España necesitada: Dr. Jekyll y El Hombre Lobo. Pastiche de monstruos

Completa en Ultramundo, con un “¿Cómo se hizo?” a cargo de” Carlos “Proyecto Naschy” Benítez profusamente ilustrado y documentado.

http://cineultramundo.blogspot.com.es/2014/09/critica-de-dr-jekyll-y-el-hombre-lobo.html

 

doctor jekyll hombre lobo werewolf - 1972 klimosvsky - Lobby008

Para Paul Naschy, o para Jacinto Molina que son el mismo pero no lo son, los monstruos clásicos empiezan en el pastiche. Las ensaladas de criaturas de la segunda Universal donde se establecía un proteico y promiscuo universo compartido donde Esmeralda la Zíngara, el Conde Drácula, el Hombre Lobo o hasta Billy el Niño hicieron que el Naschy/Molina espectador recibiera a los mitos ya desacralizados.

Aquel mundo de cine barato era el lugar de lo imposible, lleno de vástagos y herederos, de hijo e hijas de vampiros y destripadores que cruzaban alegremente sus aventuras näif. Los monstruos había sido bajados definitivamente de los altares de la literatura convulsa del XIX o los albores de la vanguardia del XX, y también de sus revisitaciones cinematográficas primigenias del silente, igualmente vanguardistas.

Pero, singularmente, aquel nuevo teatro de operaciones tenía algo de avant garde. Su inmersión en lo más puramente popular se abría al dadaísmo, al surrealismo, la cadencia de apariciones y crossovers tenía cierto aire de escritura automática, de ocurrencia si destilar, mucho menos racionalizar: Si podías mezclar a Drácula con Billy el Niño… ¿por qué no hacerlo?

El cine español de la época del terror de pipas, la década de los 70 más la calderilla, reverdecía aquellas prácticas de acuerdo a los mismo presupuestos –crematísticos y espirituales- de la serie B de mediados de los 40; en especial si Naschy/Molina estaba de por medio. Aquel cine era un tebeo, un bolsilibro, no en vano su auge, esplendor y caída van en paralelo al de la literatura de quiosco (coincidentes hoy, además, la reivindicación de ambos, en incluso su práctica), cuyas vívidas portadas, llenas de promesas, cobraban vida durante hora y media de frenesí colorista, castizo y descarado. El hecho de que aquel cine fuese subindustrial nunca fue impedimento para el flujo de ideas, descabelladas la mayoría, imposibles de poner en práctica con unos mínimos. La voluntad de hacer, la ilusión que impedía ver hasta las propias limitaciones, pesaban más.

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“Dr. Jekyll y el hombre lobo” explica mejor que ninguna otra de sus películas los orígenes de Naschy/Molina como espectador (y fan). Toda la saga de Waldemar Daninsky está poseída por el pulp, por la (i)lógica del bolsilibro, por su urgencia y su creatividad sin posibilidad de revisión, de corrección de estilo ni de erratas. El fantaterror español es un cine de la errata, un cine sin editor, ni corrector de estilo.

Transilvania es la Sierra de Madrid y un exterior (de recurso) londinense se alterna con un carpetovetónico interior ibérico en una surrealista violentación del espacio y la continuidad. La geografía es maleable, mejor dicho, carece de importancia y se pliega ante la voluntad/necesidad de la película. Es art-brut y en él todos los planos parecen descartes –de películas, de tebeos, de fotonovelas, de vacaciones rodadas con un tomavistas….- Sin saberlo, porque esto si se hace de verdad y con sinceridad es sin saberlo, León Klimovsky (como podía haber sido cualquier otro) filmaba cine experimental. Baja cultura que no reniega de sí misma, que no aspira a otra coas, que no es irónica, que es honesta, pura en su brutalidad, primaria.

Siguiendo esta corriente surreal, que desestima el cálculo a favor de la pulsión, del capricho, Dr. Jekyll y el hombre lobo solo responde a dos cosa: el narcisismo y la nostalgia.

Naschy/Molina quiere interpretar a dos monsters (que son tres personajes) y uno de ellos nuevo en su galería, Hyde, siendo además el primera actor que lo hace y el primero hombre lobo de personalidad múltiple, que no dual (como lo es el propio Naschy/Molina). Quiera, además, homenajear/recrear las películas que le fascinaron de niño, las ensaladas de monstruos de la Universal, los pastiches. A través de estas pulsión/capricho dota de personalidad, de singularidad, al fantaterror español en el contexto, vibrante, del cine bis de la época (en especial el europeo). El pastiche, el bolsilibro cinematográfico, será lo que distinga a España. Todo es posible en sus películas. Son más cutres que ninguna, pero menos sórdidas, más depravadas, pero también más näif y están llenas de erratas. Son necesarias: una espita, una evasión instantánea, sexual, violenta que convierte el paisaje español y su carácter  en Transilvania… o en cualquier otro lugar exóticos que es igual que las afueras de Madrid o que los interiores de un pueblo castellano.

Terri Hooley, el creador de Good Vibrations Records en mitad de los años más duros de la Guerra en Irlanda del Norte dijo que “Nueva York tenía los cortes de pelo, Londres tenía la ropa, pero Belfast tenía las razones”. El fantaterror español es un alarido punk, pero es festivo como el de Belfast y aunque no tuviese ni el estilo, ni el genio de los ingleses y los italianos, tenía la necesidad.

Waldemar Daninsky, hombre lobo melancólico y romántico, encuentra, como el espectador español, un alivio al transformase en Hyde y dejar salir de manera consciente aqeullo que el hombre lobo que lleva dentro solo hace de forma inconsciente: sadismo (sadiano), crueldad, depredación sexual, hambre por vivir sin barreras…sin ley civil, moral, ética o religiosa de ningún tipo. Waldemar no sabe lo que hace cuando es un hombre lobo, ni lo recuerda después, pero los vagabundeos de Hyde por el peor Soho de la historia los tiene perfectamente presentes y no quiere dejar de ser ese nuevo monstruo. Al contrario que el hombre lobo, Hyde quiere perpetuarse, no hay maldición en su comportamiento, está asumido y es disfrutado. Quizás por eso la muerte de este Waldemar -uno de los muchos del multiuniverso de variaciones sobre el (mini y auto)mito de Naschy/Molina- sea la más trágica (y ridícula): por primera vez pierde algo que de verdad quería y gozaba: la depravación total.

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