(015) Abril / 18

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Al filo del mañana (Edge of Tomorrow), Doug Liman, 2014, USA

Hazañas bélicas con formato de ciencia ficción (y acción) que proponen, trasunto de la 2ª GM mediante, una síntesis de Starship Troopers y Atrapado en el tiempo. Por si no fuera bastante adapta una novela (ilustrada) japonesa, con toda la mítica tecnológica implícita, y asimila la lógica/progresión/dramaturgia del videojuego. Así, partiendo al completo de materiales de segunda mano logra una obra de curiosa originalidad y elegante acabado, pese a que el encanto se rompa en el último tercio. Llena de humor, apuntes maliciosos sobre la construcción de la imagen y la propaganda y notable coherencia con la carrera dentro del género de Cruise.

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Sunshine, Danny Boyle, 2007, GB

Relato de ciencia ficción que aúna catastrofismo minimalista, paranoia y psicodelia en un conjunto que no carece de imágenes. Llena de atajos, de montaje calamitoso, nulo sentido espacial e incongruencia tonal/estética, se sostiene las tensiones de su grupo humano y las mil y una peripecias encadenadas en  la solidez de un reparto internacional que explica continuamente todo lo que hacen. El último acto, imposible, se transforma en una película de horror, con psychokiller superpoderoso, grotesco y misticoide eliminando a los tripulantes entre carreras, desenfocados y mareos.

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Cincuenta sombras de Grey (Fifty Shades of Grey), Sam Taylor-Johnson, 2015

Fantasía erótico-capitalista que sintetiza la deriva romántica y la del mundo de los negocios, convirtiendo a Patrick “American Psycho” Bateman en príncipe azul  herido. Una fábula, por tanto, casi una Bella y la Bestia donde no hay perversidad, sino la imagen de la perversidad; y esta es higiénica y aséptica. En correspondencia, el acabado responde a una puntillosa, detallada, lectura publicitaria de la imagen. La historia como tal no existe, habiendo sido sustituida durante dos horas por la continuidad de encuadres/gestos/acciones/escenarios estáticos y redundantes.

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Fast & Furious 5 (Fast Five), Justin Lin, 2011, USA

Reinicio de la saga más improbable de la década que fagocita el esquema de “robos perfectos” (variante escenario exótico) típica de los 60 y rescatada por otra franquicia, los Ocean’s Eleven, para insuflarle un giro hacia el delirio. Vin Diesel y The Rock se citan en Rio de Janeiro mientras las leyes de la física se disuelven a medida que avanza un metraje que grita lujo a cada plano, iluminado y fotografiado con lujuria, al tiempo que la autoironia y la inercia festiva se imponen en un espectáculo inconsecuente e inmoral, un western subcultural que glorifica al forajido de buen corazón que destruye cientos de coches conducidos por nadie.

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Fast & Furious 6, Justin Lin, 2013, USA

La misma operación que la anterior pero ahora a partir del esquema de Misión: Imposible. Siguen las incorporaciones carismáticas del bando de los villanos y/u oponentes y la retórica de la imagen perfecta, con sus contornos gloriosos delineados como si fuese un cómic en movimiento. Se exacerba el conservadurismo, todo gira sobre la reconstrucción de la familia que forman los fuera de la ley, y la amoralidad por la vía de deshumanizar los vehículos, simples carcasas aplastables en coreografías que sintetizan lo grotesco y lo bello. Rodada y editada con precisión diabólica, conduce a sus personajes al reino de lo legendario/superheróico, donde la realidad se comba para permitirles ejecutar lo imposible y levantarse con una sonrisa chulesca.

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Radio encubierta (The Boat That Rocked), Richard Curtis, 2009, GB

Comedia lesteriana que recicla la nostalgia y la épica de los 60 en una farsa tumultuosa y (ay) repetitiva en su duración desmesurada sobre la clásica maduración de un chaval esta vez en un entorno excéntrico y libérrimo. Viñetas de un combate, que se cobra una espectacular víctima al final del metraje, entre los heroicos piratas y el aparato de la burocracia entre una selección musical que se mueve entre lo clásico, inapelable, y lo obvio. Reparto pluscuamperfecto, adoptando al completo un tono antinaturalista, personajes definidos en pocas líneas precisas, como en un tebeo, y britanidad desbordante.

