El guerrero melancólico: Conan el bárbaro. Una ópera

En marzo de 1982, Alan Moore publica la primera entrega de Marvelman en la revista Warrior. Es su interpretación definitiva del Superhombre. En abril de ese mismo año se estrena en Inglaterra, Conan el Bárbaro. En ella, el objetivo de John Milius es análogo al de Moore. Ambas aparecen prologadas por una frase de Friedrich Nietzsche:

«Atención…Yo os enseñaré al superhombre: es este relámpago, es esta locura», mientras la viñeta hace un zoom sobre una página dividida en ocho cuadrículas con dibujos de Mike Anglo: de la sonrisa de un dios rubio pop hasta lo profundo de un ojo negro.

«Aquello que no nos mata, nos hace más fuertes». Letras épicas sobre fondo negro.

La cita de Alan Moore pertenece a “Así habló Zaratustra”. La de Milius a “El crepúsculo de los ídolos”. En 1987, Alan Moore intentó crear en la DC la saga que culminaría su proceso de análisis, deconstrucción y reconstrucción de la mitología de los superhéroes: Twilight of the Superheroes. Aquel frustrado Ragnarok evocaba en su título la obra que Milius cita en Conan el Bárbaro. Esta misma es una pieza sobre la creación de un mito, de un superhombre.

Conan el Bárbaro es una ópera sin texto, una sinfonía primitiva. Una película silente rodada tras la caída del nuevo Hollywood. Es John Milius abrazando su anacronismo vital y sublimándolo a través de la música de Basil Poledouris.

No hay diálogos hasta pasados veinte minutos. Solo breves soliloquios, bien en off, bien dentro del relato. Son lecciones, parlamentos, sentencias, que como las didascalias de un tebeo sitúan en el tiempo y el espacio tanto físico como místico.

Conan el Bárbaro, como la mayoría de las películas de Milius está llena de relatos dentro del relato. Hombres contando historias, narradores. Milius, narrador, iguala en su cine la importancia de la imaginería y de la oralidad para la construcción de los mitos.

Todo el ataque sobre el poblado del joven Conan (replicado por Clint Eastwood en El jinete pálido) es música e imagen. La primera es conducida dramáticamente por la segunda, como en los primeros largometrajes animados de Walt Disney.

La muerte de la madre de Conan, ejecutada ceremoniosamente por el villano Thulsa Doom, no incluye intercambio alguno. Este pasa de presencia a personaje completo en virtud, exclusiva, de la música, la presencia de James Earl Jones, quien parece moverse a cámara lenta, y el hieratismo de la composición. Contemplativa y violenta, esta secuencia marca el ritmo interno de la película mediante la yuxtaposición de la composición del plano, la banda sonora y un sentido épico del montaje, operístico.

Todo se queda en Conan el Bárbaro en pantalla el tiempo suficiente para perdurar. Los restos de una secuencia, así, parece vivir todavía en la siguiente, alimentando la creación de un guerrero melancólico; oscilante entre la acción kinestésica y la quietud escultórica. En En 2009 Valhalla Rising parece buscar como interlocutor a Conan el Bárbaro. Otro viaje, otro héroe místico, otro guerrero melancólico.

El Conan de Milus es su propia interpretación del original. Más cercana al ideario de Robert E. Howard, que a la reinterpretación que popularizaron los cómics de la Marvel, si bien la representación física estaría más emparentada con la de John Buscema (o sus entintadores) que con la gracia prerrafaelita de Barry Windsor Smith; aunque, paradójicamente, algunos de los relatos invocados en la película fuesen ilustrados por este en la viñeta. Conan, para Milius, para Howard, representa la racionalidad brutal e inmediata del acero; su realismo irrefutable frente a las sibilinas formas y engaños de la magia, de lo oculto, de lo fantástico… o de lo tecnológico, o del progreso, o del presente.

