Los miserables: Whiplash

Publicada en Mas24: http://www.asturias24.es/secciones/pantallas-1/noticias/whiplash-camino-de-martirio/1421262511

 

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Dice el sargento instructor Hartman en La chaqueta metálica, que lo que mata no es un fusil, es un Marine con el corazón de piedra. Al sargento instructor Hartman lo descalabra el recluta Patoso en mitad de la película, después de haber tragado suficiente mierda. A Terrence Fletcher (JK Simmons), que es sargento instructor de los Marines de la música, no solo no se lo llevan por delante, sino que su recluta termina por ganar la guerra de Vietnam con un devastador solo de batería. Fletcher, que es un murciélago musculoso que como Conrad Veidt interpreta hasta con las venas de la cabeza, es el profesor cinematográfico definitivo, el anti-Keating: un bulldozer humano que se lleva por delante todo aquello que no sea sangre, sudor y música y para quien los cuerpos de sus estudiantes no son más que instrumentos a los cuales hacer funcionar en el tempo adecuado.

Una generación de Fletchers se les viene encima a los alumnos norteamericanos, no lo duden, y es terrorífico. No hay dos palabras que hayan hecho más daño que “buen trabajo”, dice en un momento, cuando explica su filosofía de destrucción individual masiva.

Whiplash toma una fórmula perfectamente testada y la lleva al paroxismo. La depura y simplifica, reduciéndola a la lógica del duelo deportivo, que es algo que, como Jaime Iglesias Gamboa explica en su monografía sobre Robert Aldrich cualquier norteamericano entiende y por ello permite explicar todo tipo de historias.  Whiplash decía, decanta la película de alumno-profesor a su mínimo común denominador: el cara a cara.

Lo hace, además, mediante la negatividad y la determinación fanática de un héroe y sus némesis que son igual de desagradables, para que de las dimensiones primitivas y épicas de este relato físico emerja la creencia en uno mismo por encima de todas las cosas. Un ultraindividualismo  que conduce por igual al éxito y a la soledad, a la posteridad y la nada, garantizando por el camino la destrucción atroz de los menos aptos y de los otros envueltos en la competencia… y seguramente la de uno mismo, o al menos de una parte. Morir un poco en el proceso, o más bien matarse en un camino de alienación y egocentrismo.

Esta abstracción se logra por un lado mediante la reducción de personajes a prácticamente dos, un vórtice que absorbe todo, monolíticos, épicos, y por el otro a través de una precisa yuxtaposición/correspondencia entre imagen, montaje y música, marcando esta, y la película es un musical en sentido estricto, la dramaturgia, la narración y el sentimiento de cada secuencia.Demian Chazelle te lleva a donde y por donde quiere, te sacude con la fuerza de su impulso sobrehumano y te envuelve en su combate entre el gesto y el corte, entre el cuerpo y sus límites, entre el sadismo y el masoquismo, entre el talento y la apariencia del talento. Y gratifica, claro que gratifica, y no catárticamente, sino orgásmicamente.

Película autobiográfica, en algo remite al cine de hombres obsesivos a la deriva del cine USA de los 70, el de James Toback o Bob Rafelson, por ejemplo, dilucida su drama en términos absolutos: triunfo o fracaso, héroe o basura, que cantaban Los Enemigos. En la vida de los norteamericanos ni hay segundo acto, ni hay término medio. Tal vez merezca la pena verse en una sesión doble con la altamente perturbadora Foxcatcher, contrafiguara de esta; otro relato de triunfo y locura, si bien espectral y pegajoso, mortuorio. Whiplash, que no entiende de sutilizas, resulta, paradoja, terriblemente ambigua en su fascinación/repulsión por  los métodos y la ética bárbara de ser “EL MEJOR”, así: con mayúsculas, entre comillas y en negrita.

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