 1983) donde incorporaba a una suerte de reimaginación de (precisamente) Kim Philby, mezclada con resabios casi prestados de la formidable Plan diabólico (1966) de Frankenheimer, responsable éste, a su vez, de la simpática El pacto de Berlín (1985)… y primera opción para rodar El cuarto protocolo.

En esta corriente incluso podría considerarse la presencia de La calle de la Media Luna (Bob Swaim, 1986), especie de thriller entre lo romántico y la política ficción donde Caine comparte cartel con la estupenda Sigourney Weaver y que adapta a Paul Theroux libremente inspirado en el célebre affair Profumo. Pero si una película de esta época tiene hilo directo con El cuarto protocolo esa es la recuperable El cónsul honorario (1983), traslación de un original de Graham Greene por parte del prestigioso Christopher Hampton que supone un trabajo sobrio y honesto, una de las mejores películas del actor durante la década de los 80 (coherentemente Caine estuvo presente en otra adaptación de Greene con no pocos puntos en común con esta, la también notable El americano impasible, realizada en 2002 por Phillip Noyce) y su primer encuentro con el director John Mackenzie.

    No resulta difícil colegir que es la presencia de este director, irregular pero reivindicable, la que vacuna la película de la posibilidad de convertirse en uno de esos trabajos anodinos y despersonalizados arriba consignados (igual que la personalidad de Frankenheimer rescataba El pacto de Berlín) y del mismo modo su seca puesta en escena y la ironía con que reviste al conjunto liman en lo posible su aire de anacronismo histórico-cinematográfico.

Desaparecido en la televisión después de un curioso acercamiento a la figura de Jack Ruby, el hombre que disparó contra Lee Harvey Oswald, en La conspiración de Dallas (1992), el escocés, que comenzó en el cine como ayudante de Ken Loach a finales de los 60 y experimentado realizador de dramáticos en la activa televisión británica del cambio de décadas (que acogió a otros futuros autores como Stephen Frears, por ejemplo) es reclutado en esta ocasión, como quedó dicho, por un Michael Caine satisfecho de la anterior experiencia en 1983. A Mackenzie se debe también la brillante idea de incorporar a Pierce Brosnan como oponente, jugando así con la imagen que el actor se había labrado en la divertida serie Remington Steele (en el aire entre 1982 y 1987) y  sobre todo con la posibilidad cierta de que hubiera sustituido scan_4th_protocol05a Roger Moore como James Bond, a lo cual tuvo que renunciar precisamente por cuestiones de su contrato televisivo. Mackenzie recupera para Pierce Brosnan una caracterización de gélido asesino que ya le había encargado, en un rol mucho menor, en la formidable El largo viernes santo, obra maestra de la filmografía del director y film capital en la escuela gangsteril británica fechada en 1980 y protagonismo para un descomunal Bob Hoskins acompañado de la no menos talentosa Helen Mirrren (incluso existe una secuencia análoga, ya que en ambas Brosnan seduce a otro hombre con la intención de asesinarle tras ofrecerle favores sexuales).

De tal modo Mackenzie se establece como vértice entre los dos oponentes, orquestando una lectura subterránea que podría verse como un enfrentamiento de trasuntos. Por un lado la reminiscencia de Palmer y por el otro la versión telón de acero de James Bond, el espía individualista y el integrado. Mientras Preston/Palmer mantiene su independencia y cuestiona las órdenes y motivaciones el bondiano (más que anti-bondiano su contrapartida especular del Este) Petrovsky / Ross encarna, desde una óptica una tanto retorcida pero no menos cercana al original algunas de las características del, por otra parte, mucho más estilizado espía de Ian Fleming. Es frío como un témpano, una máquina de matar que no cuestiona las órdenes y actuar con elegancia letal, sin despreciar apuntes sádicos y una notable furor sexual. En este campo se sitúa uno de los hallazgos de la cinta, Ross se frustra progresivamente y se obsesiona con la esposa de su vecino, pero al contario que Bond no se aparta de su misión para cortejar, realismo obliga, aunque poco tardará en satisfacer este ansia con la agente encarnada por la estupenda Joanna Cassidy, encargada de ayudarle a montar el explosivo en una larga y tensa secuencia, magníficamente filmada, hermanando suspense y tensión erótica a cada cual más mortal.

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