El código del capital: Baby Face

A la altura de 1933, cuando se estrena Baby Face, el fin del pre-Code es una cuenta atrás a toda velocidad. Apenas cuatro años de gracia donde el código censor de la oficina Hays era una recomendación que todos los estudios se esforzaban por no aplicar. Creciendo en audacia al ritmo, igual de vertiginoso, que se conformaba el lenguaje para el sonoro, el primero quinquenio de la década de los 30 entregaba una pantalla de depravación y fervor por la modernidad, de tortuosas conciencia social y abierto hedonismo; un cima de lo inmediato, que estilizaba la realidad sin trampearla; un cine honesto.

Pocos personajes de este periodo son tan desagradables como Lily Powers, pocas películas tan francas pese a su redentorista final. Su aspereza moral y su franqueza sociosexual la convirtieron en uno de los detonantes del advenimiento del puritanismo sobre Hollywood. Lily Powers es la antiheroina definitiva de la Gran Depresión. Una arribista sin escrúpulos capaz de contemplar sin inmutarse (en uno de los pináculos interpretativos de la carrera de Barbara Stanwyck, convirtiendo al ausencia de expresión en una sinfonía) los cuerpos de dos de sus amantes, uno asesinado, el otro suicidado, mientras ellas e desliza envuelta en seda por un lujoso apartamento.

Baby Face, como muchos de los títulos de ambiente urbano de Pre-Code transita géneros y violencias inmutándose tanto como su heroína; es decir, anda. El melodrama de arrabal desemboca en la sátira de costumbres sexuales, el romance de clase alta converge con el sórdido relato criminal. Hay retazos de humor y abismos morales, crítica social y folletín. Su historia, la de Lily Powers, comienza en un speaky easy de ciudad industrial. Un garito clandestino que permanece abierto en virtud de la corrupción sistémica y la explotación sexual de Lily por parte de su propio padre. La conciencia nietzscheana de la explotación del hombre por el hombre decidirá a Lily a ser su propio proxeneta: la liberación de la mujer con armas de hombre implacable.

La sensación imparable del progreso puede tocarse en la películas de los primeros 30. La cultura americana en particular abraza todo aquello que sea moderno y nuevo. Es el futurismo en acción capitalista. Como en casi ninguna otra época del cine americano el ornamento tiene tanta importancia: las ropas, los apartamentos, los edificios de oficinas, la arquitectura y ordenación de las ciudades y sus habitantes…. El modo en el cual Lily va peinada y vestida, los progresivamente lujosos apartamentos que sus amantes financian y los pisos más altos que cada vez ocupa en las oficinas de un fálico rascacielos, miembro erecto de la modernidad y el progreso de una sociedad masculina, son los signos de puntuación de su ascenso socioeconómico.

La cámara de Alfred E. Green, que fue cineasta mayor durante el Pre-Code y menos después, no la juzga. Recorre con breves panorámicas la fachada del edificio, se detiene en los objetos y su extravagante estilo, se pega al cuerpo de Lily y la sigue, la observa. La composición de los encuadres la coloca siempre en posiciones de poder. Domina y marca su camino con el sexo como arma para navegar un mundo de hombres. No es una sexualidad recreativa, sino rapaz y programática. El análisis de las estructuras del capitalismo americano que se agazapa tras el melodrama es demoledor: libido y poder, placer inmediato y dinero. Lily Powers lo descodifica con su ojo gélido. Su relato es el “rags to riches” clásico de la cultura americana; lo que ocurre es que sus mecanismos no se ocultan bajo la fábula, sino que se exponen con toda crudeza.

Especial Barbara Stanwyck en Cinearchivo

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