(016) Enero / 21 (+2)

La Esbilla tumblr: en edición ilustrada

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Invicto (Undisputed), Walter Hill, 2002, USA

El gladiador bocazas contra el guerrero zen. Walter Hill encapsula el relato boxístico en el panóptico de la cárcel y así abarca dos subgéneros viriles en uno. Eso facilita la abstracción y el estilo entrecortado de cómic. Hill trabaja sobre el cliché, con sobriedad, dándole el valor de mitología barata pero honesta y entrado el siglo continúa dirigiendo como en el pasado.

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Le Mataf, Serge Leroy, 1973, Francia

Polar sin desvíos, apagado a una tradición ya sólida incluso en la presencia de Michel Constantin, profesional adusto. Sus imágenes apagadas explican en mayor temor del forajido: perder su independencia, lo único que han podido elegir, y pasar a ser trabajadores por cuenta ajena; ya no ser un criminal, un marginal, por elección, sino por obligación. Pero el clásico prevalece sobre los advenedizos, pese a que estos son más crueles, carentes de conciencia del oficio, de ética.

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Chi-Raq, Spike Lee, 2015, USA

Agitprop eléctrico y frontal, que usa la Lisístrata de Aristófanes para denuncia el estado de violencia y las diferencias (raciales y de clase) en América con la ciudad de Chicago como ejemplo. Urgente y atemporal por igual, respetando el verso pero acompasándolo a la poética callejera usa una mixtura colorista de farsa y documental, de sátira y reportaje, para impugnara la realidad y convocar una emoción visceral. Un artefacto de combate, sin sutileza, todo claridad convulsa.

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Caballo de batalla (War Horse), Steven Spielberg, 2011, USA

Fábula sentimental que bien podría quedar resumida en dos gestos que tienen lugar en su primer (y fordiano) tercio: la hoja de un arado que parte una enorme piedra y un padre que se quita el sombrero ante su hijo. El conjunto, episódico como un relato de aventuras donde el perro lobo es sustituido por un generoso caballo, resulta más espectral que realista (convocando incluso las fantasmagóricas nieblas del Exalibur de John Boorman), melodramático sin eufemismos y formalmente una apoteosis del clasicismo manierista.

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Queen of Earth, Alex Ross Perry, 2015, USA

Melodrama psicológico, lindante con el horror absurdo, formalmente resuelto mediante la evocación, simultánea, del arty europeo de los 60 y la textura sucia del terror de los 70 (o directamente del Robert Altman de Images o 3 Women) y de un tema preeminente del mismo: el descenso a la locura de una mujer. Muy hábil en cuanto a montaje, reminiscente de la idea de Nicolas Roeg del tiempo sincrónico, y con una perturbadora banda sonora minimalista cuenta en breves escenas y entre enigmáticos vacios, trozos de la existencia paralela (basada en la repetición y la variación) de dos amigas reunidas en dos tiempos diferentes en la misma casa de un lago.

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Límite: 48 horas (48 Hrs.), Walter Hill, 1982

Una de esas películas que crea los tópicos y supone un punto de giro para los géneros, en este caso el policial urbano, que renace a través de una mixtura de thriller violento, humor por contraste y acción trepidante: la buddy movie original. Milimetrada para el triunfo y al tiempo plena de la personalidad de su director, de duración ajustadísima y ejemplar nervio interno, lleno de enérgicas paradas y arrancadas, parte de una impresión de realismo para derivar hacia la hiperestilización espectral. Sus neones, nocturnidad, calles mojadas y humeantes, definición de la estética de los 80, son la reescritura de la imagen atmosférica en blanco y negro del género durante los últimos 40 y primeros 50.

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The Diary of a Teenage Girl, Marielle Heller, 2015, USA

Relato iniciático-sexual sobre la vida catastrófica de la autora de cómics Phoebe Gloeckner a partir de la adaptación de su propia (y descarnada) obra. Pervive la mixtura de sordidez y ternura, de necesidad abisal, degradación personal y búsqueda de la individualidad, pero en una versión aguada, asumible para un público mayor. Se pierde, en parte también, la poderosa sensación de tiempo y lugar, el San Francisco en la encrucijada entre el glam y el punk, en beneficio de la evocación en 16mm vintage. Excelente uso de las animaciones y catastrófico último tercio, donde la película se atropella a sí misma, los secundarios desaparecen y otro nuevos (y por explicar/desarrollar) aparecen de la nada, así como una sensación de curación instantánea que no se corresponde a la experiencia previa.

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La Sombra (The Shadow), Russell Mulcahy, 1994, USA

Conversión en pseudoBatman del pulp La Sombra (pese a que en origen fuese al contrario), héroe oscuro y esotérico, todavía bajo el influjo abigarrado de Tim Burton y en el alba de los efectos digitales (atroces). Nadie parece creerse demasiado lo que está haciendo, Mulcahy mueve mucho la cámara y edita por equivocación, dejando en el camino algún destello delirante, mientras en la historia pasan cosas y gente muere con chistes superpuestos. Diseño art déco de pega y citas al propio cine pulp de los 30, el cual ya mezclaba horror, aventura y comedia con naturalidad; es decir, lo contrario que aquí.

