Por el pasado llorarás: La ley del superviviente. Un western corso

 

La obra de José Giovanni es una manera ética de estar en el mundo. Una manera aprendida. La palabra dada, la lealtad, la reputación, la cotidianidad de la violencia y su aceptación fatalista. La vida de Joseph Damiani es otra cosa; es el reverso, la verdad cruda de lo débil, lo que hay tras la construcción de los mitos. Giovanni escribe y dirige sobre hombres honorables y traidores, sobre submundos que están en este.

Su estilo es áspero, sus imágenes el desencanto mismo; sin la pátina etérea, ingrávida, de las de Jean-Pierre Melville o la exactitud de la de Jacques Becker, pero compartiendo estoicismo y una tristeza indefinible que se toca. La diferencia básica, más allá de la precisión técnica, radica en que Giovanni es un narrador de la experiencia. Conoce a los hombres, los lugares, los oficios, las conciencias, los pasados. Los ha vivido todos e interiorizado esa postura ética.

A sus hombres le sigue la violencia y les sigue el pasado. Y lo aceptan como una ley natural. No son cínicos, ni son héroes, son solo hombres que saben que viven un intervalo prestado por la muerte. Hombres que saben el valor del tiempo porque, como Giovanni/Damiani se han pasado años encerrados en donde solo hay tiempo.

El polar es el equivalente francés del western. Un territorio de conjunción entre lo real y lo mítico; poético y abstracto, vívido y genuino. Un cine del gesto. Actores como Jean Gabin, Lino Ventura o Michel Constantin son su traducción; cuerpos de síntesis, rostros-estilo, resúmenes físicos. Son cowboys lacónicos del presente, hombres que arrastran la melancolía de su propio mito.

La ley del superviviente extrema el paralelismo. Es un western corso, donde el intrincado paisaje, su calma abrupta, tanto como el montaje entrecortado o la puesta en escena tosca, adquiere una dimensión psicológica y el duelo violento, el retomar las armas por parte del forajido retirado, son la última prueba. Su conciencia de regreso es total: incluso es la segunda parte de Los aventureros, dirigida ese mismo año por Robert Enrico y que solo adaptaba una mitad de la novela original.

Chalmouk (Michel Constantin) es un bandido que ha triunfado y se piensa un caballero andante que rescata a la dama de un castillo con ogro. Pero al final, vuelve el pasado, que es feo y está podrido. Son las cicatrices de la guerra; la vergüenza y la crudeza.  Es Damiani en la Santé. Giovanni exorcizando el pasado. A los héroes equivocados y a los colaboracionistas. Giovanni arrepintiéndose por toda la eternidad, suicidándose en la pantalla y los libros, exponiéndose, volviendo a Córcega, volviendo a la Guerra.

El epílogo eleva la obra, la cierra con una emoción estoica, libre de melodramatismos, donde el fatalismo y la muerte se dan la mano como los hermanos que son

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