Justiciero privado/Defensor público

Mistery Man

Los enmascarados, los aventureros, los hombres misteriosos… siempre han estado ahí. Desde el principio de la cultura popular, de la cultura del ocio y el escapismo. Han estado siempre entre la luz y la sombra, malos-pero-bueno, buenos-pero-malos. Rocambole y Chéri Bibi, Arsenio Lupin y Fantomas, La pimpinela escarlata y el Zorro, Sherlock Holmes, Raffles, Bulldog Drummond, La Sombra, Doc Savage, Batman, Diabolik, Judex, Green Hornet, El Coyote, V… todos de una manera u otra emparentados, unidos por el hilo invisible del relato pulp que eclosionaría en la Norteamérica de los 20 y 30 en las inflamadas portadas, llamativas, coloristas, febriles, de los magazines baratos; arte efímero.

El héroe oscuro de The Public Defender no lleva máscara, como Raffles o como Arsenio Lupin, solo un estilizado abrigo con los cuellos alzados para cubrirse el rostro, sombrero calado y guantes, blancos para matizar con la pureza de sus manos la oscuridad que rodea su rostro. Esa blancura indica subliminalmente su adscripción a la justicia, delata el artificio del disfraz.

Si su cualidad de ladrón elegante, que se mueve en las altas esferas revela la naturaleza de la película como usufructo instantáneo de la adaptación que sobre Raffles, creado en 1890 por E. W. Hornung, cuñado de Conan Doyle, había emprendido Samuel Goldwyn en 1930 con Ronald Colman como el sofisticado ladrón y dirección de George Fitzmaurice, sustituyendo a mitad de rodaje al excéntrico Harry d’Abbadie d’Arrast; entonces su imagen, su iconografía, viene a ser una reinterpretación menos agresiva de la imagen de La Sombra en las portadas de la revista Detective Story Magazine donde renació a principios de 1931 tras el exitoso, con niveles de fenómeno, de su hora de radio, lanzada a las ondas el año antes, de la mano del escritor Walter B. Gibson, Maxwell Grant en arte, quien fue el verdadero responsable de la mitología que rodea al influyente personaje cuyos ecos resuenan en Batman, el arquetipo elevado a la perfección.

Para 1931 La Sombra ya era un icono popular transmedia, que viajaba por radio, papel y celuloide en la forma de unos seriales estrenados entre 1931 y 1932. Como La Sombra, el justiciero de The Public Defender, que firma sus trabajos como The Reckoner es un compendio de personalidades superpuestas que van más allá de la dualidad clásica, establecida entre la Baronesa Emma Orczy de Orcz en su Pimpinela Escarlata de 1905 y Johnston McCulley en 1919 con su Zorro en La maldición de Capistrano: el petimetre social, el playboy, como perfecta cortina de humo para el héroe, el aventurero, el nivelador de la justicia, que esa es la marca de The Reckoner: una balanza.

The Reckoner, en realidad, y como había establecido Gibson en La Sombra, va más allá añadiendo una personalidad más profunda, quizás la original. Así, La Sombra es el justiciero de risa siniestra, embozado, con pistolas y capa de cuya vista no escapa ningún mal y cuya cortina de humo es el playboy Lamont Cranston, un millonario ocioso, como Bruce Wayne. Pero La Sombre tampoco es Cranston, más profundo está su verdadero “yo”: el aviador Kent Allard, el héroe sin máscara.

Esta multiplicación de las personalidades, que será llevada al punto de la esquizofrenia en el setentero Caballero Luna, creado en 1975 por Doug Moech para la Marvel, aparece de modo sutil en The Public Defender diseminando información sobre el porqué de las habilidades del héroe. Así The Reckoner es un justiciero pulp oculto bajo el disfraz habitual del niño de papa, Pike Winslow; pero Winslow tiene su propio Ken Allard y como se nos informa cuenta con un pasado en la Primera Guerra Mundial como miembro del servicio de Inteligencia.

Un pasado del cual nadie perece tener ninguna noción excepto sus dos colaboradores, Doc, un tipo hábil con los puños y El Profesor, el organizador del trío al cual interpreta, nada menos, que el gran Boris Karloff. Resulta atractivo extrapolar este dúo al universo de Batman y ver en ellos una suerte de Alfred duplicado pero también pueden entenderse como un precedente del grupo de ayudantes, todos con diferentes habilidades que rodean al übermensch pulp Doc Savage, creado solo dos años más tarde, en 1933, por Lester Dent, Henry Ralston y John Nanovic… un personaje a su vez variación sobre la novela de Philip Wylie, Gladiator, publicada en 1930 y grado cero del origen de Superman, el otro gran arquetipo de la ficción popular. El héroe solar, frente al héroe lunar que representa La Sombra, Batman, y en su pequeño grado The Reckoner.

Pulp de importación

Lo cierto es que la cosa es un poco más complicada. Quiero decir, The Reckoner no es un exploit de La Sombra, si una consecuencia, como lo es, quedó dicho, del éxito del Raffles de Colman, sino una creación original… y además británica, como A. J. Raffles.

The Reckoner es una de entre las múltiples creaciones del escritor pulp inglés George Goodchild (o Alan Dare, o Wallace Q. Reid, o Jesse Templeton), popular autor entre los últimos 10 y mediados de los 60 que forma parte de ese vigoroso universo de la narrativa popular británica que podríamos especular tiene sus orígenes en los Penny Dreadfuls, publicaciones baratas y truculentas de la segunda mitad del XIX, y su desbordamiento en el Sherlock Holmes de Doyle, cuya simiente engendraría muchos y variados hijos/sobrinos/nietos, de Sexton Blake a Bulldog Drummond, de James Bond a Jerry Cornelius, entre otros.

