Donde el apocalipsis: Australia en el fin y en el principio

Publicado en El Cuaderno # 66: http://www.elcuadernomensual.es/2015/03/portada-benjamin-menendez-polinizacion.html

1913. Australia es invadida por una entente de fuerzas asiáticas. El peligro amarillo penetra en la nación tomando todos sus centros estratégicos. La distopía es ahora. La historia ha cortocircuitado, dividiéndose entre la paranoia ucrónica y la realidad. Gana la paranoia. Australia Calls, sublima el miedo de un país blanco y anglosajón, rodeado de feroces rostros orientales. La escribieron dos periodistas del Bulletin, un popular magazine de Sydney cerrado en 2008, John Barr y C.A. Jeffries. La dirigió uno de los pioneros de cine australiano y el mejor cineasta nacional del periodo silente, Raymond Longford. Un año después cientos de jóvenes australianos se embarcaban hacia las trincheras de Bélgica y hacía las costas de Gallipoli, en Turquía. Iban a morir a puñados para comenzar así el relato de otra historia, la de Australia.

En 2010, la paranoia regresa. Tomorrow, When The War Began es una fantasía tortuosa, con algo de deseo oculto, donde los jóvenes australianos toman las armas para defender su tierra del invasor asiático. Un mundo sin adultos, un mundo de jóvenes sacrificados, hermosos y valientes. La película, que ya camina hacía su segunda parte, adapta una novela de John Marsden del año 1993, pero en realidad parece un remake de la demente Amanecer Rojo, otra fantasía, filmada en 1984 por John Milius.

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La lejanía y el aislamiento favorecen el pensamiento paranoico, el miedo al otro. Australia en tanto un lugar físico, como metafísico. La tierra extraña, la tierra el extrañamiento, donde el tiempo se vuelve loco y todo parece pasar a la vez, aboliendo cronologías. En 1986, en la distópica Dead End Drive-In , Brian Trenchard-Smith explicaba como el gobierno de una Australia futura, tan ochentera,  tan parecida a la de su presente que ni se podía diferenciar, encerraba a los adolescentes en un espacio recreativo, un autocine, con la esperanza de embrutecerlos al límite y que se exterminasen. Trenchard-Smith estilizaba y depuraba una idea similar expuesta en la exploitation, Turkey Shot, una revisitación distópica de los campos de prisioneros japoneses en la ficción (y en la realidad) de la 2ª GM. Pero en ella el peligro amarillo ha sido sustituido por las élites blancas, ociosas y corruptas. Algo similar ocurría en Daybreakers, solo que allí eran los vampiros los que habían ganado y nos consumían como a borregos; lógica vampírico-capitalista ya presente en Thirst, delirio del 79, año santo de Mad Max. A la subversión por la explotaition.

En Dead End Drive-In el enemigo es un gobierno en off, que para acelerar el proceso del odio introducía en estos campamentos a inmigrantes. El héroe logra al final saltar sobre el cercado del autocine con su coche, lanzado por una carretera que se desvanece en la oscuridad; nada por delante, directo al final de tiempo. Tal vez, desde ese mismo final del tiempo, se cruzase con el último de los interceptores V8. Al volante, “Mad” Max Rockatansky, hecho un pena.

Mad Max pilota de frente, como un maníaco sin miedo al apocalipsis, porque el apocalipsis es ahora. Él viaja por carreteras circulares, por horizontes convergentes en una bala negra de polvo y gasolina al límite. Mito australiano, Mad Max es el hombre-apocalípsis: su final fue su principio.

En 2015, Mad Max ha vuelto a encender el motor. Va lanzado, pero tiene otra cara; es el mismo y es otro. Es la señal definitiva del regreso al punto de partida; ese sobre el cual These Final Hours cuenta los últimos instantes ese cuyo espacio ya ocupa The Rover, pesadilla minimalista en los restos del ahora. Max llegará para el final, que será (que es) el principio.

El tiempo en la cosmogonía australiano es un ouroboros, una serpiente que se traga su propia cola: un ciclo. Cuando a David Burton se le caiga el cielo sobre la cabeza en forma de lluvias torrenciales y alucinaciones subacuáticas, descubrirá que solo soñó ser un hombre, como la planta de La Cosa del Pantano de Alan Moore. La verdad es que es un vehículo, un “mulkurul”, el vocero del nuevo ciclo, de la próxima destrucción. Otro hombre-apocalipsis, condenado a no ser escuchado por nadie; otra vez la paranoia. El apocalípsis de La última ola es un fin de los tiempos a cámara lenta, un rugido de fondo, como una caracola cósmica.

Las estudiantes del colegio Appleyard también se caen de la historia a cámara lenta; se caen del tejido de la realidad, en mitad de un parpadeo entre los mundos del sueños y de la cosas. Peter Weir tenía la intención de cerrar Picnic en Hanging Rock con un epílogo que clarificase la historia de la desaparición de las jóvenes estudiantes de internado en el día de San Valentín de 1900. Russell Boyd, su director de fotografía, le persuadió para sustituirlo por un evocador ballet de fundidos encadenados, que recuperaba a las protagonistas en el no-lugar de Hanging Rock; suspendidas en una superposición de realidades, extrañamente emulsionadas, fantasmagóricas.

Este apocalípsis íntimo, rodado en 1975, un año cero para el moderno cine australiano, tiene lugar en 1900, el día de San Valentín, un año antes de que Australia entrase en la historia como país. Es una extraña premonición, como una marca de lo fantástico, de lo inexplicable. En 1970, Nicolas Roeg viaja a Australia para filmar Walkabout. Acaba de desentenderse del montaje de la esotérica y lisérgica Performance, rodada mano a mano junto al escritor, pintor y mago Donald Cammell.

En Australia, Roeg descubre que el apocalípsis ya ha ocurrido. El paisaje, alienígena, es el paisaje tras el gran hongo, la experiencia psicodélica definitiva. La película cuenta el vagabundeo de dos hermanos blancos, ella la perturbadora Jenny Agutter, desde la civilización anglosajona hasta un estado de pureza salvaje: una espiral hacia el principio de los tiempos. Tal vez, otra vez, se cruzaron en el camino con “Mad” Max Rockatansky, vagabundo del pasado futuro, o con Miranda, la chica del colegio Appleyard, que se gira enigmática porque sabe que ya te ha visto, y que te volverá a ver.

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