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Calles de fuego (Streets of Fire), Walter Hill, 1984

Aleación de western urbano y fantasía de los 50 en los 80, que sublima la constante recreación, artificiosa y sentimental, de aquellos en estos. Hill decanta al mínimo su manera de acercarse al pulp, el cómic y la serie B entré clichés juveniles e incrustaciones de videoclip. Excepcional montaje, estética ultraestilizada llena de manchas de color sobre tapices oscuros, romanticismo y la imposible losa de Michael Parè.

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La dame dans l’auto avec des lunettes et un fusil, Joann Sfar, 2015, Francia

Segunda adaptación de Sébastien Japrisot (o remake de la última película de Anatole Litvak, como se prefiera) donde una apocada secretaria (que parece una supermodelo) se ve envuelta en una aventura paranoica tras tomar prestado el Thunderbird de su jefe es, alternativamente, un anuncio de coches, uno de lencería o uno de perfume. Sfar, sin duda, tiene talento para las cosas bellas, pero no lo tiene para hacer películas. Alambicado thriller polanskiano de textura vintage y caprichosa narrativa discontinua, tal vez hubiese quedado mejor en un tebeo dibujado por Christophe Blain. Queda la seca valoración de la violencia y el arrojo de hacer una película onírica, inverosímil y delirante, tal y como eran las de la época que evoca.

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La celada (Sitting Target), Douglas Hickox, 1972, GB

Thriller misógino sobre un criminal fugado de prisión para matar a su esposa, cuyo mayor valor radica en la imposibilidad de su existencia fuera de la década bárbara de los 70. Sórdido y estiloso por igual, marcas distintivas del universo gangsteril británico, cuenta con una formidable banda sonora de Stanley Myers, un gran reparto masculino y un estilo de cámara afilado que se diluye en el calamitoso tercio final.  Imposible en cuanto a historia/trama, mejor cuando gravita, casi abstracta, entre físicos, espacios urbanos y fetichismo por un arma de fuego con rango de coprotagonista.

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Spectre, Sam Mendes, 2015, GB-USA

Bond en el museo de sí mismo para una de las entregas más extrañas de la saga. Melancólica y exangüe, escaparatista y nostálgica, todo parece responder al reflejo de otra cosa, entre el regodeo y la reflexión. Culmina la labor de desmontaje y remontaje del ciclo Craig, profundizando en el rampante nacionalismo y la reivindicación de la vieja escuela. Interminable, con límpida estética de anuncio y secuencias de acción higienizadas de sentido del vértigo y el peligro, a excepción del pasaje casi onírico en el tren donde se recrea, ampliada al paroxismo, otra similar de Desde Rusia con amor.

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Le petit lieutenant, Xavier Beauvois, 2005, Francia

Policial francés, de línea costumbrista entre los ecos del Ley 627 de Tavernier y la sobriedad del relato televisivo que cuenta las trayectorias cruzadas de un joven agente que llega y una veterana oficial que vuelve a la policía judicial de París. Los aspectos melodramáticos quedan ocultos por la puesta en escena neutra y la ausencia de subrayados. La emoción es sincera, el ambiente plausible y el mecanismo de análisis personales e investigación correcto. Todo correcto.

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Art School Confidential (Terry Zwigoff), 2006, USA

Película una década rancia  que ejecuta, con el propio Daniel Clowes al guión, la misma maniobra que en la previa (y estupenda) Ghost World: tomar la tira homónima y articularla como una historia más o menos estándar. Aquí el objeto original, una sátira autobiográfica de las escuelas de arte y su fauna, se mezcla con la parodia de la comedia romántica adolescente y del policial. Pese a su formulación plana funciona a ratos y hasta logra, entre lo fácil, algún momento terrible y/o hermoso en virtud de la concepción amarga, embarazosa, pesadillesca y esencialmente absurda de la existencia de Clowes.

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The Lords of Flatbush, Martin Davidson y Stephen Verona, USA, 1974

Granulosa, de aspecto urgente e improvisado, la película se detiene en la cotidianidad de un suburbio neoyorkino para observar en planos cerrados un lugar sin nada más allá y una masculinidad inarticulada. Oscura y mínima, The Lords of Flatbush pertence al mismo años en que se comienza a emitir Happy Days y en el que Richard Price publica The Wanderers, como si mitad a de los 70 se impusiese la necesidad melancólica de revisitar la América inmediatamente anterior a Vietnam.

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Danko: Calor rojo (Red Heat), Walter Hill, 1988, USA

Regreso de Walter Hill al esquema, casi patentado por él mismo, de las buddy movie cuando este ya tendía hacia el absurdo. En sintonía, la película es una oda macarra, de progresiva abstracción y técnica de cómic que culmina en un duelo apocalíptico de western industrial. De montaje y planificación quirúrgicos, violencia brusca y humor necio, el argumento es una percha funcional de la que se cuelga una estética nocturna, donde todo parece visto a través de humo, cristales  lluvia, acentuando aun más la valoración estética de la experiencia. A Belushi no hay quien lo aguante y Schwarzenegger hace lo mejor que sabe: de escultura.

