Sabemos que estamos acabados: Los malvados de Firecreek

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Existe un tipo de western, localizable en la cuesta debajo de los 60 y la primera mitad de los 70, que hizo de la vejez elogio. Un western gerontófilo, restos del naufragio del clasicismo que unas décadas líquidas parecía una cierta verdad irrefutable a la cual agarrarse. Es una variedad de estilo blando, conservadora e inmovilista que se soporta en la imagen otoñal de sus estrellas. John Wayne protagonizó, uno tras otro, monumentos así mismo y de modo similar hicieron James Stewart, Glenn Ford, Kirk Douglas, Robert Mitchum o Henry Fonda. A veces asomaba en ellas la autoparodia, el guiño cómplice como en El club social de Cheyenne (The Cheyenne Social Club, Gene Kelly, 1970), western cómico que reunía como Los malvados de Firecreek a Stewart y a Fonda, pero el común era la complacencia y la mansedumbre.

No significa que estos actores no se sirvieran en ocasiones de su imagen para reflexionar sobre ella o para levantar películas que o bien no hubiese significado lo mismo, o bien no hubiesen sido posibles. Glenn Ford como obsesivo militar nordista en la brutal La cabalgada de los malditos, Robert Mitchum de nuevo como predicador asesino en El poker de la muerte, Kirk Douglas como sheriff narcisista en la sátira política Los justicieros del Oeste (Posse, 1975) que dirigió él mismo. Dejando a un lado a Burt Lancaster o Gregory Peck, cuyos western de madurez y vejez ofrecen una insólita aspereza, Henry Fonda fue la estrella clásica más (o menos) preocupada por la evolución de su imagen. El corolario fue su villano sádico y gélido de Hasta que llegó su hora (C’era una volta il West, 1968), donde Sergio Leone encadenaba el asesinato de un niño con sus distintivos ojos transparentes, pero a lo largo de la década Fonda escogió una serie de westerns extraños que cuestionaban su imagen mítica.

Una bala para el diablo (Welcome to Hard Times, 1967), basado en una novela de E.L. Doctorow era extravagancia, sórdida y abstracta, dirigida por Burt Kennedy, paradójicamente y junto a Andrew V. McLaglen el realizador principal del western gerontófilo. Para televisión protagonizó la seca Stranger on the Run (1967), donde a las órdenes de Don Siegel era un maginado perseguido por las fuerzas del orden. Sucio y alcoholizado, el Fonda heroico no era más que un recuerdo. En 1970 llegaría a la cumbre del cinismo el western satírico El día de los tramposos (There Was a Crooked Man), donde Joseph L. Mankiewicz lo reunía con Kirk Douglas.

Los malvados de Firecreek pertenece a este ciclo y es el primer villano de Fonda. Frente a él James Stewart, granjero cobarde y avejentado, sheriff de pega de una ciudad fantasma. Un purgatorio espectral que encapsula la idea de la pérdida del Oeste, de la imposibilidad del western. Comparte el uso de viejas glorias y el aire melancólico, pero no es ni una humorada cómplice ni se regodea en la nostalgia. Parsimoniosa y fantasmagórica, noblemente crepuscular, ofrece una recapitulación sobre el género y una mirada lúcida al futuro y su imposibilidad.

“-¿Por qué no cambiar con los tiempos?”, -le pregunta a Larkin (Henry Fonda), la dueña del hotel (Inger Stevens)

“- Porque entonces sería como los demás”, – responde Larkin.

Cinco años después Sam Peckinpah ofrecerá un eco durante el primer encuentro en México entre Pat Garrett y Billy The Kid: “- Parece que los tiempos están cambiando”, -dice Pat Garret. “- Los tiempos quizás. Pero yo no”, – contesta Billy en una declaración que encierra tanto una vida como su final.

Los malvados de Firecreek, pese a su final feliz que parece un pacto respecto al western sencillo de serie B que evoca/continúa, es una obra triste, desolada. Una historia de hombres débiles, de masculinidades fallidas, de sueños rotos y traiciones personales y colectivas. Un western del fracaso. Como las últimas películas de Ford habla de la estafa de la articulación comunitaria, de la falsificación de la mitología fundacional del colono. A modo de contrapeso, ambos personajes (el héroe sobrevenido, el villano por descarte) intentan recuperar su dignidad, su orgullo en un lugar donde “todo parece costar cinco dólares”, a decir del matón encarnado por Gary Lockwood. Larkin, ciñéndose al código por el cual ha vivido y matado; Johnny Cobb (James Stewart) arriesgándolo todo por una vez en su vida. Los dos cumpliendo como los arquetipos del western que el relato les conduce a ser durante un clímax angustioso, al ritmo del viento y el crujir de la madera, donde la muerte está descarnada de épica.

La película está dominada por un estilo indirecto, pudoroso, que observa (son numerosos los momentos de personajes que miran lo que otros hacen sin que estos lo sepan) las perturbaciones causadas por los extraños en el pueblo mortecino y el doliente patetismo de personajes, actores y drama. Los malvados de Firecreek guarda ciertas similitudes respecto a Day of the Outlaw, pero el tono de Vincent McEveety es lírico, frente a la crudeza espartana de André De Toth.

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Un epílogo

McEveety procedía de la televisión como parte de lo que debería llamarse la Segunda Ola de la Generación de la Televisión. Directores sustitutos que primero habían cubierto las vacantes de la Generación TV original y después la de un cine de géneros en periodo de dudas, con los especialistas retirados o dispersos. Sus aportaciones al western fueron notables, sin importancia de las carreras globales. Bernard McEveety, hermano de Vincent, dirigió para Chuck Connors la espectral Noche de violencia (Ride Beyond Vengeance, 1966); Ted Post el ingreso de Eastwood al western USA en Cometieron dos errores (Hang ‘Em High, 1968); Sydney Pollack primero para Lancaster la satírica El camino de la venganza (The Scalphunters, 1968) y luego para/con Robert Redford el prewestern Las aventuras de Jeremiah Johnson (Jeremiah Johnson, 1972), uno de los clásicos de los 70; Tom Gries, el sentimental y duro El más valiente entre mil (Will Penny, 1968), la mejor interpretación de Charlton Heston y el pulp 100 rifles; George Roy Hill el favorito popular Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969) y Stuart Rosenberg el western contemporáneo Los indeseable (Pocket Money, 1972) ambos para Paul Newman compartiendo cartel respectivamente con Redford y Lee Marvin.

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