Goodchild di páginas, aventuras y vida a personajes como el inspector McLean de Scotland Yard, el cazador de espías Q33, el duro Trooper O’Neill, el cowboy Colorado Jim (Jack) o Nigel Rix, siempre entre escenarios exóticos. Goodchild escribía lo mismo misterios de habitación cerrada que hard-boiled, western que aventuras, ciencia ficción que fantasía al estilo del Tarzán o el John Carter de Edgar Rice Burroughs. Era un obrero de la página con cerca de 150 publicaciones entre novelas, relatos y antologías y como muchos de los de aquella época a este y al otro lado del Atlántico está casi olvidado y la mayoría de su legado perdido.

Pero, en cierto, modo, esa era la naturaleza del pulp: una historia hoy, papel para envolver el pescado mañana. No estaban hechas para perdurar, ni material ni espiritualmente, eran inmediatez, imaginación volcada en bruto, y como todo aquello que está pensado para durar un momento se recuerda siempre por parte de los que lo vivieron y se busca con pasión fetichista por aquellos a quienes solo se lo contaron.

The Reckoner, en definitiva, era La Sombra de Goodchild… pero nacen a la vez, curiosos gemelos separados, de distintos padres y diferentes contextos. Si La Sombra se emite por primera vez en julio de 1930, The Reckoner hace su aparición en la novela The Splendid Crime en mayo de ese mismo año. De alguna manera Goodchild en Inglaterra y David Chrisman y William Sweets, quienes se encargaron de desarrollar el programa de radio original estaban tocando el mismo espacio, donde se almacenan las ideas que flotan en el ambiente. Aunque de nuevo hay algo más de lo que se ve puesto que el primer año en la radio La Sombra era un personaje más vago, un narrador, una fuerza misteriosa que servía como hilo conductor y como agente de una justicia de orden superior en relación a unas historias que eran adaptaciones de diferentes relatos aparecidos en la revista Detective Story Magazine. Así cuando La Sombra renaciese, ya completamente formada de la mano de Gibson en abril de 1931 The Reckoner volvería a la vida poco después, en agosto, transformado por cruzar un océano y una cultura y mezclarse con la preocupación norteamericana de los primeros 30 con la justicia, la impunidad del crimen, de cuello blanco en este caso, y el vigilantismo.

Un poco más todavía. Entre 1944 y 1947 un ya otoña Richard Dix, quien interpreta a Pike Winslow/The Reckoner, participó como cabeza de cartel en una serie de adaptaciones menos que B, cuatro de ellas dirigidas por William Castle, sobre otro personaje radiofónico, otro narrador/castigador, otro nivelador metafísico llamado The Whistler, creado por J. Donald Wilson en 1942 para la CBS y en el aire hasta 1948, con pelícla intermedia dirigida por William Castle en el 44..

En ellas Dix no era The Whistler, quien solo dejaba oír su característico silbido y su voz de narrador –en la radio había sido mayoritariamente Bill Forman y en el cine sería Otto Forrest- sino que se encargaba de los torturados protagonistas de esta serie de fábulas de misterio y retribución, llenas de giros irónicos como los de las historias de horror y suspense de los cómics de la EC que con su oscuridad cubrirían la Norteamérica tortuosa y paranoica de los últimos 40 y primeros 50.

Más allá, esta escuela de los cautionary tales, moralizantes y siniestros, atravesaba la cultura popular de los 40 endureciendo y llevando hacia lo fantástico las características más extremas de La Sombra en personajes como El Espectro, nada menos que el  espíritu encarnado de la venganza en el cuerpo del policía asesinado Jim Corrigan, creado en 1940 por Jerry Siegel y Bernard Baily para demostrar de las maneras más truculentas y creativas lo que La Sombra se había empeñado en demostrar una década antes: que el crimen siempre paga.

Epílogo

Richard Dix es un gran rostro, un buen actor, incluso a veces un soberbio actor con una energía que electriza como en sus papeles más legendarios durante el primer sonoro como el epic Cimarron (Wesley Ruggles, 1931) producida como esta The Public Defender por William LeBaron o Hell´s Highway, una denuncia al tiempo poderosa y delirante del sistema penitenciario de los años 20 que es una de las tres únicas películas que pudo completar el gran Rowland Brown; pero sobre todas las cosa es un gran rostro.

Con su ancha frente, sus cejas salientes, su nariz recta y su mentón cuadrado, todo enmarcando unos ojos feroces incluso cuando el resto de su cuerpo está relajado Dix solo tiene que colocarse ante la cámara y dejar que la dura luz del blanco y negro hiciese el resto. Por eso es un actor fascínate de mirar por mediocre que sea la película en al cual participe, y más como en este caso cuando era todavía joven, 38 años, y exudaba una masculinidad imponente.

Su rostro, de nuevo, parece además fabricado para ser el del perfecto hombre misterioso, parece que lo hayan dibujado; cuando al fin aparece medio embozado, encarnado visualmente en The Reckoner la sensación es que ha saltado directamente de una de aquellas magnéticas portadas de los magazines pulp que en la América de los 20,30 y 40 sacudían la mente y la moral de los consumidores de la cultura del instante, la cultura popular.

Lástima que The Reckoner no lleve en la película una máscara, porque el rostro de Dix, toda su complexión de hecho, es perfecta para una máscara, para un completo uniforme. Aunque si queremos, y The Public Defender lo permite con su fértil red de coincidencias y paralelismos, con su conexión con todo lo pulp y lo proto-pop de su época, podemos imaginar, transformándola ligeramente una perdida adaptación de Batman, porque Dix, hubiese sido un Batman tremendo.

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Este texto apareció dentro de la edición en DVD de El defensor público.

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