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Black Sea, Kevin Macdonald, 2014, GB

Revisitación submarina de El tesoro de sierra madre, con lo que ya tenemos dos subgéneros en uno, sobre un tripulación de piezas sobrantes a la búsqueda de un pecio de la 2ª Guerra Mundial en el Mar Negro. Si se dejan a un lado todos los flashbacks/fugas, el psicologismo de fórmula y los personajes de brocha gorda (casi todo, vamos) queda un relato de aventuras clásico, viril y áspero, funcional al concentrarse en los hombres haciendo cosas y amoldado a la degradación económico-moral del presente.

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The Look of Love, Michael Winterbottom, 2013, GB

Biopic, vertiginoso y elíptico, sobre el barón del entretenimiento para adultos (y dueño de medio Soho) Paul Raymond, donde Winterbottom fusiona el tono de reportaje de la BBC con la recreación estilizada de época(s) de acuerdo a toda una batería de recursos heterogéneos. Oropel y sordidez, sexo, cocaína y tristeza en un relato que serpentea entre la crónica puntillosa, el gusto por el mal gusto, el humor y el vacío existencial al final de todo (e incluso durante). Soberbio Steve Coogan en todas las tonalidades del conjunto.

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Infiltrados en la Universidad (22 Jump Street), Philip Lord, Chris Miller, 2014, USA

Secuela para acabar con todas las secuelas (que por supuesto se convertirá en saga) que extrema los componentes metatextuales y astracanados de la original. Estúpida e inteligente, burda y sofisticada  por igual, parodia desde la puesta en escena su propia naturaleza serial y origen bastardo, la comedia romántica, el bromance, el cine de acción aparatoso y la deriva de la cultura popular USA. Ofrece, además, paralelismos respecto al cine de  Edgar Wright y Simon Pegg, al tiempo que supone la evolución de la obra de los ZAZ. Antológicos créditos finales.

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City of Bad Men, Harmon Jones, 1953, USA

Western mínimo dirigido con puntual inspiración por el televisivo Harmon Jones. Se ambiente en la tumultuosa ciudad de Carson, Nevada, durante la legendaria pelea de 1897 donde Gentleman Jim Corbett perdió el título de los pesados frente Bob Fitzsimmons. Marco real y localización temporal permiten una extraña práctica crepuscular, de fin del Oeste Salvaje, personalizada en un aventurero que regresa derrotado de la Revolución Mexicana y pretende robar la recaudación del combate…si bien termina del lado de los buenos. La historia romántica es un lastre, los protagonistas pésimos, los secundarios sólidos y Richard Boone se impone sin esfuerzo cada vez que aparece.

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Perdida (Gone Girl), David Fincher, 2014, USA

Entre el melonoir, el thriller alambicado y la farsa negra negrísima, un relato que abraza su progresivo delirio hasta desembocar en un epílogo que significa el triunfo del mal y la apariencia. Verhoeveniana en cierto sentido, prorroga el discurso de Fincher sobre la humanidad, nihilista y terrible, hablando de la construcción/destrucción/reconstrucción de la imagen como proyección falsificada (o reveladora) en un mundo hipermediático. El concurso de popularidad más cruel imaginable, un comentario social ácido, sin sutileza, desde un estilo sobrio con puntuales fugas al exceso y hábiles cambios de ritmo.

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Blackhat, Michael Mann, 2015, USA

Entre diálogos que podrían estar en klingon y una trama-excusa, Mann busca el límite de la imagen digital extremando el romanticismo y la abstracción de Corrupción en Miami. Mann fotografía ciudades, luces y espacios, gente en movimiento, gente disparando, peleando o escrutándose, gente descansando o absortas contra un paisaje que tiende al borrón expresionista, a la recodificación de los elementos en un lenguaje diferente. Lástima del aburrimiento, lástima del no atreverse a ser experimental al completo. Queda una extraña perífrasis de La huida, un Jim Thompson cybernoir donde al final, como siempre, como aquella canción de Siniestro total, todo va de matar al malo y pillar a la chica.

