Llegaron a Cordura: el western del fracaso

 

Llegaron a Cordura pertenece al periodo de recapitulación de la carrera de Gary Cooper. A finales de los 50, en western fantasmagóricos como El hombre del Oeste (Man of the West, Anthony Mann, 1958), El árbol del ahorcado (The Hanging Tree, Delmer Daves, 1959) o incluso en Arianne (Billy Wilder, 1957), Cooper no ocultaba su decrepitud, marcada con un enfermedad que lo devoraba por dentro.  Su virilidad quedaba matizada, incluso cuestionada, a través de una mixtura estremecedora de falibilidad, hondura y serenidad. Era un héroe (o antihéroe) frágil y cansado; la sombría evocación de su yo pasado que se disolvía en la anticipación de la muerte real.

En Llegaron a Cordura, Cooper es un observador militar que tras haberse comportado cobardemente (o simplemente de modo humano) en combate busca en otros hombres el heroísmo que él no fue capaz de alcanzar. Cooper es así un hombre que mira, que juzga a los demás y ofrece imágenes fabricadas, no fidedignas; un hombre aparte que deberá involucrarse y descender, parafraseando a James Coburn al final de La cruz de hierro (Cross of Iron, Sam Peckinpah, 1977), al lugar donde crecen las medallas.

Rossen cruza en el relato western, aventuras y hazañas bélicas en el territorio final del México revolucionario (aunque la Revolución permanece en off dramático); al tiempo última frontera física y metafórica: el fin de América, el fine del western, el final de la aventura… En 1916, Estados Unidos estaba a punto de entrar en la Gran Guerra, de pisar el barro de las trincheras europeas y el western ya no tenía cabida. No es de extrañar que otro título que Llegaron a Cordura evoca como es Grupo salvaje (Wild Bunch, Sam Peckinpah, 1969) suceda en 1914, en los restos del Oeste y la aventura.

En Grupo salvaje, Peckinpah usaba los uniformes de la caballería de la época para subvertir su imagen a continuación; Rossen los usa como contrapunto histórico. La caballería de 1916 ya no es la de los galantes colores azul y amarillo, sino un austero caqui que mimetiza el cuerpo de los hombres con el paisaje. Su presencia más allá de la frontera mexicana funciona como una crítica del Imperialismo militar, pero también como una experiencia trascendente en ese “otro lado” que la frontera simboliza para los norteamericanos. Como en otro western de Sam Peckinpah, Mayor Dundee (Major Dundee, 1964), el vagabundeo, sin otro objetivo final que regresar y sobrevivir, supone un descubrimiento de la verdad, una búsqueda de la misma.

Ocurre que Rossen, al contrario que Peckinpah carece de la fisicidad y la síntesis del western; de la lacónica convergencia ético-estética entre el acto y su significado; entre el ser y el hacer. Carece también de la concisión que el relato demanda. Así, se estanca, redunda y recita. Rossen pretende sublimar los géneros que mezcla, todos eminentemente físicos, a través de una meditación sobre el valor; hablar desde el relato de acción, itinerante, sobre la honestidad, la cobardía y el valor.  Sucede que debido a esa carencia comentada el diálogo aparece como sustitutivo discursivo. Los conflictos, motivaciones y reflexiones se formulan en voz alta, en monólogos declamatorios sobre la naturaleza del héroe y al acto heroico.

La película se tensa mientras Cooper va descubriendo en el camino, progresivamente penoso, que los héroes que ha escogido son cualquier cosa menos ejemplares. Entonces el relato se oscurece al ritmo que los hombres se revelan, se cierra sobre sí mismo y hace claustrofóbica. Pero Rossen no sabe sostener la presión, recrudecerla, y esta se disipa. La mantiene viva la solidez del reparto, en especial gracias al crecimiento de Van Heflin como antagonista principal encarnando a un sargento brutal, hasta que logra reencontrase (retensarse) en su parte final, en los momentos de obstinación de Cooper. Su sacrificio sísifico es capturado al fin por Rossen en la espartana sencillez de una puesta en escena seca, que integra cuerpos, movimiento y espacio, sin necesidad de subrayados de ningún tipo. Por desgracia, no puede evitar recaer en lo discursivo, volver a la palabra sobre la imagen desconfiando del poder primario, puro, de esta.

 

Dossier Robert Rossen Cinearchivo

http://www.cinearchivo.com/site/Fichas/Ficha/FichaFilm.asp?IdPelicula=1719&IdPerson=16070

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