¿Qué queda?: Pride. Leyendas obreras de los 80

Cuando al final de Pride (no se preocupen, no estropeo anda) suena la versión de “There is a Power in the Union” de Billy Bragg bajo un Londres de azul brillante, no se puede dejar de pensar en que el espíritu de triunfo y orgullo que emanan de las imágenes de toda esta película se contradice con la implacable deriva de la historia.

La huelga de un año de los mineros británicos entre 1984 y 1985, tiempos duros del thatcherismo (como lo fueron todos) aparece en 2015 como un territorio mítico de la lucha de clases y de, otra vez, el orgullo de pertenencia. Durante distintos momentos del metraje de esta historia verdadera, se hace alusión a una antigua bandera que representando un apretón de manos resume el espíritu y la conciencia de un lugar y sus gentes: el Gales minero. No hacen falta grandes gestas, ni una épica espectacular, solo estar al lado de los tuyos y saber (y entender)  a quien tienes enfrente.  Cierto que el enemigo, aquella bruja del averno, era mucho más fácil de identificar que la sonrisa sibilina de la tercera vía del Laborismo.

Sorprende de ella el retrato formalmente luminoso de mediados de los 80, lejos de la imagen de películas del periodo (de Alan Clarke a Stephen Frears):  tenebroso y violento, gris y sórdido en colores apagados y sucios. Pride, en cambio, rebosa tonos pastel, rojos y anaranjados, todo es cálido, incluso el crudo invierno,físico y moral,que ocupa buena parte del metraje. Es como si este colorido y esta ternura estética se proyectase desde la misma calidez y bondad de los personajes…si bien no falta un villano, claro, que antepone la ambición individualista al bien colectivo.

Los 80 son así revisitados con astucia en una o varias nostalgias: estéticas, políticas, musicales… No en vano un de los momentos cumbre tiene lugar durante un concierto, real como tantas otras cosas que se cuentan,  organizado por LGSM (Lesbianas y Gays con los Mineros) y donde el grupo estrella fue el Bronski Beat donde cantaba Jimmy Somerville. Lo cual, junto a esa misma presencia en la banda sonora del indispensable Billy Bragg, cronista de la reconversión industrial y sentimental, recuerda que el hedonismo no est(á)ba reñido con la concienciación y que una notable mayoría de los grupos y cantantes pop de la primera mitad de los 80 estaban politizados de mil maneras.

Pride, en tono e intenciones remite en cambio y con limpieza al cine británico de los 90, a la comedia de orgullo (una vez más, es el estribillo) de clase que tan bien representaron Full Monty o Tocando el viento: relatos humanistas, energizantes y esperanzados desde la derrota. La diferencia, tal vez, es que Pride va hacia la derrota. La historia inapelable: desde una Margaret Thatcher reelegida, hasta la ominosa sombra del SIDA que planea sobre los personajes y la comunidad homosexual.

Tampoco, como aquellas o las de los 80, se nos narra el presente, sino que se sublima un pasado glorioso, como si necesitásemos buscar las fuentes, los hitos ideológicos y comunitarios. Como si hiciese falta recordad y resituarse. Pride festeja un momento, un año de lucha(s) cundo todo era más claro y se entendía mejor. Lo hace, con honestidad pese a su milimetrado recorrido emocional, conformándose como película de reunión, un relato, por tanto, de canciones y cervezas, de reír y de llorar, de recuerdos y reconciliaciones: de orgullo, ya digo.

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