Propiedad condenada: El tiempo de los intrusos

A Walter Hill se le fue haciendo Hollywood estrecho. Asfixiante. Su particular sensibilidad, síntesis de abstracción y fisicidad, había sido capaz de superponer delirio estético y narrativa de cómic a los materiales más discutibles. Hill introdujo desde Johnny el Guapo, ya despidiendo el neón y la nocturnidad hiperestilizada de los 80, una serie de recursos dirigidos a alternar la textura y los formatos de la imagen. La ruptura del blanco y negro o el grano de las cámaras de video son testados en su trabajos de los tempranos 90 para ser recurrentes luego; bien redundando en lo aquí trabajado, bien apareciendo como fugas oníricas en sus western.

Es una novedad, un algo distinto tras agotar una estética a lo largo de la década anterior. Es un cambio en lo adjetivo, mientras lo sustantivo permanece. Una mutación en busca de la supervivencia de lo personal. Walter Hill persiste, cada vez más aislado en lugar y tiempo, en la abstracción de los géneros, en el bolsicine cerebral. “El tiempo de los intrusos”, muerta la coyuntura, terminado el fervor formalista, es un obra de resistencia.

Escrita por Robert Zemeckis y Bob Gale, su coequipier en la saga Regreso al futuro, parece un guión resucitado, tan perdido en el tiempo como el propio Hill. Ajeno en un principio, conforma un extraño cuarteto de obras consecutivas donde el director no es además guionista –Johnny el Guapo, 48 horas más, esta El tiempo de los intrusos y Gerónimo, rodada como un favor personal a su amigo John Milius- antes de cerrarse sobre sí mismo en piezas como Wild Bill y El último hombre; radicalizaciones éticas de estilo.

Walter Hill abraza la sencillez primaria del guión, personalizada por esa sensibilidad original. El tiempo de los intrusos es un relato de aventuras cuyo contexto urbano es aleatorio. No variaría en lo esencial de ser una película de piratas, un western o un noir de época… El viejo edificio condenado que sirve como intrincado escenario único, una geografía limitada, podría ser una misión española, una mina abandonada, un pecio, un casillo ruinoso o una mansión gótica. La estilización (o el esquematismo, lo que se prefiera), los personajes de una pieza (encarnados por actores de una pieza), lo mínimo de todo hablan de serie B y de viejo pulp. La economía y la honestidad.

Incluso el objetivo esotérico; no se trata de un montón de dinero contante y sonante, de billetes prosaicos, sino de algo tan evocador como el oro. Un tesoro, con su mapa y todo de reliquias religiosas. El oro como motivo esencial, como idea que habla por sí misma de tantos relatos y películas anteriores. El oro, solo nombrado, nos predispone a la traición, al fracaso y a la ironía; El oro; la fiebre del color  que hace a los hombres penetrar lugares imposibles, comportarse como bestia y matarse los unos a los otros. El oro significa catástrofe y aventura.

Frenética hasta que se para, hasta que se atranca y tropieza consigo misma, Hill mezcla en su primer tercio la luz atmosférica, iluminando el color como si fuese blanco y negro, con el montaje seco, rápido y agresivo. Así, la composición de los encuadres y el ritmo de la edición dan esa impresión familiar del cine de Hill como un cómic en movimiento. Estamos en la zona ideal para el director, está exprimiendo el material de derribo y elevándolo por medios puramente cinemáticos. Hill ejemplifica esa narrativa/plástica de la serie B que comentaba donde no se desperdicia un plano o una idea (de hecho se las convierte en lo mismo) en el modo en el cual conduce la presentación de personajes (protagonistas y antagonistas), trama, motivos y lugar hasta el punto de colisión violenta de todos ellos. Pero Hill ya no es capaz de mantener la tensión interna (tal vez por no haber trabajado en el guión); la película se le va a una hora cuarenta, redunda, duda, añade donde debería estar quitando y cuando quiere recuperarse ha desperdiciado un montón de esos planos en decir lo dicho y escenificar lo escenificado.

Tal vez, especulo, Hill se enfrenta a aquí a algo en embrión que no sabe cómo controlar; a un cambio de paradigma que cuando regrese a esas obras escritas de nuevo por él despreciará desafiante: El tiempo de los intrusos, es tan violenta como sus películas de los 80, pero lo gráfico de esta violencia, el impacto, el destrozo, la muerte certificada y brutal se escamotea en lo posible. Todavía parpadea la crudeza, claro, porque estamos en el estado embrionario pero asoma inicio del PG 13, donde el despliegue violento ha sido vaciado de significado, de horror, de lo perturbador y lo moralmente incómodo.

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Dossier Walter Hill (2) en Cinearchivo

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. John Space dice:

    Me pareció un Hill menor a mí también, casi televisivo. Y es que Zemeckis, cuando se sale del fantástico (el que no tiene pretensiones, esto es), se pierde por completo. Poner a actuar a los raperos de turno tampoco ayuda, claro.

    1. Hombre, Zemeckis…el guión es de los que se escriben en una tarde. Si le quitas la violencia, lo haces más slapstick y le pones guajes funciona lo mismo.

      1. John Space dice:

        Roger Rabbit nunca volverá. Snif.

      2. No sé si ha visto Beowulf, pero es tremenda.

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