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I Bury the Living, Albert Band, 1958, USA

Curiosa entrada en el cine-vudú donde el gerente de un cementerio parece tener poder sobre los vivos y los muertos, gracias a un mapa del lugar marcado por agujas blancas y negras. De presupuesto mínimo y localizaciones reducidas parece un adelanto de la inminente The Twilight Zone. Sostenida por el magnetismo de Richard Boone, sus logros atmosféricos se concentran en determinadas partes del relato, cuando este penetra en lo paranoico y ofrece entonces destellos de montaje alucinado y visos de lo perturbador de una idea de base que no se atreve (no puede) desarrollar.

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Johnny el Guapo (Johnny Handsome), Walter Hill, 1989, USA

Neonoir fatalista-romántico donde Hill se despega de su estilo formal anterior abrazando una estética más violenta y feísta, de  montaje fragmentario, donde se alterna lo funcional con los planos aberrantes y la cámara nerviosa. Conserva el tono onírico (la historia es la de un criminal de rostro deforme que busca una venganza vieja con una cara nueva) pero resulta apagada, sin la tensión interior de sus trabajos desde finales de los 80. Rourke entrega su habitual imitación de Brando y el resto del reparto se ciñe a la clave de estilizado tebeo. Pese a basarse en una novela de los 70, una pieza fugada de la década de los 40 reconstruida en un tiempo sin personalidad.

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Dark Blue, Ron Shelton, 2002, USA

Policial sórdido sobre los manejos políticos, las tensiones raciales y el uso de la violencia durante los juicios y revueltas que siguieron al asalto de cuatro policía blancos sobre Rodney King. Así, la conversión de la ciudad en campo de batalla se acompasa a la caída en desgracia de un joven agente y el arrepentimiento de otro, veterano y corrupto. Escrita por David Ayer a partir de un tratamiento de James Ellroy que llevaba tiempo rondando por los estudios, resulta dispersa en temas pero admirable en intenciones, así como sobria en cuanto a puesta en escena, dejando la sensación final de ser el prólogo de una historia mucho mayor sobre la descomposición y regeneración de un espacio.

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Un condé, Yves Boisset, 1970, Francia

Polar feista y descarnado, donde convergen Fuller, Giovanni y Melville en versiones crudas. El acabado tosco redunda en absoluta abstracción de formas, personajes y lugares y la violencia se superpone a la violencia en un mundo donde solo existe la desconfianza, el espectro de la traición y la venganza. Con criminal y policías identificados/igualados en su estética estilizada y en su ética brutal (o en su falta de tal cosa), Boisset, cineasta a redescubrir, narra, conciso, el enfrentamiento a muerte entre unos criminales retirados que vuelven para vengar a un compañero caído y un policía, el inescrutable y viscoso Michel Bouquet, a cuyo compañero matan en la huida.

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Red State, Kevin Smith, 2011, USA

Relato americano, con claros precedentes históricos, entre la sátira cruda y la crónica de sucesos, hermanadas por el horror y la estupidez. Incongruente en cuanto al estilo, formalmente destartalada, pero enérgica y concisa, va cambiando el punto de vista de acuerdo a la escalada truculenta de los acontecimientos, progresivamente demenciales. Admirable su seca valoración de la violencia y perturbadora cuando se limita a dar testimonio de la monstruosidad familiar

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The Last Kingdom, BBC, 2015 (8 eps.)

Aventuras al viejo estilo hechas al nuevo. Es decir, fidelidad histórica ornamental, sordidez y violencia cruda, pero con el chavalín de la película escapando siempre en el último minuto de los líos en los que se mete, hazañas sin cuento, traiciones a manos llenas, amoríos, amistades y malos de mirada aviesa o cobardía palpable. En cierto modo es un buen aggiornamento de El príncipe Valiente llevado a la exaltación nacionalista británica. Sólida en su conjunto, muy entretenida y repleta de sucesos cada capítulo (la concisión narrativa es admirable, si bien se nota el corte entre las dos novelas que adapta demasiado) y con elementos notables, como la forja del rey o la dialéctica entre paganismo/cristianismo.

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The Frankenstein Chronicles, ITV, 2015 (6 eps.)

Pastiche gótico-victoriano entre el thriller forense y el relato de horror, el penny dreadful y la reconstrucción histórica sórdida. Se sintetizan con elegancia desde el Frankenstein titular (y su novia) a las obras alucinada de William Blake (presencia fantasmal en la trama), Oliver Twist, los niños perdidos o Alicia, sin que la cita asfixie la historia, sino que colabora a expandirla. Sigue las pesquisas de un policía delirante tras la aparición de un cadáver reconstruido a partir de trozos de niños mientras lo fantástico penetra con naturalidad su textura realista Redundante por momentos, volviendo sobre escenas-frases-gestos de modo algo declamativo lo compensa con su estilo sobrio, de luz  lateral vermeeriana. La elección de su (excelente) actor protagonista encierra una deliciosa ironía.

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