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Los forasteros (Hangman’s Knot), Roy Huggins, 1952

Western de/para Randolph Scott, donde escenarios, concentración del relato y reparto pueden dar una cierta impresión familiar respecto a los títulos que sobre el actor y la mitología que emanaba rodó Budd Boeticcher. Sin la abstracción de estos, lo que hay es un sólido título B, con un grupo de rebeldes sudistas atrapados el final de la Guerra con oro Confederado tras una trágica misión. De tensión creciente, apreciable emotividad y puesta en escena sencilla, que reúne a los personajes y suma sus conflictos. Tan rápida que impide pensar a sus debilidades, cuenta con un notable clímax y la presencia, maligna, del gran Lee Marvin opuesto a la masculinidad tranquila de Scott.

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Side Effects, Steven Soderbergh, 2013, USA

Retorcido thriller entre la evocación polanskiana y la cita a Las Diabólicas, donde el progresivo delirio de la trama contrasta con esa iluminación sedosa y esa mezcla de naturalismo y estilización casi onírica que domina la imagen. Así, su acabado sobrio y elegante dialoga de modo irónico con los ambiguos personajes, incluso el héroe, y con la disparatada historia y sus giros y contragiros que transforman cualquier apariencia de denuncia de la praxis psiquiátrica o de reflexión sobre la enfermedad mental en un giallo de lujo… o tal vez eso lo haga todo más efectivo y transparente. Sirve, por todo ello, como estupendo programa doble junto a Perdida.

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Swingers, Doug Liman, 1996, USA

Historia sobre un tiempo, un lugar y unos personajes tan honesta y viva que toda esa precisión se convierte en cualidad atemporal. Escrita desde la vivencia y rodada con elegante estilo impresionista (abierto incluso a la cita metatextual directa) relata la cotidianidad de un grupo de aspirantes a actores en Los Ángeles –realidad laboral, vida nocturna, debacle emocional…- desde un perspectiva masculina y sentimental que desborda sentido de la observación y ternura agridulce.

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El destino de Jupiter (Jupiter Ascending), Andy y Lana Wachowski, 2015, USA

Intento de space opera al viejo estilo, casi se diría un Flash Gordon pasado por el manga y Grant Morrison, que se deshace en sí mismo. A los referentes habituales de los cineastas y su propia cosmogonía se añade una inesperada fuga al imaginario de Terry Gilliam o un diseño a lo BD en una heterodoxia empañada por unos efectos digitales no tan buenos y un maquillaje ramplón. Es decir, el delirio estético, el puro movimiento, no es capaz de sustentar una historia incongruente, de estructura repetitiva que parece una serie televisiva o una saga comiquera a la cual le hayan quitado las partes de desarrollo de trama/personajes. Un desastre ininteligible, se diría víctima de una radical reducción de presupuesto/ medios que la aboca a la serie Z de lujo, donde los buenos actores ponen cara de circunstancias y los malos hacen el absoluto ridículo. Una lástima, ya que al menos oferta algo que no es ni una secuela, ni un remake, ni un reboot, ni una fanfiction.

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El camino de vuelta (The Way Way Back), Nat Faxon y Jim Rash, 2013, USA

Un relato americano de padres ausentes y vicarios, procesos de maduración e incomprensión hacia el mundo de unos adultos a los que no nos quisiéramos parecer. Es decir, un efectivo lugar común que como el power pop siempre funciona debido a su mixtura de melancolía, observación y realismo emocional. En especial, como es el caso, si está rodada con elegancia, bien interpretada y escrita con sensibilidad. Un tanto gruesa en el dibujo de los caracteres masculinos guiña el ojo a los 80 y comparte elementos con la superior Adventureland, incluida la presencia de un parque acuático como microcosmos/refugio para el protagonista.

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La maldición de la bestia, Miguel Iglesias, 1975, España

Naschy, irresistible para toda fémina como siempre, retoma a su Waldemar Daninsky, convertido en esta iteración en una suerte de Doc Savage licantrópico en lo que, haciendo abstracción de lo gráfico, podría pasar por un pulp acartonado de la Universal de los 40. Pastiche de aventuras, horror, sadismo, erotismo y melodrama, ambientado en el Tíbet (provincia de Madrid), enfrenta al personaje a cultos secretos, bandidos mongoles y brujas/reinas haggardianas en una mixtura imaginativa sobre el papel e inoperante en imágenes, pese a ciertas intermitencias y logros puramente de tebeo, que carece tanto de sentido del delirio como del humor.

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