Adaptación al medio: El año más violento

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Una buena parte  del cine USA de los 2010, y no del cine en los márgenes, sino del de Hollywood, se ha lanzado a buscar y señalar  los síntomas originales de nuestra enfermedad presente. Un cine, se podría agrupar, durante la caída del capitalismo.; durante el tambaleo al menos. La diferencia entre el antes y el ahora, entre el ayer y el hoy, es que las cloacas no estaban a plena vista. Al cuerpo podrido del Sistema se le ha descascarillado la cobertura y su carcasa y el mecanismo que contiene, está a la vista. Una cosa es saber, y otra, muy distinta es ver.

En El año más violento, se habla un poco de esta exposición, de la apariencia de verdad y no de la verdad, y de la apariencia de legalidad y no de la legalidad. Abel Morales, self made man americano, el hombre honesto tras el sueño honesto, el que elige el camino más justo posible, el cual es bíblicamente el más estrecho, va a corromperse; incluso sin quererlo, incluso tratando de evitarlo. Porque así son las cosas, le dice la realidad, tozuda, una y otra vez. Porque así son las cosas. ¿Por qué lo hacemos?, le pregunta Abel Morales en un momento a uno de sus competidores. “Porque en el momento es más fácil”, le responde.

Casado con la hija de un mafioso, dirige un negocio legítimo, fuera de cualquier contacto con su familia política, de reparto de combustible por Nueva York. Acaba, además, de comprar una opción por un enorme depósito con embarcadero que le permitirá capacidad de almacenaje y tener acceso directo a los grandes barcos, sin intermediarios. Está a punto de triunfar, a punto de vivir el sueño. Pero, siempre hay un pero, sus camiones están siendo robados, su propia familia amenazada y la fiscalía, en plena campaña de limpieza del sector lo está investigando.

Abel Morales, se pasea bajo la sombría, angustiosa, música de Alex Ebert en su abrigo de piel de camello con una pistola figurada en la mano; y tiene la fortaleza de renunciar a usarla incluso en las peores circunstancias. A la lógica del capitalismo todo esto le da igual; tiene sus propios caminos y no distingue a los justos de los injustos. Así que a Abel Morales, que no quiere usar esa pistola, termina por salirle una propia, a medida de la mano que la va a usar.

Nueva York, la ciudad pre-Giuliani, daba miedo. Daba igual que fuese fuerte o débil, como decía Nicholas Cage en Al límite, podía con todos. La Nueva York de J.C. Chandor en El año más violento es inhóspita e invernal, indiferente y ominosa. Es un paisaje al fondo que es mejor tener lejos, pero que cuyo influjo parece determinarlo todo. Entre Sidney Lumet (mucho) yGordon Willis (algo).  Entre unos interiores tenebristas y unos exteriores crudos. Secuencias cortas, narrativa precisa y elíptica. Lo que no tiene, ni lo busca, es la dimensión épica, de fresco monumental, de los títulos a los cuales su superficie y su armazón se asemejan. No existe aquí el aura de tragedia  deEl príncipe de Nueva York, por ejemplo, y con ello se distancia también de los melodramas de James Gray, con quien se la ha emparentado.

En El año más violento, todo es vulgar y mundano. Es un drama mínimo, pero representativo. Parece una película de gangsters, pero no lo es. Lo que ocurre es que las prácticas  capitalistas, las del mundo de los negocios, no se diferencian de las del crimen organizado; en consecuencia, su retórica formal hace lo mismo: JC Chandor rueda una historia de negocios como si fuese un de mafiosos; y no notamos la diferencia.

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