Corrientes: una deriva para el cine fantaustraliano

Escrito originalmente para el festival Nocturna y publicado en Scifiworld

 

En 2005 se estrena Wolf Creek (Greg McLean, 2005) y todo recomienza; una vez más. El cine de terror y lo fantástico, las partes al margen de la realidad, habían caído en desgracia dentro de la precaria estructura industrial del cine y la cinematografía australiana, que prefería mezclarse con la corriente mayoritaria de entre siglos y ofrecer producciones de estilo independiente internacional. Pero se estrena Wolf Creek y es como si alguien hubiese apretado un gatillo que llevaba demasiado tiempo oxidado.

Un año antes.

La película de Greg McClean fue la bala de esa pistola, pero la mano que la accionó ni siquiera estaba en Australia en aquel momento. Le pertenecía a Saw (James Wan, 2004), el taquillazo de James Wan que nadie quiso producir en el país. Wan había sido incapaz de lograr financiación para un nuevo trabajo tras la modesta Stygian (James Wan y Shannon Young, 2000). El guión, había sido tanto por las contadas microproductoras y como por Film Finance Corporation, la principal unidad gubernamental para el desarrollo y financiación. Tenían 5000 dólares, y con eso bastó para rodar una secuencia de presentación y dar el salto al mercado USA. La Evolution creyó en las posibilidades y Wan y su co-guionista, el también actor Leigh Whanell, se encontraron rodando en Norteamérica. Para ello tuvieron que canjear sus sueldos por una opción en los beneficios. Estos fueron gigantescos.

Los emprendedores independientes y la FFC  habían tenido bajo sus narices el mayor éxito del cine australiano desde Cocodrilo Dundee (Peter Faiman, 1986)… y no lo había reconocido. Para prevenir que esto volviese a suceder el veto sobre el horror se levantó al tiempo que los independientes viraban hacia el género. Un libreto que llevaba un tiempo dando vueltas, se materializó en ese otro gran éxito: Wolf Creek.

1975.

Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, Peter Weir, 1975) salió de la nada. Fue una visión hermética, opalescente, de la australianidad. Peter Weir, que provenía de las filas del cine punk emergido del underground de los primeros setenta definía de una sola vez el sentido intrínseco de una nación: el misterio. No ha donde lleva este, no sus conclusiones. Solo el misterio, cristalino, cuya resolución solo puede conducir bien a la decepción, bien a la locura, como en el caso de la gótica Summerfield (Ken Hannam, 1977).

La película, que adapta una novela de Joan Lindsay, trascurre durante el día de San Valentín de 1901, un mes después de la independencia de la nación y en mitad de una década a la busca de una identidad nacional que entendió como el cine, con su poder de comunicación, podía ser la articulación ideal de la misma desde la creación de una mitología propia, singular. El cine australiano, como tal, nacía entonces. Era la década del Revival.

Weir ofrecía la visión, literalmente, fantasmática, de un país a base de explorar las creencias aborígenes de la existencia, no paralela sino intrincada, de dos realidades igual de tangibles: la del sueño y la mundana. Picnic en Hanging Rock, como dos años más tarde La última ola (The Last Wave, Peter Weir, 1977), sucede en el parpadeo entre realidades, en la sangría de todas las cosas.

30 años después.

Greg McLean recuperaba el outback como territorio amenazante, como espacio angustioso, al tiempo infinito y oclusivo. La huida de los desprevenidos campistas que encuentran a Mick Taylor no tiene esperanza alguna porque el asesino tiene al territorio de su lado; más aún: es parte del mismo. Taylor es la encarnación torcida de Mick Dundee, el bushman quintaesencial, que a su vez es el australiano arquetípico. El tipo que habla alto, se ríe con ganas y se las sabe todas, el hombre en tierra de hombres.

1971.

Un profesor de un colegio perdido en mitad de ningún lado intenta volver a Sidney durante sus vacaciones. Esperando su tren tiene que hacer noche en Bundayabba, una pequeña población minera. Nunca saldrá de allí; solo para volver a la casilla de salida.

Wake in fright (Ted Kotcheff, 1971) iniciaba el cine de terror australiano, y ni siquiera pertenece al género. Está llena de buenos muchachos, como Mick Taylor, como Mick Dundee. Les gusta beber, pelearse y disparar a los canguros. Y quieren que seas su amigo, porque todo el mundo es su amigo, así que no vayas tú a joder con lo contrario.

Un año antes.

Nicolas Roeg llegaba con su cámara y su ojo extraño a Australia como quien llegaba a Marte. El paisaje lo dejaba en estado de alucinación permanente. De allí saldría Walkabout (Nicolas Roeg, 1970), que al igual que Wake in Fright refunda (o funda) el fantástico australiano sin saber que lo hacía y sin tener nada de fantástico. Con ello, en una clave que recogerá Peter Weir, intuye que en aquel espacio alienígena lo fantástico es un sentimiento, un estado perceptivo amplificado aquí por una formulación psicodélica de la realidad. Como Wake in Fright, la película de Roeg es un viaje, pero ambas son contrarias: la primera desciende a la barbarie, la segunda asciende al primitivismo.

9 años después.

El último de los interceptores atraviesa a toda velocidad una carretera que es una línea recta sin principio ni final. El Jinete Nocturno conduce en dirección contraria, pero el último de los interceptores nunca se aparta de su línea recta. Es un héroe que todavía no lo sabe. Es el héroe que buscaba, sin saberlo tampoco, el cine australiano. Su primer mito moderno, el más perdurable, el más perfecto.

La saga Mad Max es la materialización en imágenes de loca belleza y furia cinemática del camino del héroe, y como las películas de Roeg y Kotcheff asciende al primitivismo y desciende a la barbarie: parte de la destrucción de la civilización tal y como la conocemos y llega al alba de una nueva, fundada sobre las cenizas de la anterior y bajo la égida del héroe renegado: Mad Max Rockatansky.

George Miller, como Weir, hace su propio descubrimiento: el paisaje, otra vez, australiano es el lugar ideal para el cine postapocalíptico porque es el lugar donde el apocalípsis ya sucedió. Las creencias aborígenes se basan en una concepción cíclica del tiempo, donde destrucción y en nacimiento son momento lógicos de un continuo circular, eterno. Quizás Mad Max, salvajes de autopista (Mad Max, George Miller, 1979) empiece donde La última ola termina. Y así.

 

Y en SeptiembreCine_Australiano

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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Sam dice:

    ¡Enhorabuena, Adrián!

    La oportunidad de seguir descubriendo buen cine no tiene precio, y septiembre está ahí mismo.

    (Contendré mi impaciencia)

    Saludos.

  2. Sam dice:

    Una vez más, enhorabuena, Adrián, ya con el libro.

    Se lee solo, mérito de quien lo escribe.

    Un abrazo.

    1. Mil gracias, caballero!

  3. Mónica Vega dice:

    Me encanta Adrian, un gran trabajo !

  4. John Space dice:

    Buenas noticias: _Mad Max Fury Road_ es un grindhouse de verdad; con un presupuesto de III, claro, pero también con toda la delirante diversión de II (con Brendan McCarthy coguionizando, difícil fallar). Y además, por fin Theron hace una película que vale la pena ver. Bien, Miller, bien.

    1. Es tremenda, cierto. Pero no lo es menos que Miller ya había llegado allí en el 82 con muchos menos medios de todo tipo.

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