Muerte y Coca-Cola: notas sobre Mad Men

Este artículo contiene todos los spoilers necesarios

 Al hombre que cae durante los créditos de Mad Men nunca lo vemos espachurrarse contra el suelo, sino que se recompone en la perfecta imagen de sí mismo. Se desliza entre placeres y tentaciones del capitalismo pseudohedonista para terminar siendo una línea del horizonte impecable, icónica, definitiva.

El perfil de Don Draper está de espaldas a nosotros al final de los créditos, pero al terminar la serie nos sonríe de frente. En ambos casos es igual de perfecto e irreal: en uno la sombra de una imagen, en el otro la imagen de una idea. La idea es Coca-Cola, el legendario anuncio de 1971. Y Coca-Cola es la definición, idealizada e igual de perfecta, de un país que se reinventa a sí mismo como producto: el Sueño. El místico OM de Don se transforma en la comercialización del sueño hippie: paz y amor en cómodas botellas a precios asequibles.

Todo es capitalismo.

Mad Men terminó cuando la compañía fue definitivamente absorbida por el gigante (real) McCann-Erikson. A partir de ahí todo es un epílogo fantasmagórico e irónico, mortuorio y luminoso por igual. El estilo psicodélico de la disolución en los últimos 60 deja paso al materialismo de los 70. Don cae a lo largo de la década para resurgir con la idea y en el tránsito muere y resucita una cuantas veces. La muerte como motivo simbólico de Mad Men. Muerte y disolución, muerte y capitalismo. Destruccción y reconstrucción de la mitología propia, la de América, la de Don, en un círculo irrompible.

Jim Hobart, el jefe de McCann-Erickson les dice que dejen de luchar, que han ganado: han muerto y ha ido al cielo de los anuncios, donde están todas las grandes marcas y el gran dinero y el eslogan por el cual ser recordados como quiere Peggy; donde está Co-ca-Co-la, la combinación de rojo y blanco que recorre el patrón de toda la serie, la tierra santa prometida con la que Hobart cortejaba a Don en la primera temporada. Otra imagen, otra América.

Mad Men cuenta América a través de la atracción por el vacío de un hombre hueco. Don Draper necesita, como América, un relato mítico que haga de él algo más que otro hombre, algo más que otro país. Con el tiempo, Mad Men dejó atrás a Douglas Sirk y Billy Wilder para encontrar a Buck Henry, Terry Southern y Paul Thomas Anderson. The Master y Vicio propio bien podrían ocurrir en el mismo lugar del universo que Mad Men: anti-héroes a la búsqueda de algo perdido, algo indefinible, inefable, descrito mediante la minuciosidad y la evanescencia, el realismo y la alucinación: puestas en abismo de América, el sueño y sus hombres en búsqueda compuestas por un ojo trascendente.

La fuga, al final, conducía el punto de partida. Dick Whitman dejó de existir en el momento en el cual Stephanie le llama Don. El lugar metafísico del regreso se vaporiza de golpe. Estás muerto y has ido al cielo de los anuncios, deshaciéndote de todo lo material, atravesando la América eterna de los espacios abiertos, donde los atardeceres iluminan tu silueta y la meditación te conduce al nirvana: Lucky Strike, Kodak, Coca-Cola.

Todo es capitalismo.

 jonham

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