Perder un poco, ganar de vez en cuando: Jordi Grau, una autobiografía

Trapisondas y trastiendas, supervivencias y calamidades y un cierto fatalismo. Jordi Grau recurre para contarse, a sí mismo y a su tiempo, a la presencia de los hados. Como decía Luis Aragonés la suerte no existe: existe la mala suerte y la buena suerte; y Grau ha tenido de las dos, aunque en dosis disparejas. Hijo del proletariado catalán, aspiró a un élite cultural que extrañaba y contemplaba por igual, pero que fracasó (una de sus peores suertes) a capturarla en Tuset Street; película que aspiraba a retrato total de la Barcelona del momento y que se truncó al convertirse en neofolklórico vehículo estelar para la diva divina Saritísima Montiel heredado por Luis Marquina; otro mundo.

Cineasta de culto que nunca quiso ser de género, aunque sus dos trabajos más trascendentes, Ceremonia sangrienta y No profanar el sueño de los muertos pertenezcan al terror, se convirtió en cineasta popular con La trastienda y el parrús de la Cantudo. Tocó  con los dedos el triunfo solo un instante y después descendió, lentamente, a las espesas catacumbas del cine español, donde se hacen las películas que nadie ve, no sin antes dejar por el camino La siesta; fracaso taquillero y triunfo íntimo por cuanto, al fin, lograba retratar la Cataluña que conocía.

Jordi Grau se hizo director de cine por empeño y por narices. Por saltar a cada oportunidad, inspirado, como él mismo recuerda, por una frase del magnate Henry Ford. A Grau no le tocaba ser cineasta, como a Juan Marsé no le tocaba ser novelista; y es una lástima que nunca se hayan cruzado, porque comparten muchas cosas.

En el cine entró de la manera más rara, que quizás en la España de los 50 era la única manera posible. De dirigir teatros amateurs y semiprofesionales pasó a frecuentar cineclubes y academias cercanas al Opus Dei, que eran las que ofrecía oportunidades prácticas para coger oficio y no limitarse a la diletancia. Impelido por los hados y la oportunidad Jordi Grau comienza dirigir piezas breves, a curtirse como ayudante en los cada vez más frecuentes rodajes en coproducción e incluso a suplir a un talento tan intempestivo y arisco como el de Riccardo Freda o a parchear el calamitoso remontaje perpetrado desde dentro de la Obra y a espaldas de Berlanga de Los jueves, milagro.

Procusa, que era la productora del Opus fue el comienzo para Grau, y casi también el final; o al menos el primero de sus finales, puesto que no se le ocurrió otra cosa que intentar conservar su independencia y fiarse de amistades que tenían unos vínculos de sumisión más fuertes que el cariño personal o la estima profesional. Pero siempre hay otra oportunidad, otro hado, que explica Grau, y Roma, y la industria italiana, fueron la puerta trasera, la trastienda, por la cual pudo colarse y respirar.

Descatalogado, dice en el título con áspera ironía. Grau, inquieto y singular, que ni pertenecía ni dejaba de pertenecer al Nuevo Cine Español primero, ni a la Escuela de Barcelona después, tampoco a los entrañables artesanos del fantaterror por mucho que sus títulos más celebrados pertenezcan al género, reconoce sus fracasos y reivindica sus éxitos más allá de la anécdota coyuntural, que enmascara elementos como la afilada mirada a la hipocresía provinciana y machista.

Recuerda y se recuerda con humor e ironía, con cierta mitomanía orgullosa también cuando recurre a su amistad con Fellini y sus estancias, liberadoras en aquella Roma que ya tampoco es esta. No se adorna más de lo necesario, no siente la necesidad de presentarse como un héroe: solo como un tipo de cierto talento peleando para sobrevivir entro sus propias escisiones (¿autor? ¿artesano? ¿ambos?) en el contexto de una España que toleraba mal el individualismo y la lucidez. Cineasta a medio camino de todo en una época donde había que situarse, Grau tenía, eso sí, fervor por sobrevivir e instinto para el oficio. A veces su recorrido vital parece una tragicomedia italiana. El arte de arreglarse, ya se sabe, presentado con gracia y algo de resignación descatalogada.

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