Como otras veces en el cine de Milius, Conan representa el viaje (hacia el conocimiento y hacia el mito). Son las estaciones del héroe legendario, incluida la muerte. Martirizado primero (crucificado con en una icónica imagen pensada por Howard en “Nacerá una bruja” e inmortalizado por Buscema), entre mundos después, el héroe debe morir para transmutar en leyenda, para trascender la carne y tocar el imaginario. “Conan el Cimmerio no llora, por eso lloro yo por él”. Mito.

Conan habla con el Hombre sin Nombre de Sergio Leone en Por un puñado de dólares. Es un revenant que, como en Django, padre del spaghetti-gótico del cual Leone es madre, protagoniza el showdown en un mausoleo: un cementerio de túmulos de reyes y guerreros que sintetiza un tercio final dominando por un sentimiento y un instinto de muerte. Incluso Valeria, que por un momento es Belit, aparece espectral: un ángel armado, otra oportunidad en el infierno.

John Milius es un autor sincrético y en sus imágenes e imaginario, conviven Robert E. Howard y Joseph Conrad, Shakespeare yMasaki Kobayashi, Akira Kurosawa y Frank Frazetta. Conan el Bárbaro es una versión pulp de “El corazón de la tinieblas”, la obra-tótem del cineasta. En ella converge el todo-Milius. Es una película de aventuras y un western, un kwaidan (Y una reeleboración de Kwaidan) y una parábola post-Vietnam.

Hay un malévolo paralelismos entre los acólitos de Thulsa Doom (Children of Doom/ Hijos de la condenación, como si fuese el título de un perdido disco de psicodelia) y los hippies del verano del amor ya las protestas contra la guerra a la cual John Milius nunca pudo ir. Tal vez por eso escribió esta película junto a Oliver Stone, que sí fue, y voluntario.

Milius parodia los rituales y la parafernalia de los 60 desde unos 80 que se abren al reaganismo y a la búsqueda de héroes de un pasado mejor, más sencillos: Superman, Indiana Jones… Conan. Pero también satiriza la religión organizada, el engaño opiáceo del creer en una organización superior, de masas, que anula la individualidad y su misticismo. El orientalismo y el paganismo convergen en Milius. También el libertarianismo y el bushido. Anarquismo Zen. Inefable idealista, buen salvaje él mismo; tan sencillo, tan fuera de tiempo.

Cuando Conan aparece tras Thulsa Doom y le corta la cabeza con la espada rota de su padre, el mito reverbera en mil y una significaciones. Conan rima con Willard. Thulsa Doom con Kurtz. Hacia las tinieblas. Apocalipsis Now que  nunca pudiste hacer, John. La película queda suspendida en un epílogo cavilante. Conan, por el acero, por la espada, ha terminado con un tiempo: ¿Qué hará en el siguiente?

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8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Nunca había encontrado ese paralelismo con El corazón de las tinieblas. Siempre me había parecido de un barbarismo wagneriano, mezcla de ópera romántica, western y samuráis de Kurosawa (si es que estos dos últimos no son la misma cosa). Épica melancólica como dices, lirismo tonante, ecos mitológicos,… Mira que la he visto veces y me sigue pareciendo una película apabullante. De hecho, mucho me toca defenderla entre cinéfilos.

    1. Será entre cinéfilos que no la han visto, porque esta peli es puro lenguaje de la imagen.

      1. El esnobismo cuenta, supongo.

  2. Ah, y la fuerza que le imprime Poledouris…. De las mejores bandas sonoras del cine (tanto como prolongación de las imágenes como oída independientemente).

  3. John Space dice:

    Y sin embargo, le falta algo. Algunos sólo somos oyentes y posiblemente otros compositores sabrán mejor decir qué, pero esta ópera parece… incompleta. Maldita sea, ?qué será lo que le falta?

    1. Tal vez otro Conan, quiero decir, alguien que además de una presencia sea un actor. Pero pienso que es imposible, no hay quien pueda llenar ese personaje.

  4. cesskar dice:

    Un artículo magnífico.

    1. Mil gracias! No recordaba lo tremendamente buena que era esta película, la verdad. Me dejó impresionado.

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