Aprender a sobrevivir: apuntes sobre La ley del talión

Richard Wydmark, protagonista de La ley del Talión, no habla hasta pasados veinte minutos de metraje. Solo sabemos que huye, que mata, que lo llaman Comanche Todd y que va ha ser ahorcado. La expresión de Wydmark es puramente física, su ambigüedad plantea la duda. La acción exuda crueldad, violencia. La fisicidad y la relación con el espacio es un rasgo distintivo de Daves. Los planos generales, elevados y los grandes contrapicados ofrecen la sensación de lo inabarcable. La grúa es el signo de puntuación que abre y cierra las secuencias con su movimiento cadencioso.

Al relato llegamos en marcha. Llegamos, en realidad, cundo otra película ya ha terminado: la de la venganza de Comache Todd sobre los asesinos de su mujer e hijos. La ley del talión, entonces, es un epílogo a esa historia: es el proceso de redención y la sanación de un hombre que ha impuesto la ley natural sobre un territorio salvaje.

Comanche Todd, esto también lo sabremos más tarde, es un hombre que dio la espalda a su propia raza y civilización. Integrado primero en otra cultura, ahora no es ni blanco ni indio. Un hombre sin pueblo, un padre sin hijos, un marido sin esposa. Es el desposeído categórico.

Capturado por un brutal marshal, Comanche Todd es encadenado a la rueda de una caravana. Las cadenas son un signo exterior de la civilización en un territorio por domesticar, como la horca en Los Indomables (The Tall Men, Raoul Walsh, 1955). Comache Todd las llevará puestas durante dos tercios del metraje: primero será un castigo, luego servirán como arma: en todo caso, las cadenas ofenden, agreden.

Los jóvenes de la caravana están fascinados por la figura del salvaje Todd. Los adultos espantados ante la implacable inhumanidad del mashal. Por primera vez se encuentran al verdadero Oeste, el territorio en proceso de ser domado. Comanche Todd se conmueve ante la inocencia y franqueza de los muchachos: son alguien que no le juzga. La dinámica del aprendizaje que vertebra los westerns de Delmer Daves queda establecida.

La ley del talión es en parte western, en parte relato de aventuras juvenil. Pese a su aspereza es optimista y habla de regeneración. La historia recomienza tras un ataque indio que permanece en off, porque el punto de vista se ha desplazado a los muchachos. Mientras estos se bañan en un río, el campamento ha sido masacrado. La caravana donde Comanche Todd estaba encadenado ha sido arrojada por un barranco con el vivo. Los indios, como decía Burt Lancaster en La venganza de Ulzana (Ulzana´s raid, 1972), tiene su peculiar sentido del humor.

De pronto, Comanche Todd vuelve a tener una familia y un propósito. La película se convierte en una colección de actos, de trabajos a través de los cuales no solo se sobrevive, sino que se accede a la comunidad en base al refuerzo de la individualidad. Comanche Todd es reintegrado, pero no convertido. “- A los indios les va mejor creyendo en lo que quieren”, – dice rechazando la evangelización. Es el hombre americano épico.

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