Púdrete, Bilbao.

Artefacto terrorista, artefacto surrealista, Bilbao es un objeto encontrado. Celuloide encontrado. Cine de basurero que hace estética de la fealdad, la sordidez y la degeneración material, física y psíquica. Ha perdurado, pero hay en ella mucho de efímero: un estado de pudrición.

Tiene algo de cómic underground y algo de pornografía. De producto que no está a la vista, sino que hay que ir a buscarlo; hay que bajar a buscarlo. Todo se repite en Bilbao en formas cada vez más siniestras. Anunciando lo que no es excepcionalidad, sino ritual; repetición sublime (sexual) de gestos, acciones, lugares… La idea del acto y no el acto. El significado aislado de la acción.

Lo obsesivo se traslada de la historia al formato igual que lo hace la suciedad al grano de la imagen. La cámara como ojo de pez muerto. Vidrioso. Bilioso. El encuadre cerrado, sin aire. La subjetividad feroz. Como Taxi Driver es expresionismo abstracto. Como Taxi Driver es una fábula de terror urbano. Ángel Jové es Travis en forma de niño/hombre. La ciudad un borrón de pesadilla. El resto de personajes monigotes que subrayan la alienación del protagonista y de la propia película.

La voz over machaca sobre la imagen con un tono monocorde. Es gélida, germánica, y al tiempo españolísima como un sainete. Otro esperpento grotesco. Es una versión extrema de El coleccionista, pero también lo es de Tamaño natural o No es bueno que el hombre esté solo, otra pieza fea del feo cine español de los 70. En ambas la muñeca de plástico es transfigurada en mujer, tratada como si fuera humana; en Bilbao, la muñeca de plástico es sustituida por una de carne en un proceso inverso. Fetiches todas. Juguetes que se rompen de tanto jugarlos.

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