Infernalia: Como plaga de langostas

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En uno de los momentos más perturbadores de “Como plaga de langostas”, Tod Hackett (William Atherton), un joven pintor que ha entrado a trabajar en al Paramout como diseñador, espera para reunirse con un productor al borde de la piscina de este, en una mansión en las colinas. En el fondo de la piscina hay una escultura de un caballo blanco a tamaño natural; un caballo que parece ahogado en el agua color turquesa. La extrañeza, potenciada por los movimientos de la cámara, la composición y las simetrías de toda la secuencia, invoca de inmediato al “Barton Fink” de los hermanos Coen; otra historia de alguien que se piensa un artista en los intestinos de la máquina de un Hollywood gótico.

“Barton Fink” era (es) una adaptación oblicua de “El día de la langosta”, la novela de Nathanael West que aquí adapta por derecho(s) John Schlesinger. West hablaba en ella de sus propias experiencias y las de su íntimo amigo F. Scott Fitzgerald en Hollywood como escritores a sueldo mientras pretendían ser novelista. “Barton Fink” estaba protagonizada por un trasunto de Clifford Odets, dramaturgo del Este, guionista y director, que en la película de los Coen era contratado para escribir para Wallace Beery, o alguien por el estilo. William Faulkner, o sus restos, aparecían también en el metraje. En la adaptación al cine de la novela de West se superponen los aspectos (auto)biográfico, las sublimaciones del terror a/en Hollywood al sumarse los recuerdos del guionista Waldo Salt, blacklisted, y la propia neurosis de John Schlesinger como extranjero.

Al igual que “Barton Fink”, “Como plaga de langostas” culmina en un apocalipsis, una catarsis violenta que barre el universo anterior entre fuego, destrucción y muerte. La de la obra de Schlesinger/West es bíblica desde su mismo título: la plaga, las langostas, el castigo babilónico para un Hollywood/América que vive inmersos en una perversa dialéctica del simulacro, entre lo real y la imagen melodramática de lo real que deriva en farsa demente o en pesadilla expresionista.

Schlesinger culmina la espiral en una de las ráfagas de violencia más espeluznantes procuradas por una década donde los límites de esta misma violencia eran empujados más y más allá. “Como plaga de langostas”, progresivamente irreal y al tiempo tan auténtica, transmuta la imagen en el horror mismo, estableciendo paralelismo entre imágenes en una visualización expresionista entre el castigo bíblico, irónicamente durante el estreno (otro simulacro, otra representación) de una película de Cecil B. DeMille, encarnación absoluta de “lo hollywoodiense”,  y la imaginería de la ciencia ficción atómica. Todo arde y convulsiona, el celuloide mismo lo hace, y la mirada de Tod Hackett se vuelve directamente al espectador antes de cerrar hacia el enigmático, fantasmagórico, epílogo.

“Como plaga de langostas” pertenece también a su propio tiempo, el Hollywood de los 70, y se enmarca en un cierta corriente (o al menos una serie de películas) donde los cineastas que asaltaron el imperio reflexionaban sobre la imagen romántica de este, desde una sensibilidad sórdida y cruel, o intentaban evocarlo incorporando en realismo al romanticismo. De “Inserts” (John Byrum, 1974) a “New York, New York” (Martin Scorsese, 1978), pasando por “Fiesta salvaje” (The Wild Party, James Ivory, 1975), “Así empezó Hollywood” (Nickelodeon, Peter Bogdanovich, 1976) o incluso “El ultimo magnate” (The Last Tycoon, 1976) donde Elia Kazan parece acercarse al Nuevo Hollywood. Un cine que, como sucedió con el noir o el western se embarcaba en un recreación desmitificadora del pasado al tiempo que usaba la imaginería melancólica del mismo. El Hollywood de “Como plaga de langostas” es un pudridero, un lugar espectral de parásitos y frustrados, de mentirosos profesionales, starlettes fallidas y hombres débiles, de sexualidad pegajosa y sordidez patológica que guían el descenso de un soñador hacia la mezquindad, de un talentoso hacia la mediocridad.

La narración y la puesta en escena de “Como plaga de langostas” están llenas de elementos grotescos y de fugas, de extraños personajes/figuras en los laterales de la imagen; espectadores impasibles de la farsa. De todas esas recreaciones, con su tono desconectado, con su incomodidad creada desde el montaje y el sonido, la película de Schlesinger es la más maligna: una versión luciferina de la Historias de Pat Hobby de Fitzgerald; algo entre Kenneth Anger y Dennis Potter donde, de modo subterráneo, pervive la sensibilidad británica en forma y fondo sobre un universo y un tema profundamente norteamericanos.

Alienados todos, alienado todo incluso la película de sí misma, la contemplación de sus criaturas es tan distante que se diluye todo aspecto humano: el patetismo no conmueve, todo espante y asquea: es una celebración de lo feo, pero extirpada de humor o sentido de los camp y la sátira, así, se transforma en nausea. Schlesinger (y Salt, pero la forma termina por devorar el texto) se dejan en el proceso la ternura de West en una comedia a la cual le han drenado la gracia y solo queda la crueldad, la máscara retorcida después del chiste. Queda, también, el fraude de la esperanza, de ahí la naturaleza apocalíptica final, la necesidad de destrucción.

Especial John Schlesinger en Cinearchivo: http://www.cinearchivo.com/site/recomendados.asp

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